Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 124

-¿Tú también eres de los Menesianos?

El otro le miró como si hubiera visto un oso panda bailando ‘el lago de los cisnes’.

-¡Alfonso!

-Vale, vale. ¡Ya me extrañaba! No nos conocen ni en Saint-Maló.

-Seguidme, por favor.

Había hablado, claro. ¿Qué esperaban? Y le siguieron, detrás del estandarte y detrás del paquete, pero sólo unos metros.

-¡Quietos ahí!

‘Lo que faltaba’ -pensó Laura al verle-. Porque era un viejo conocido.

-¡Belial!

-Mis queridos niños… -Dijo con su voz monótona y aceitosa-. ¡Ahora soy vuestro profe!

Les indicó el camino de regreso, en realidad unos pasos. Entraron de nuevo en el templo.

-¿Y esto de qué va?

-Lo que no entiendo es lo del otro. -Laura señaló al hombre del banderín. Está como fuera de lugar.

Pero no lo estaba. Entró tras ellos, y se acercó a la pared del fondo. Manipuló un resorte y se desplegó una pantalla blanca, que ocupó lo ancho de la sala. Luego, en la pared contraria, puso en marcha aun proyector.

-¡El cine! -Saltaron los peques.

Albert sonrió.

-¡Y qué peli vamos a ver! ¿Habéis oído hablar vosotros, los mayores, de los mensajes subliminales?

-¡Trampas para vender!

-Exactamente. ¿Y quién no las hace? ¿Conocéis algún triunfador o alguien que quiera serlo, que no sea un grandísimo tunante, un manipulador nato?

-¡La Escuela de desaprender! -Saltó Alfonso.

Albert soltó una carcajada.

-¡Y yo de Gorgoi! No, hombre. Eso está ya superado. Verás.

Empezó la proyección. Colores suaves, música tranquila imágenes agradables, todo era placentero, algo aburrido, y los niños comenzaron a amodorrarse, como mamá en los conciertos del Auditorio.

De repente un golpe de timbal les despertó. ¡Era un efecto tridimensional! Estaban ya en el séptimo infierno, que era un palacio en el centro de una selva hindú, por la que paseaba el león, serio y majestuoso, y donde el astuto tigre venteaba las presas en silencio.

Las imágenes les condujeron a un salón real, ante un trono de marfil, custodiado por diablesas vestidas de gala, con tridentes de plata que ocultaban el rayo azul.

-Aquí están.

Ante ellos desfilaron por cohortes, como las legiones romanas. Alevines, de uniforme azul y rojo, diablillos, con su casco gris, brillante como las perlas del Índico, demonios adolescentes y diablas de juventud, y los tres tipos de adultos cortesanos: satanillos, luzbélicos e infernálicos.

-¡Un remedo de los coros angélicos! -Laura buscó a Belial, pero no lo encontraba.

-¿Qué dices? -Alfonso no se enteraba bien.

Laura contó con los dedos.

-Ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos, dominaciones y potestades. Los siete grados que alaban permanentemente a Dios.

-¿Y no se cansa? -Luzbel, saliendo de la nada, ocupó el trono. Parecía un modelo de Armani, un poco derrengado, al new stile. Con la mano derecha hizo el gesto: ‘Acercáos’.

Los niños estaban paralizados. ¿No era aquello una película?

-¡Vamos! ¡Sin miedo! ¡Es la hora del cambio! -Rió con ganas-. ¡Cualquiera puede creer lo que esté dispuesto a creer… ¡Y es tan fácil convenceros! -Movió la cabeza, como si asintiera a una declaración de principios, con los que estuviera plenamente identificado-. Es cuestión de tono, o de tiempo, o de… aliados.

No habían dado ni un paso. Antes de hacerlo, desde las galerías adyacentes fueron entrando en el gran salón docenas de sujetos, no todos humanos, o al menos no con la misma figura, vestidos con telas aparentemente metálicas, casi fluorescentes, y una diadema que lucía como las bombillas de las barbies de feria.

-¡Vaya horterada de desfile! -Susurró Alfonso.

Luzbel sonrió.

-Según como lo veas… Son -señaló las lucecitas- son diamantes de energía, una variedad…carísima, según vuestro ranking de nimiedades. Esas cosas por las que los humanos matan.

Les rodearon, danzando y cantando. ¿No era algo extraño? Enseguida comprendieron que la fórmula no podía ser otra. ¿Fórmula? ¡Sí! ¡Ya no se conquista con el miedo! Eso pensaba Laura mientras iba espontáneamente acompañando al coro. Pero siempre tiene que haber algo… que estropee la velada. En este caso, era la conciencia, porque debía tratarse de eso, un run-run que le decía: ¡No te fíes! ¡Esto es un camelo! ¡Te están manipulando!

Luzbel se había levantado. Y entonces Laura vio su capa. Grabada al fuego con el escudo de Hércules. Allí navegaba la Gorgona, Perseo combatiendo, las Medusas y Ker, una terrible serpiente a la que acosaban manadas de jabalíes y de leones, héroes muertos, centauros, caballos de pezuñas doradas, carros de guerra, diosas combatientes, los Inmortales, mar embravecido, olas de estaño, delfines de plata, sangre negra, las Tinieblas, el Tártaro. Siete puertas en siete murallas, jóvenes danzando al son de una flauta y de una lira, antorchas, mieses, uvas, y volvía el océano, y el monte sagrado de los dioses, y regresaba el mal, para hundirse en el fuego y el canto, todo dispuesto para el combate, vencedor y vencido al tiempo, porque era señor del tiempo.

-¡Vaya espectáculo! ¿Cómo lo hace? ¡Menudo truco!

Nunca lo supieron. Luzbel había elegido el símbolo del hijo de Zeus, el mayor de todos los dioses. Su protegido invencible.

-¿Veis? -Los diamantes de energía iluminaban multitud de puntos en la esfera-. Cada reino humano recibe un toque…mágico… sí, puede llamarse de ese modo…, y se hace…cómo decís…una sucursal. Luego proliferan, porque sois facilones: cada planeta, cada universidad, cada escuela… la dimensión importa poco. Las personas -señaló al conjunto de seres humanos, con distinta apariencia, que formaba la Corte- se compran. A veces simplemente por nada,por su ego, esa vanidad que resulta utilísima, y muy barata. Pero entrad, por favor.

-¡Pero si van a hacernos un test! ¡Como en el AULA DE LOS DESEOS!

-Es una especie de PIZARRA DE LA VERDAD.

-Sí, sí… Ya sé que os suena… Pero ahora viene lo mejor. ¡Lo otro era sólo para entrenaros un poco! ¿No os lo han dicho vuestros… amigos?

YOVI y EL HADA CONSEJERA bajaron la mirada.

-¡Claro! ¡Nadie puede resistir los encantos de Luzbel! ¿Vosotros sí, mis pequeñines?

Alejandro jugaba con la capa, cuyos personajes se movían lentamente, parecían escapar y regresaban al fondo de terciopelo.

-¡Así que sois unos traidores! -Laura estaba indignada. Resoplaba por la nariz, congestionándose a ojos vista.

-Tranqui, hermanita. -Susurró Alfonso a su oído-. No te sulfures. Lo mismo es un teatrillo.

No lo parecía.

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