Cuentos.l(Laura en el país de los asombros). 123

REGRESO A LA CORTE DE LUZBEL

La fortaleza se recortaba sobre el horizonte como una pegatina. Era el castillo de Howargs, en el centro de Zong-Kuo, justo donde se hacen más empinadas las montañas que sostienen los dientes del dragón, la Muralla que construyeron los primeros millones de voluntarios del gran Qing. Allí estaba, desde luego, el centro del mundo. Todo era centro, y ese medio venía siendo protegido por los antepasados, sólo celosos de los lejanos huesos hititas y sólo nostálgicos de los visigodos ignotos de los viejos campos góticos de Castilla. El dragón dormía, feliz, porque había perdido la memoria y estaba lentamente reconstruyendo su felicidad sólo con vivirla, pues la construía al pensarla, como otros edifican las palabras, el Pájaro Soñador, por ejemplo, que las contenía, sin otro mérito que ser casi perfecto. Como el vino de Berceo. Desde tan lejos que estaba a un tiro de piedra del primer trino del otoño, la Galaxia calculaba si el centro era el surco del torrente, la encina de mil años, el almenar de la muralla o esa mirada suave, rasgada como el trazo del sol, con que la sembradora de mijo acunaba el paisaje. Era todo lo mismo.

Anita resbaló, en un segundo ya estaba sentada en el lecho frío del arroyito.

-¡Pero niña! ¿Por qué no te has agarrado?

-¡Has sido tú! ¡Me has soltado a propósito!

Alex se dejó caer, deslizándose por un tobogán de granito, y el musgo de la piedra se le pegó a los pantalones.

-Estás decorado, Alejandro. Tienes un modelo muy original.

-¡Mirad!

Anita señalaba un punto en la base de la colina.

-No veo nada.

-Yo tampoco.

-¡Pero si está ahí! ¡Una puerta!

Laura y Alfonso bajaron a regañadientes.

-¿No estarás vacilando? ¿Quieres que nos empapemos también?

Miraron en la dirección que marcaba el dedito de Ana, como un puntero de ejecutivo en una presentación de power point.

¡Allí estaba! Un cruce en la montaña: el canal del deshielo, invisible entre la vegetación, y el arroyo cada vez más profundo. La cruz que formaban dejaba entrever un paso al fondo, como esos cendales de las cataratas que ocultan las cuevas del oso o del tesoro.

Una rana saltó al agua, croó con indolencia y siguió su ruta hacia el oeste, a través de la puerta, que así la había bautizado Anita.

No habían dado el primer paso cuando cambió la perspectiva. Ya no se veía la puerta. En su lugar iban apareciendo sendas escalonadas que se perdían en la cumbre.

-¡En fila! ¡No os separéis!

Avanzaban despacio, tocándose el cíngulo que les había regalado ADELPHI, cuyo tono morado destacaba como el emblema de un penitente. “Ese tacto os dará fuerza” -había dicho- y era verdad.

-¿Os dais cuenta?

-Noto algo raro. Pero no sé qué es.

-El calor. Según subimos, sube la temperatura. ¡Imposible en una montaña!

-Pues será imposible pero sucede. O sea, como decía Umbral.

-No estamos en el umbral -dijo. O quizás sí. ¿Por qué lo has dicho?

-Nada que ver… Pero… los genios siempre ayudan. Son como las oraciones. Los descreídos también rezan, aunque sea leyendo a Faulkner o viendo pelis cubanas.

-Bueno -Laura miró a Alex y Anita, que pasaban de la charla- el caso es que subimos y tenemos calor. Entramos en los jardines del infierno. Por cierto, tiene muy buen pinta… Es como el Caribe, con el sol quieto arriba, quemándote los pies y la cocorota, pero exótico y sudoroso, y si al final te acostumbras…

Alfonso resopló.

-Pues yo no. Ya estoy cansado. ¡Empiezo a echar de menos una brisita fresca!

Los peques se habían sentado en una roca plana.

-¡Cuidado, Anita!

Yovi dio un salto. Abrazó a los niños y cerró los ojos.

-¡Lleváoslos de aquí! ¡Mirad, es un ESQUIBEL! Un precipicio de espejo. Sólo se ve desde el oeste, justo donde yo estaba. Si no, refleja lo que tiene alrededor y quienes resbalan caen a un pozo sin fondo.

-¿Y cómo lo conoces?

-¡Yo ayudé a fabricarlos! En la MANSIÓN DE LUZBEL hice de todo. ¡Hasta sacaba a pasear a CÉFIRO, su cachorro de dragón negro. Le hizo un encantamiento de bonsai, y a los dos años dejó de crecer.

-¡Vaya! No sabía que a tu antiguo jefe se le ocurrían cosas buenas. ¡A muchos les gustaría ser siempre niños!

Yovi la miró con una expresión extraña.

