Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 125

Las prácticas en LA CORTE DE FORMACIÓN fueron intensas, y era curioso ver a los cuatro vestidos de alevines, como el disfraz de Spiderman de Alex, rojo y azul, de cuerpo entero, con el rostro semioculto, una máscara veneciana.

Lo que peor llevaban era la guas del director, BELIAL. Con la subdirectora, la mandamás, LETI, requetenieta de Lilith, la primera Eva, la cosa era mejor. ¡Al fin y al cabo su requeteabuela le había contado muchas historias, y eso tranquiliza a las bestias!

Les atendían íncubos y súcubos domésticos, limpios y educados. Pero a veces algo juguetones, sobre todo de noche. Como aquella en la que improvisaron una serenata.

-¡Es el cumple de SARI, el dragón verde de tía Lilith! Son veintemil justitos.

Pero los niños seguían protegidos. Sus ángeles sortearon con cierta dificultad los muros cortafuegos del sortilegio, ayudados, claro, por el grupo de serafines de ataque silencioso, que convencen a los diablos sin que se enteren. ¡Armas del cielo!

Y así fueron aprendiendo las artimañas del enemigo. Como los exorcistas. Como Don Matías.

Anita estaba muy animada.

-Lo que más me gusta es el ejercicio de puntería. Me recuerda el juego de los bolos de Alex, el que suena cuando tiras los tres con la pelota.

-Bueno, peque, hay una diferencia. En éste nosotros somos el tirador y la diana. ¡Como en los juegos de rol!

-¿Y eso qué es?

-Nada, los mayores que no saben qué inventar para hacerse la puñeta, aunque sea jugando, que ya es raro.

El repertorio era nutrido: mentir con menos palabras, refranes falsos, promesas incumplidas, contar fantasmas… Y gana siempre el más tramposo, porque en la corte de Luzbel el más fullero es el rey.

-Yo voy

-De eso, nada. Tú te quedas aquí, cuidando de Anita. -Miró el chalet de Albert-. ¡Cualquiera sabe qué puede pasar!

-¡Mira!

Anita había salido al patio. La luz de la habitación de Níobe se apagó de pronto.

-¡No hay tiempo que perder! ¡Me temo que va a pasar algo malo!

Las sombras cayeron como guerreros Ninja sobre ellos. Sintieron una presión en la garganta, como cuando se bucea y a uno se le acaba el aire, sólo que allí arriba la luz trae la esperanza y la alegría y la seguridad, y se aguanta, se aguanta, hasta salir, resoplando, agotado, a punto de reventar, y pronto se recupera y mira hacia el fondo, ese bello mundo hostil en el que a veces uno quisiera vivir, como si volviera a casa.

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