Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 126

 

Albert cerró la puerta.

Los niños ya no le miraban. Aterrorizados, observaron cómo la habitación se quedaba a oscuras. Y en silencio. Se cogieron fuerte de las manos. Alex suspiró. Apoyaron las espalditas contra la pared.

-¿Cuándo vendrá a por nosotros,Tata?

Anita lloraba en silencio. De repente supo que era la hermana mayor. Su hermanito la necesitaba tanto que sentirlo le dolía.

-Pronto, mi niño. Duérmete un poquito.

Pero Alejandro sabía que tenían que estar despiertos. Muy despiertos. Como cuando mamá se echaba en la cama y miraba al techo, donde siempre buscaba cosas y luces. Tal vez el rastro de Peter Pan.

Para Anita el mundo se reducía ahora a cuidar de su hermano. Y a rezar. Rezar mucho para que, al salir, aún hubiera colores, aún no hubiera vencido Luzbel.

-Porque lo que quieren es quitar el color del mundo.

-¿Qué dices, tata?

Anita no se dio cuenta de que hablaba en voz alta. La oscuridad nunca es total, los ojos acaban captando una micra de luz. Y en ella un color.

-¿Sabes, Alex? Jugaremos a los sueños.

-Como el veo-veo.

-Sí, pero haciendo sueños que adivinamos luego, al despertar.

El niño la miró. No veía su cara, pero lo supo.

-No, tata. No vamos a jugar a los sueños. Vamos a hacer uno que salga y avise que estamos aquí. Un sueño que vuele y nos lleve lejos, donde Albert no nos encuentre nunca.

-Sí, mi niño. Eso haremos. Claro que sí.

Y cerró los ojos. A pesar de la oscuridad. Era la única forma de oír claramente la voz que salía de dentro, de ella misma. Y de todos los seres amigos que la habitaban. Era la verdad y la lucidez.

-Tata, ¿esto es yoga?

Anita abrió los ojos. Se acordó de cuando jugaban a las tinieblas. Papá le había enseñado un truco. Fuera de la habitación mantenía los ojos cerrados y así se acostumbraba a la oscuridad. ¡Claro! ¿Qué hacen los yoguis sino rezar? Como el maestro del SHIVA.

-Es como rezar.

-Ah.

-¿Qué hacen los que rezan sino meditar?

Anita se estaba haciendo mayor, como en las pelis de el niño que se agranda. Hablaba ya en voz alta, como la abuela.

Y entonces se acordó.

 

-Veni creator spiritus.

-¿Eso qué es?

-El secreto. Cuando no sabes qué hacer.

-Ah.

Esperaron, cogidos de la mano. Anita sabía que su hermano no aguantaría mucho. Pronto comenzaría a llorar, a gritar, a patalear, buscando un objeto en el que descargar su frustración. Ella sentía lo mismo, como si estuviera dentro del pequeño, pero ahora estaban solos. No era posible confiar en otro, sólo en ellos mismos, y sabía que por mucho que le costase, debía ser fuerte. Papá decía que lo único bueno de los cólicos es que sabes que se pasan. Pues eso.

Y aquel espíritu de la canción, ¿se estaría enterando de que le necesitaban?

Lo primero que vio Laura en el País de los Asombros

-o eso suponía- fue la sombra de un pájaro que saltaba sobre su cabeza. Cruzaba las ramas de un centenario árbol de hojas rojizas, que brillaban al sol. Pero la luz venía de dos puntos diferentes, y las sombras eran dobles, porque así eran los astros del día en aquella Tierra. Dos hermanos gemelos que parecían conducidos por un sólo auriga, cuyo carro ocupaba la mitad del cielo. Cantaban otros pájaros, había otros sonidos, algún ruido, un bosque cercano, el murmullo de un río, y sobre todo el aire, fresco y sedoso, que oía a jazmín. Laura pensó dos cosas: una, que podía quemarse la nariz y papá se enfadaría porque no se había puesto protección. Pero al fin y al cabo, era una situación excepcional, ¡qué sabía ella hacía pocos segundos! Y la otra, que no veía ni escuchaba el rumor de los insectos. Pero Laura sintió algo más. Un escalofrío que recorrió su pensamiento, más que su cuerpo. “Ya he estado aquí”, parecía decirle. Miró alrededor. No, no era eso. Era como si ese lugar la estuviese esperando. Como si estuviera vivo, la mirase y dijera: “Al fin está aquí. Has tardado mucho…”.

Lo segundo que vio fue la cruz. La cruz había caído como un peso muerto y desapareció en el suelo. Laura recordaba todo como si estuviera viendo una película.

-¿Dónde está? Necesito el colgante.

Y allí estaba, tendido en la hierba como una espiga de oro. Laura miró instintivamente alrededor. Buscaba la puerta.

-“Stargate” -susurró.

Ya no cabía la menor duda. El paso era real, y capaz de atraer la materia inerte, por sí misma. Pero, ¿a cuento de qué venía eso? Laura meditó un momento. Sabía que aquello podía dar resultado. Era como rezar, o como creer firmemente que algo funciona.

-Una prueba -dijo en voz alta. Era una prueba, pero hasta ahora no lo había comprendido.

Recogió la cruz. El cierre estaba intacto. Se la colgó del cuello y aún siguió mirando la talla diminuta unos instantes, como si esperase unas palabras de bienvenida. O de agradecimiento.

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