-Lo hizo con gente. Y ahora son monstruos. No está permitido por la LEY UNIVERSAL, que tiene un solo principio: sólo Dios manipula la vida. El resto del universo puede intentar mejorarla, expandirla, controlarla… Y el castigo para quien emule los actos del creador es poder conseguirlo.

-¿Recuerdas el cuento de Oscar Wilde? Dorian Gray no envejecía… O eso creyó, hasta que lo hizo de repente.

-O ‘El mercader de Venecia’: sólo carne, nada de sangre… Bueno, Dios no obstaculizó su acción. Nunca lo hace, desde que le salieran las cosas tan raras en el Antiguo Testamento.

-¿Entonces?

Luzbel sabe que no lo ha conseguido. Quiere formar parte de Dios al margen de la naturaleza, de las dos naturalezas, y sólo ha conseguido la mitad. De vez en cuando se complace mirando el mal, que es su alimento. Pero también sufre. Sí. Porque sabe que la perfección le está prohibida… salvo que lo encuentre.

-¿Encontrar, qué?

-¡Pues ya lo sabéis! El secreto de la palabra que lo nombra, o el oráculo que le cita, no sé… Eso que vosotros estáis impidiendo que suceda, y que vamos descubriendo poco a poco. Esto es como un partido de fútbol, que se sabe cómo empieza pero no como termina, por mucha diferencia que haya entre los equipos y por muy comprado que esté el árbitro.

Anita abrió los ojos sorprendida.

-¿Los árbitros se compran? ¿Dónde? Mi primo Jose es árbitro, y no sé dónde lo han comprado, porque vive en Zurrual.

-Ciudad Real, mi niña. Y lo de comprar es… para entendernos.

Anita alzó los brazos.

-¡Pues si es para entenderos…! Ahora me explico que esteis siempre discutiendo, los mayores.

Yovi se fue incorporando lentamente. Parecía sonámbulo.

-Tengo vértigo.

-¡Vaya! Has sido muy valiente.

-No. Es que los ESCUDEROS DEL ALBA no podemos evitarlo. Nuestra misión es ayudar a los elegidos, y, bueno, a casi todo el mundo. Y está escrito en nuestros genes, como las hormigas que hacen un puente con sus cuerpos para que el hormiguero pueda cruzar el río.

Alex le tiró de la manga, ancha como en los antiguos kimonos.

-¡Ovi!

Señaló un hilo de agua, casi a sus pies. Un ejército de hormigas soportaba el paso de las demás entre las dos orillas. Cuando terminaron de cruzar, el río se llevó a las que habían sacrificado, por instinto, sin mérito ni reflexión, su vida por el conjunto.

-Así sucede con la Galaxia. La única excepción somos nosotros.

Los chicos no le preguntaron a quién se refería, porque ese ‘nosotros’ era cada vez más amplio, como si se le hubiera quedado corto el pronombre a una inmensa gramática de la vida.

Alex se quedó mirando. Los cuerpecillos oscuros iban desapareciendo, compactos y brillantes. Pájaros de pico verde planeaban sobre el arroyo y sin detenerse los engullían.

El pequeño suspiró.

Sobre el cielo, que comenzaba a poblarse de nubes, se recortaba, como en una sombra chinesca, el vuelo de un ave enorme, que parecía observarles. Planeaba con la elegancia de una danzarina de Bali y el poder del águila imperial.

-¡Ájaro onador! -señaló Alejandro.

-No, Alex. -Laura le abrazó por los hombros-. No es el pájaro soñador…

-El OJO DE LUZBEL. Utiliza distinta artimañas, todas muy teatrales. Le gusta… el histrionismo…. Creo que lo copió de un griego.

-Todo el mundo copia de los griegos… Hasta los americanos.

El Hada Consejera resbaló en una piedra húmeda. Estaba caliente, como si ocultase una fuente termal.

-¡Podíamos hacer un balneario!

-No me seas chusco, Alfonsito, que no está el horno para bollos.

-Oye, a propósito de refranes y cosas así, ¿cómo se dirá en inglés ‘hasta el rabo todo es toro’?

Yovi se volvió bruscamente.

-Qué quiere decir eso?

-Pues que nada puede darse por perdido… o por ganado, claro, hasta que termina.

Miraron al cielo. La rapaz chillaba, un sonido que recordó a Laura el grito de un FELAYM.

-¿Cuántos llevamos?

-Dos. Faltan cinco. Los peores.

-Siete Picos.

-Sí. Y la laguna de Peñalara….

Bueno, me lo ha recordado. Pero el siete ¿no es un número mágico? Digo, de los buenos.

-Eso depende de quien lo use y para qué. Fíjate en los siete pecados capitales.

-Por cierto, estamos en zona del cuatro y del ocho. Nefas y Fas. El cuatro es tabú, encierra la muerte y las cosas malas, y el ocho es la plenitud.

