El juicio de Luzbel. (Cuentos. Laura en el país de los asombros. 130).

EL JUICIO

La Sala estaba cubierta por enormes tapices que representaban los ARCANOS MAYORES del TAROT egipcio. Un ARA de mármol negro, semejante al altar de los oficios cristianos y de la Misa católica centraba la nave, enmarcada en una columnata de bronce. La cúpula estaba pintada al fresco, con motivos de los Libros Sagrados y la mitología. Un bestiario polícromo observaba desde cada rincón, como si los animales imposibles fueran también testigos de cargo.

En el estrado se sentaban los jueces. Serios y circunspectos, envueltos en capas negras con un sobrepelliz púrpura. Miraban al vacío, conscientes de que el enjuiciado era poderoso, y que la independencia es el único atributo incuestionable de un Tribunal. ¿Lo era? Cuando el juez se enfrenta a una fuerza superior, a veces tiembla, otras se doblega, muchas vacila, y otras se crece, porque es la prueba de que vale la pena. ¿Qué otra cosa va a calificar su vida?

El presidente golpeó la mesa con su maza.

-¡Silencio! Vamos a comenzar. Procedan los ujieres a retirar de la Sala a los testigos. Siéntense. Este es un juicio universal, UN OMNIJUDIX. No se trata de saber si alguien es culpable, sino de conocer si ha utilizado bien el don maravilloso de la vida. Poco importa que en este caso esa vida sea singular, cercana a la infinitud. Ténganlo presente.

Respecto al enjuiciado, se trata de saber si hay responsabilidad, para él y por su influencia, que llaman diabólica o demoníaca, por ser o querer ser un individuo, ajeno al conjunto. ¿Es lícito ese aspecto de la propia estimación?

En caso de duda, es preciso determinar si tiene responsabilidad quien desea -y lucha- por formar parte de un todo. ¿Es lícito, incluso obligado, adherirse a la masa?

Bien, una vez determinado si en la persona del enjuiciado, tan cerca del máximo poder, se refleja la individualidad o la masificación, podremos determinar si el fin justifica los medios. Incluso en la religión, que de ese modo se declara palabra de Dios con fundamente, o es una falacia.

Laura susurró.

-No entiendo nada. ¿Por qué tanto preámbulo? ¡Lo tenemos cogido por el rabo y los cuernos, como a los toros!

-Pues debe ser así, para darse importancia. Ya sabes cómo funciona la burocracia.

-¡Con lo fácil que sería decir: Luzbel, eres un cabrito, has intentado llevarnos a todos al garete, así que, a pagar el pato!

El ujier del pasillo les lanzó una mirada furibunda. Continuaba hablando el Presidente del Tribunal.

-Si los políticos y los centros de saber deben extinguirse. Si el poder o los poderes son una engañifa para devorar a los corderos. Y finalmente…

Golpeó de nuevo la mesa con el macillo. Se había hecho un revuelo en la sala. Luzbel había roto las cadenas y avanzaba hacia el Ara. La Mesa del Tribunal se giró, como un conjunto de autómatas.

-Dios o el diablo -dijo, con un gesto teatral. O ambos, o ninguno… ¡Legitimación! ¿Debo aceptar este Tribunal? ¿Por qué el hombre? ¿Fue creado, manipulado, sólo para esto, y ‘esto’ -hizo un énfasis mientras hacía un círculo con los brazos- determina la historia del universo?

-¡Siéntese el enjuiciado! ¡Aquí no vale otra autoridad que la nuestra! -Dijo el Presidente con un hilo de voz.

-¡Una farsa! Ya he sido ajusticiado con vuestro sentido moral: un mortal sinsentido, carente de fuerza.

-Y de belleza -apuró LISA.

-La sentencia será adoptar la misma pasividad que el último de los reos ante su espejo.

-Un neutralidad. Un limbo sin espíritu.

-La Nada.

-¡No! La Nada se posee a sí misma, como el gran Vacío… ¡Quiero que se desespere!

-¿Sientes ira? ¿Quieres venganza? ¡Entonces ha vuelto a ganar!

Luzbel rió, abriendo el caso.

-¡Como siempre!

-Jamás conocerás la auténtica naturaleza humana. Sólo su lado oscuro.

-Mira los niños: nunca serás como ellos.

Luzbel se retorció.

-No verás por sus ojos ni imaginarás con su mente ni amarás con su corazón, que es un jardín y un palacio y un manantial…

-Que es la fuerza mayor del universo. Hasta los ángeles la desean.

Luzbel gritó.

-¡Yo soy un ángel! ¡El más grande, el más cercano a Dios!

-Todo eso te está prohibido. Sin recurso.

-¡He poseído niños!

-Sólo por la fuerza. Y su materia, no su espíritu. Has manipulado una maquinaria de células, no su soporte invisible.

-Soy el más bello y poderoso.

-Un niño sucio y andrajoso tiene más belleza que todo tu imperio y vale más que toda tu riqueza.

-Paparruchas. El mal absoluto existe en el mundo -dijo Luzbel- porque vosotros lo deseáis y disfrutáis con él. Además vosotros habéis destruido el arte: eso sí es obsceno.

-El arte es ternura y comprensión, no sólo grandes placas de hierro sobre mármol y dos figuras reflexionando frente a ellas, en una nave-granero-hangar.

Laura se encogió de hombros.

-¿Y a qué viene esto?

Yovi sonrió.

-Recurre a un truco: la sensibilidad. Está abriendo una puerta en la mente.

-¡Pues vamos a cerrarla!

Y se fueron. La oscuridad cesó pronto. Y el ruido.

Cada vez con mayor fuerza se oía el risueño juego de voces. Los niños, los niños, los niños. Y ellos estaban allí, con su edad y sus gestos, pero estaban. Como cuando cruza el cielo un cometa, como cuando llega el oso al haya gigante en la que has instalado tu observatorio. Habían regresado. Sabían que pronto o tarde iban a volver. Y el círculo era luminoso como la mirada de Alex, como la voz de Anita.

Porque su presencia era la ternura y un lenguaje con el que el Verbo entiende y maneja y se comunica con el Creador.

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