Gioconda dicta un cuento a Leonardo. La segunda historia de Débora. Cuentos. Laura en el país de los asombros. 135

LA SEGUNDA HISTORIA QUE CONTARON A DÉBORA.

 

En el estudio de Leonardo la luz se filtraba hasta alcanzar las mejillas de GIOCONDA. El artista retocaba con un fino pincel la superficie del lienzo.

 

-¿Sabes cuál es el secreto de la luz? Todos piensan que el misterio del cuadro es la luz, pero no saben que es en la luz donde está el misterio.

 

Gioconda sonrió. Leonardo anotó el cambio de gesto con una suave pincelada.

 

-¿Y tú, conoces el secreto de la sonrisa?

 

Leonardo da Vinci dejó la paleta sobre un velador de enebro, junto al caballete. Tomó una copa de vino y la ofreció a la mujer.

 

-¿Hacemos un trato? Tú me cuentas un secreto y yo te digo el otro.

 

-¡Mentiroso! -Dijo ella- Tú nunca me lo dirás… Pero yo sí. Anda, cierra los ojos.

 

Y La Gioconda dictó a Leonardo un cuento, en el que se guardaban los secretos de sus Códices, porque, de otro modo, nadie podría saberlos.

 

‘Un día de mayo’ -dijo- en la campiña de Siena, la familia Buonarrotti decidió ir de excursión. Había pasado ya la feria del caballo, y gracias a las ventas podían tomarse un merecido descanso. ¡Vamos, niños!, dijo la madre, que como una hermosa oca iba recogiendo a sus pollos dispersos, que esa es la ventaja del campo: puedes correr y jugar sin otro límite que el horizonte y la oscuridad. ¿No vienes?, preguntó Alicia, la hermana pequeña, a su hermanito Froilán. ‘No me apetece’, contestó. ¡Qué raro! Sí, era muy extraño, porque nadie con más ganas de salir y de descubrir nuevos mundos que el niño. Pero es que Froi tenía un secreto: había descubierto en el viejo desván, en aquel desvencijado buró del abuelo, un libro. Más bien un paquete encuadernado de láminas, pliegos con trazos de colores, mapas, signos, imágenes. Y el pequeño sintió que aquellas palabras y aquellos dibujos le hablaban. Lo sintió de tal manera que lo envolvió en una tela fina, colocó cuidadosamente el paquete bajo su almohada, y se dormía sobre él, después de haberlo navegado, después de recorrerlo con la pericia de un explorador, y se dormía tocándolo suavemente, como un enamorado acaricia la nuca de su amada con la mano y así se duerme feliz.

 

‘¿Qué le pasa a este niño que no quiere salir al campo? ¡Vamos a pescar al lago, nos bañaremos, comeremos pizza y canelloni! ¿No estará enfermo? Tampoco Froilán lo sabía. Al menos no sabía por qué. Sí, era el libro, desde luego, pero, ¿no le bastaba saber que era su dueño, que le esperaba, que después de esos días ausente, tan pocos, iba a regresar, iba a encontrarle allí, quieto, esperando como un perrillo a su dueño, para lamerle las manos, para dar saltos de alegría con su regreso, para acompañarle a todas partes con zalamerías y requiebros? No, no le bastaba. El libro, o una parte de lo que albergaba, le quería allí, cerca, continuamente, como si la distancia o el tiempo fueran enemigos de algo que ignoraba, como si ese hecho de ausentarse fuera a suponer la desaparición de su magia o de su contenido. Así que se hizo el remolón, y logró quedarse con el aya Margaretta, que le había criado. ‘¡Está creciendo tanto! ¡Y tan deprisa! -había alegado, justificando esas manías adolescentes. Alicia se despidió de él algo triste, aunque esa melancolía iba a durar, exactamente, lo que tardasen en doblar el recodo del río, o sea, un par de minutos. Froilán lo supo enseguida: comenzaba a saber cosas así, intuitivamente, eso creía, no era la primera vez. Por ejemplo, cuando el maestro le miró, ya hacía una semana, y él supo lo que pensaba, y también lo que iba a decirle, pero se calló, y esperó, y comprobó que era cierto, que lo había adivinado, pero no le dio importancia. Se limitó a sonreír. Sí, con una sonrisa apenas esbozada, un poco enigmática, si queréis.

 

Froilán comió apresuradamente. El aya movía la cabeza, con cariño y un poco de tristeza, porque a las ayas no les hace falta nada para darse cuenta de todo. Y sabía que el niño se le escapaba, que ya iba muy deprisa, que pronto volaría, correría, saltaría, lo que fuera, pero lejos y solo, sin su compañía, sin su atención. Y esto de ahora, ¿qué iba a ser? Suspiró y rezó un par de Avemarías, que siempre le confortaba la fe, y un poco, aunque menos, la esperanza. ‘La esperanza no es una virtud -decía el mosén Jacinto- aunque nos empeñemos en ponerle nombre. La esperanza es cosa de pedir, egoísta, interesada’. Y Margaretta estaba de acuerdo. Para ella sólo había una virtud, la caridad, el amor, la generosidad de dar sin recibir. La fe era un regalo, y la esperanza un consuelo. Luego estaban las otras que decían en los oficios, prudencia y esas cosas, en las que desde luego no creía, porque ¿iba alguien en su sano juicio a admitir que la justicia se encuentra entre las virtudes? Podría ser un adorno de la palabra de Dios, pero inexistente, una ficción, que así se llaman las cosas que se inventan. Y las demás son atributos de los nobles, que no tienen problemas de pobre, de los cachazudos, a quienes todo se les da una higa, en fin. Siguió a Froilán con la mirada, cautelosa y paciente como corresponde, pensando al tiempo que todo eso eran pamplinas. Porque su niño había apenas probado el postre, un arroz con leche casero, su favorito.

 

Aún no era tiempo para el amor. No había tenido ocasión Froilán de aturdirse con las mejillas arreboladas, los labios tiernos, la mirada de miel, el pecho blanco y rosa, los torneados muslos, o la simpatía femenina de las adolescentes del valle. Era demasiado joven. ¿Entonces? ¿Cuál era el motivo de su alunamiento? ¿Estaría maldito, como la hija del Conde, que paseaba desnuda por las almenas, los rubios cabellos al viento, cantando a voz en grito y señalando con los brazos un carrusel de ángeles que atravesaban el cielo? No. Su niño tenía la mirada limpia. No habitaba en él el duende, o el demonio, o la bruja, o el silencio.

 

Froilán cerró con cuidado la puerta de su habitación. Sacó el libro de la envoltura y lo abrió. La doble página mostró un mapa, y rodeándolo figuras polícromas, de rasgos delicados, personas y animales, que se entrelazaban como las guirnaldas de la fiesta mayor.

 

 

 

 

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