El duendecillo y Débora la guardiana de tres cabezas. (Cuentos. Laura en el país de los asombros. 131).

EL DUENDECILLO

apuntó cuidadosamente con la cerbatana, que era tan larga como él alto, y aun así diminuta. Ambos, el arma y su portador, se escondían detrás de una rama de castaño.

 

-¡Plof!

 

-¡Ay!

 

Alfonso creyó que le había picado un mosquito, como los de Alcoceber.

 

Pero en el País de los Asombros no hay mosquitos. Dragones, gnomos, hadas, pájaros gigantescos y toda la caterva de bichos y seres inimaginables.

 

Pero mosquitos, no.

 

Yovi había escrito un CATÁLOGO DE SERES Y LUGARES. ¿Queréis conocerlo? ¿Sí? Pues tendréis que esperar al final, así que leed toda la historia y luego comprobaréis cómo no están todos… Algunos, los más tímidos o los menos habituales, se han reservado para la vuelta. Porque Laura y todos los demás, y alguno que otro nuevo, volverán. ¡Faltaría más! Siempre se regresa.

 

Bueno, Alfonso se estaba rascando, cuando tropezó con la flecha. Era mucho decir, un punto oscuro, de madera de arce, como la cabeza de un alfiler pequeño, allí bien sujeto, en la pantorrilla, y el círculo rojo alrededor, la materia urticante que era la especialidad de los duendes del BOSQUE BLANCO.

 

-¡Te pillé!

 

Puede decirse, sin temor a equivocarse, que los duendecillos de aquella región no se caracterizaban precisamente por su timidez. Mejor dicho, por sus modales. Más preciso aún sería decir que carecían de modales, y que eran especialmente atrevidos, como esos chicuelos descarados que pintan los ingleses del XIX, y que parecen inventados, desde luego, porque nadie puede suponer que ese tipo de pillastre existiera en realidad, o al menos fuera tan común. ¡Así eran las leyes entonces! Tan represivas que podían enviar a un niño a la cárcel por robar -un duro término para un acto tan trivial- una cuchara. Y son hechos reales, nada de invenciones, son cosas, ya ves, de la llamada ley, en cuyo nombre se cometen tantas atrocidades como las que se perpetran en el santo nombre de Dios.

 

Por cierto, cuando Dios hizo cosas como el Edén, pensaba en algo así como el País de los Asombros, que no tiene nada que ver con el de Alicia, aunque el nombre se le parezca, porque esas cosas no se pueden evitar. Cada uno tiene el nombre que le han puesto, aunque se lo cambie, y vaya por el mundo con dos, uno superpuesto al otro, ya que el originario imprime carácter y no se puede borrar por mucho que lo imponga el Registro civil.

 

-¡Te pillé! -Había dicho el duendecillo, que hizo una reverencia, arrancó como un cirujano la espinita de la pierna de Alfonso, la introdujo con unas manos de dedos verdes y largos, terminados en uñas curvadas, en un carcaj que cargaba sobre sus paletillas, o sea, en los homóplatos, que son esos huesos anchos y planos que tenemos en la espalda y que soportan unos músculos que le duelen a todo el mundo alguna vez en su vida, y desapareció como por ensalmo.

 

-¡Ah, no! ¡No te vas a ir de rositas!

 

Alfonso salió corriendo detrás, o eso creía, porque era como perseguir la niebla. De todas manera, ya no podía pararse, porque había cogido carrerilla y era cuesta abajo, una suave pendiente que llegaba hasta un riachuelo, sobre el cual una pareja de libélulas hacía piruetas.

 

-¡Qué raro! Si no hay insectos… ¿De qué se alimentan?

 

-Ya veo que piensas, muchachito.

 

Esta vez era un gnomo. Bueno, veréis. Como los escritores y los dibujantes y los esotéricos y los imaginativos nos han descrito estos seres, pues vamos a acomodarnos a ello y podemos llamarles así. La verdad es que, en este caso, se trataba de un cachichi.