-Cuatro por dos. ¡Qué más da!

-Mirad, pero volvéos despacito, hacia la derecha.

Les observaban. Sin recato. Portadores del BASTÓN, que abría las rocas con un láser frío. Dos parejas, de cuerpo atlético, rostros afilados, como elfos del BOSQUE BLANCO. Parecían amistosos.

-Seguid avanzando. Tenemos que llegar al cinco.

-Esto parece ‘la OCA’ -dijo Alfonso-. Y movió hacia adelante su pie derecho.

El rayó quemó la mata justo donde había estado un segundo antes.

-Pues no tengo calcetines de repuesto. ¿Y ahora qué hacemos?

-A los peques no pueden hacerles daño. Y si estamos cerca, tampoco a los demás. Al meno eso creo.

El OJO DE LUZBEL había desaparecido. Parece que el seguimiento iba a hacerse por tierra. Pero ¿no sería más sencillo destruirles? Lo tenían fácil. Guerreros del MAL armados frente a unos niños y dos acompañantes, por muy valientes que fueran unos y muy poderosos -como GARDIANES DEL BIEN- que fueran otros. Además, los ÁNGELOI no podían interferir, excepto en casos de máxima gravedad o urgencia, y eso, probablemente, daría al traste con la misión. ¡Vaya lío! ¿O no lo era? ¿Había sido un ataque o una advertencia? ¿Era un juego? Luzbel el histrión quizás añoraba sus divertimentos con los Serafines, esos juguetones del cielo, que tanto criticaban los Tronos y las Potestades, tan serios y circunspectos, siempre cantando arias de Häendel en el trono de Dios. Había sido uno de ellos, y eso imprime carácter. Cuando se deja de ser niño, casi todo el mundo deja de serlo del todo y para siempre. Algunos se mantienen, un poquito, protegidos por su ángel, y cambian del todo sólo por fuera -con una chispita en la mirada, eso que incluso conservan algunos viejos, y les hace atractivos- pero la mayoría… ¿Han sido niños alguna vez? Esa maestra iracunda, ese padre pegón, ese adolescente pervertido, ese violador, o asesino, o quien se aprovecha de los pobres o de los débiles…. Todo eso pensaba Laura, y al final sonreía, porque recordaba algunas conversaciones -qué pocas- con papá.

-Perversos polimorfos. Así los llamaba el perverso Freud, que necesitaba un psiquiatra.

‘Aún no, todavía no’, se decía, casi hablando, mirándoles de reojo. Los otros callaban, iban ascendiendo, cada vez con más calor, un calor que no derretía la nieve, que sólo afectaba a la vida que contuviera un corazón humano. Porque con ello eran capaces de discernir el bien y el mal, y ese era el secreto que hasta Alex y Anita compartían, aunque ellos, tan pequeños, mucho menos aún, por eso estaban en la primavera, sentían una brisa suave, el letargo del mediodía en el monte, los zumbidos de las abejas alpinas, el crepitar de la hierba pisada que buscaba de nuevo la luz, con la fuerza de una savia reciente.

-¿Cuándo llegamos, tata?

-Ya pronto. Mira.

El quinto sendero, el quinto monte, estaba ya a un paso. Un templo surgía de la nieve, como esas iglesias ocultas en el claro de un bosque que algún día se construyeron en Siberia, cuyas paredes esconden un Pantócrator, una Virgencita con su Niño, la belleza del fresco en la pared, los iconos inamovibles ante quienes rezan los fugitivos y los extraviados.

El silencio era sobrecogedor. La temperatura deliciosa. Laura recordó esos pasajes del Marqués de Santillana, donde se citan sus amoríos en lugares placenteros, donde había aprendido que llamar vicioso era antes calificarlo de muy agradable y feliz, y cómo derivaba el sentido de las palabras, quizás porque las Academias -como los Colegios profesionales- sólo sirven para alimentar otra casta más de funcionarios.

La nave central, de techos altos y vigas en cruz, sostenían una bóveda de medio punto, por cuyos vitrales intactos se filtraba la luz azul del mediodía.

Se sentaron en unas banquetas de madera maciza, como si esperasen que en cualquier momento un pope o un obispo iniciara el rito del día, un día glorioso, una celebración rotunda.

¿O era otra cosa lo que esperaban, sin saberlo?

Por una ventana alta, semitapiada, asomó la cara larga de un habitante del bosque. Llevaba un paquete envuelto en trapos, que sostenía con una mano, y en la otra un palo, en cuyo extremo ondeaba un banderín triangular.

-¡Mi premio de balón tiro! -Alfonso le señaló con el dedo, al tiempo que se levantaba.

El hombrecillo desapareció y apareció un momento después en el portón. Parecía un fetiche en una convención de mendigos para elegir al líder de Monipodio.

Alfonso le abordó.

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