Micro-relatos. Un minuto de felicidad.

Cada tarde abría los ojos un poco después de que el sol se ocultara. Entonces, apretando las manos, rezaba.

-Un minuto de felicidad para todos los niños del mundo.

Se hizo viejo, y no cambió nunca su ruego. Ni añadió nunca otra cosa. Tal vez le pareciera demasiado.

Aquella tarde el último rayo del sol golpeó sus pestañas como la aldaba de un pórtico antiguo. El anciano colocó la palma de su mano izquierda sobre el ombligo y la derecha sobre el corazón.

-Dos minutos de felicidad para todos los niños del mundo.

Y al día siguiente pidió ya tres minutos.

Al regresar a su casa, humilde y limpia como su espíritu, pensaba siempre lo mismo.

-¿Hasta cuando me dejarás? ¿Cuál será el límite de tiempo para la felicidad de los niños?

Dios le miraba, muy serio, moviendo la cabeza. ¿Por qué no se le habría ocurrido antes ese cambio en su oración?

Ni siquiera Él podía detener el tiempo de los hombres.

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