 

-Una cachichi, perdona. -Dijo- ¿Es que no has visto mi faldita?

 

-Los escoceses y mucha gente usa falda. No tiene nada que ver. Los curas, por ejemplo.

 

-El hábito no hace al monje -dijo la cachichi, aunque no fue eso exactamente, pero Alfonso lo entendió así, porque los refranes suenan más o menos igual en todas las lenguas.

 

Se oyó un ruido como de hojas que se caen por un barranco, pero sin piedras ni nada, o sea, como las primeras que tira el viento, o las que preceden a una torrentera. Alfonso las había oído en Órgiva, subiendo hacia la sierra de Cañas, o por el otro lado, donde los pueblitos blancos se descuelgan por el monte, agarrándose a las matas de hierbabuena y té blanco y camomila salvaje, como las cabras enharinadas del cuento, huyendo del lobo, asomando la patita bajo la puerta, o era al revés.

 

-¡Pasen, pasen y vean!

 

Alfonso miró hacia atrás, esperando ver pronto a sus compañeros. Pero lo que apareció fue una comitiva de diminutos, cargando mochilas y apoyándose en bastones, como montañeros.

 

-Vamos de excurisión -dijo una pequeñaja pizpireta, que llevaba un chip de radiofrecuencia prendido en el pelo. Una luz violeta guiñaba el ojo a intervalos regulares. Alfonso lo miraba, hipnotizado.

 

-¡Los gorrini!

 

YOVI había aparecido, por fin. Corría hacia el grupo, con los brazos abiertos, como Alex cuando papá va a buscarle al cole, porque sabe que le gusta.

 

-Se dice excursión, Gisela -corrigió una mamá, o una hermana, o una tía, o a saber si maestra o guía, porque era difícil, era imposible determinar las edades, sólo el tamaño y eso fijándose, distinguía a los que Yovi llamaba gorrini.

 

-Mis primos -dijo la cachichi.

 

Laura se acordó de repente. ¡Eran personajes de sus cuentos! Los diverti, los traviesi, los gorrini, los cachichi… Todos ellos lo eran. ¡Y allí estaban, al menos, representantes de dos de esos grupos! Miró al HADA CONSEJERA, aunque ya estaba imaginando de qué se trataba.

 

En el País de los asombros, a veces, no hace falta hablar. Basta con pensar intensamente, o sea, no tanto, pero bueno, basta con pensar una cosa, pero una sola cada vez, y quien está contigo, o quien te quiere, y a veces también los otros, quienes están ausentes o quienes no te quieren, pues lo saben.

 

-¿Y no se puede controlar?

 

-¡Pues claro que se puede! Pero hace falta entrenamiento. Recuérdalo: la magia es muy parecida al entrenamiento. O viceversa.

 

-¿Qué es una viceversa? -preguntó Anita.

 

-Pues es cuando tú tiras la pelota contra la pared y vuelve, porque la pared te la tira a ti.

 

Aquello empezaba a animarse. Yovi les preguntó a dónde iban. Las libélulas habían dejado de volar, como helicópteros en prácticas, y se atusaban los bigotes posadas en un tallo invisible.

 

Laura seguía observando. Como si esperase una aclaración.

 

-Los personajes salen de los cuentos, y viven. -El Hada les señaló- Ya lo ves. Pero eso ya lo sabías.

 

-Sí, aunque no es lo mismo saber que ver.

 

-A veces, sólo a veces… ¡No siempre hay que meter el dedo en la llaga!

 

-¿Alex mete el dedo en la llaga? -Preguntó Anita, porque el pequeñín siempre metía la mano en sitios conflictivos. Por eso habían tapado todos los enchufes.

 

-Puede que sí. Pero más bien son los mayores. Cuando tienen que tocar para creer. Se lo dijo Jesús a Tomás, anda toca, para que viera que estaba vivo, que había resucitado. Porque tenía un agujero de lanza en el costado, y por ahí le metió los dedos. ¡Vaya escenita!

