Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 120

EL TRIBUNAL

El río crecía por momentos, como si las cataratas bíblicas se hubieran reservado para la ocasión. Noé miraba desde su triclinio el espectáculo, un tanto mosqueado, porque mantenía el Guinnes de inundaciones, y eso le daba un prestigio fundamental en la partidita del domingo. Había cerrado la última con un seis doble, ante el asombro del mismísimo Jonás, que había soportado tres días la dispepsia de un cetáceo iracundo.

Luzbel se detuvo en el puente.

-Mi amo. El río no obedece. ¡Sigue creciendo!

El diablo rió a carcajadas.

-¡Llévalo al Tribunal!

Dicho y hecho. Las palabras del Boss hay que tomarlas al pie de la letra. En grandes cisternas recogen el agua embravecida y la hacen comparecer en la Sala del Juicio.

Una legión de DIAUXIS, diablos auxiliares, los zánganos de INFERI, sostenían, como atlantes, el embate del oleaje, contenido por vidrios gigantescos, anchos como la corriente del Gulf Stream.

-¡Vaya exageración!

-Es que soy un cronista andaluz, como Buñuel, que era de Calanda, o sea Teruel, una desparecida regiodad de Hispania. Ciudad-región de jamones y canciones.

El chambelán susurró al oído de Luzbel. No por discreción, sino por si acaso le molestaba el comentario.

-Ni siquiera tú puedes ordenar lo que va contra la naturaleza de las cosas.

-¡Que te lo has creído! -Dijo el fiscal, que había aguzado el oído como era su obligación-. Parecía un demonio de opereta, con los puños de terciopelo y bolillos de lino.

El agua se negó a responder. Apretó los carrillos y rompió el dique. Luzbel abrió un hueco en el suelo, como Zeus con la égida, y tras el rayo se coló el torrente. A lo largo del cauce brotaron granadas y nísperos, pero no limoneros o caquis. Tampoco magnolios, por ejemplo.

-Ya está.

Se levantó la sesión a golpes de martillete, gong contra el tablero de nogal español, negro como el alma de un pirata.

-¿Y esto es la justicia?

Laura resopló. Le habían pisado la pregunta, más retórica que otra cosa.

-No tengo ni idea. Algo he oído… Preguntaremos a la abuela… Algo dirán los libros… Supongo.

Miraron por todas partes. El público salía ordenadamente de la Sala de Audiencias, comentando en voz baja. Nadie hablaba del juicio, claro, porque iban allí para distraerse. Era un circo barato.

A Laura empezaba a angustiarle la escena. Se alzó de puntillas, porque le daba corte subirse a un banco, como un orate de ocasión. Recordó, de todas formas, el Hide Park Corner, y un señor con filacterias subido a un tambor que vociferaba acerca del juicio final.

-¡Vamos de leguleyos! -dijo Alfonso, que vestía un traje talar, con gorra redonda, de doctorcillo.

El aire se hizo espeso como las lentejas de mamá, pero olía bastante peor. Sintieron llegar la nube, y creyeron que iba a succionarlos. Laura gritó, y el grito se quedó a medias, entre el pensamiento y la garganta.

-¡Laura! ¡Despierta!

Caramba. Era de día, sí, pero no creas que mucho. Estaba nublado. El Escorial flotaba en el horizonte y hacía frío. Laura, sin embargo, estaba sudando y era una sensación desagradable, creedme.

-¿Dónde están todos?

-¿Todos? ¡Pues aquí! ¡Al menos todos los que estamos! ¡Vaya cosas dice! -Alfonso salió de la habitación refunfuñando. Ya conocía bien las pesadillas de su hermana. Necesitaba un poco de tiempo, porque Laura nunca sabía enseguida que estaba soñando.

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