Felipe II desciende a los infiernos. Cuentos. El Narrador de historias. 1

La bajada a la cripta era como el descenso a los infiernos. “Ab inferis libera nos Domine”, musitaba el Rey, oprimiendo con la diestra el envés de la túnica, contra el vientre hinchado. “Una costumbre gala, esta de doblar el manteo como si guardara en el forro la seda de Macondo”, había dicho en más de una ocasión Juan, su Juanito, el viejo ayo, traductor de La Eneida, y que como nadie recitaba la soledad del desterrado: ‘Cum subit illius tristisima noctis imago…’. Allá, en el Ponto, que Felipe veía oscuro como el alma de un pagano caníbal, hubiera deseado habilitar la tumba de Pérez, el último traidor…”Pero a qué quejarme, si con nadie he sido feliz”. En un trazo memoró a sus esposas, y la tríada de doncellas a su servicio, que albergaban la noche de sus sentidos cuando la suerte quería. El rey era discreto, desde luego, y ninguno de sus amoríos, o casi, fue vox populi. ‘Sí las calumnias, como esa de Escobedo’. El último peldaño fue para la francesita. ‘Isabel, mon amour’, le dedicó, recuperando la sonrisa por un instante.

Nadie conocía el escondite del Monarca, nadie excepto Ana, claro, a quien nada ocultaba, y el bueno de Juan, quien se encargaba de divulgar hechos y dichos espurios en gloria de su nombre. ‘Más vale caer en gracia que ser gracioso, y vuestra Majestad necesita un empujoncillo en su retórica’. Adusto y ceniciento, como el ala de un cuervo sobre el poniente, así se veía a sí mismo Felipe cuando buscaba su imagen en el espéculo de la sala magna, que reflejaba, decían, las almas de los reyes. En ese espacio recoleto no había espejos, ni siquiera un muelle colchón para el descanso de tanto hueso fallido. Sólo la mesa de trabajo, el aparataje de plumillas y recado de escribir junto con los infolios recién ahornados por la imprenta de Don Cubillos, y un sillón auxiliar junto a su silla recta, para alternar el trasero y aguardando quizás una visita. En fin, repasó el Rey lo escribido recientemente, y no le gusto. ‘Qué escaso interés tendrá para el resto del mundo, si para mí no lo encierra apenas’. Lo tomaba como disciplina, tan habituado al deber. Puso la mano, con el anillo de amatista sobre el pergamino de la portada, y recordó las líneas primeras: En nombre de Dios Nuestro Señor, a quien ruego me libre de todo mal, yo Felipe, rey de las Españas, me dispongo a narrar la historia de mi vida, en la soledad y el secreto de esta estancia de mi Monasterio, sin testigos, sin ventanas, sin mundo a quien entregarlo, sólo porque así veo mi obligación, y para que la historia guarde lo escrito durante cinco siglos antes de que salga a la luz. Será mi albacea quien transfiera la llave del misterio, y el secreto de mis letras, para que ni bien hagan ni mal causen, y del primer guardián pasará al segundo, y así hasta que en los albores del siglo XXI, cuando Cristo descienda de nuevo sobre la Tierra, todos vean que hubo razones para ser su esclavo, y razones para ocultar esas razones, que los hombres desdichadamente habrían considerado poco menos que locura’. Memorizaba largos párrafos, que le parecían lejanos como alientos de lobo en las nieblas del Norte, en los bosques perdidos de la vieja Europa.

 

 

 

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