 

-Hada -dijo Anita- ¿Nosotros somos personajes de los cuentos?

 

Laura ahogó un grito, de esos que se lanzan cuando has aprobado y no te lo esperas, cuando miras la lista y estás allí, en azul. A Alfonso le pasa mucho.

 

-Nosotros, todos, vamos por el tiempo y el espacio como los personajes de los cuentos. Alguien nos imagina, en cierto modo, pero podemos participar en la vida de otros.

 

-Eso también lo hacen ellos. No tienes más que ver una peli de animación. Imagina que son actores, como los de carne y hueso. ¡Al fin y al cabo es materia!

 

-¡Le rescataremos!

 

La cachichi había hablado alto y claro, pero con la otra conversación -que es la costumbre, hablar a la vez todos, lo que nos enseñan en la tele- no sabían por qué estaba diciendo eso.

 

-¡Vamos, en marcha!

 

Alfonso y Laura estaban cansados. Montaron en el carrito a los peques, que estaban a punto de quedarse dormidos, y siguieron la comitiva. A los pocos pasos, Yovi les informó.

 

-Ya veo que no os habéis enterado. Pero los gorrini creen que sois telepáticos, así que mejor no les decimos nada. Han secuestrado al jefe de los traviesi o al jefe de los diversi, no me he enterado bien. Lo tienen encerrado en la séptima cumbre del PICO MAYOR, en la cueva del oso, y para rescatarle tenemos que dormir al guardián, contándole cuentos. Le llaman el oso, pero es una especie de esfinge con tres cabezas, la de león, la de mujer y la de caballo. Un lío. Cuando se duerme una cabeza, otra se despierta. Así que hay que contar tres historias a la vez.

 

-Eso está chupao. Es lo que hacen los tertulianos. Pero ellos duermen a los espectadores, o a los oyentes. ¡Tenemos práctica!

 

-Hay que prepararlo todo. Ellos -señaló a los diminutos, que corrían a toda pastilla- harán el trabajo pesado, abrir las puertas, horadar el túnel, pulir el diamante…

 

-¿Pulir el diamante?

 

-Una manía de Luzbel. Todas sus guaridas tienen un contrapeso que funciona sólo con un diamante recién pulido. Se echa en la balanza y ¡zasca! Entran en juego los contrapesos.

 

-Como en Indiana Jones.

 

-Es un viejo truco. Seguro que Spielberg lo conoce. Bueno, pues tenemos que ensayar las historias. Hay que empezar y terminar justo a tiempo. Y no parar de contarlas aunque vemos que se le cierran los ojos a DÉBORA.

 

-¿Débora?

 

-Tienen todos nombres de mujer. Digo los guardianes. Desde que murió GARRASFINAS, su viudo, el GRAN DRAGÓN, lo impuso en todo el País. En homenaje a su esposa, que por cierto, era una mala pécora… Pero en fin… Los hombre somos un poco tontos.

 

-¿Y hay que llamarla por su nombre?

 

-¡Desde luego! Débora es como el sultán de Sherezade, pero al revés. Sólo se duerme si le cuentan historias, y sólo atiende las historias si llegas junto a ella, le haces el saludo ritual, la llamas por su nombre, haces la invocación y…

 

-¡Pero bueno! -Alfonso estaba indignado- ¿De qué vas, Yovi? ¡Esto es demasiado! ¡Prefiero entrar por las bravas! ¿Cómo vamos a saber, y encima recordar todo ese… ritual?

 

-¡Porque está escrito! Hay un libro de HORAS, una especie de BREVIARIO. En la antesala.

 

-¿Estás de coña?

 

-Ni hablar. Aquí todo es un poco especial… -Guiñó un ojo- ¿Has olvidado dónde estamos?

 

 

 

 

2 comentarios to “El duendecillo y Débora la guardiana de tres cabezas. (Cuentos. Laura en el país de los asombros. 131).”

  1. Debora Says:

    Hola soy debora lobo

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