Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 118

Más serios, quizá algo silenciosos

-y eso no era un defecto precisamente- y un poco paliduchos. Así se presentaban quienes por lo demás, o sea por todo, parecían ‘formar una familia’ como tantas otras.

¡Pero no era así!

La primera noche les sorprendieron mirándoles.

¡A todos a la vez!

O sea, ellos, los padres detrás, sujetando por los hombros a los chicos, y los cuatro, o sea, los cuatro al mismo tiempo en cada una de las camas.

Laura creía estar soñando. Pero realmente tenía ganas de hacer pipí.

“Que no me pase lo de Anita, que sueña que va al baño y se lo hace en la cama”.

Tanteó los barrotes de la cama. Eran de madera. Una madera cálida y bien barnizada. Buscó las zapatillas -no en vano papá había pasado las primeras cinco mil noches de su vida con el mensaje: “Ponte las zapatillas. Y la batita. No vayas descalza”.

Él la saludó Con la mano.

-Hola, niña.

Los otros la miraban. Sólo. Debía de ser su saludo. Una prolongación del principal.

-Hola.

¡Pero si estaba hablando con un ectoplasma! Chinchó a Alfonsito, que roncaba.

-¿Cómo se llama eso de ‘la Guerra de las galaxias’? Cuando aparece el malo en el aire.

Alfonso la miró sin verla. Eran las tres de la mañana.

-Holograma.

Los dos giraron la cabeza. Había hablado el pequeño. Era muy guapo. Y sin embargo algo inquietante, en sus ojos, le afeaba, como si tuviera puesta una máscara.

Alfonso les señaló.

-¿Son clónicos o hay espejos?

Comprendieron enseguida que estaban en dos partes: en la realidad de cada uno y en la de los cuatro. Por eso la veían para sí mismos y para los demás.

Aunque eso de comprender no era del todo exacto.

El hombrecillo se cubría con una túnica monjil.

Entre el burka y el turbante, en la cabeza; entre la chilaba y el hábito a lo largo del cuerpo. En los pies unas babuchas o zapatillas, según mirabas, muy elegantes, incrustadas de vidrios coloreados. Artesanía.

-Los pies son el espejo del alma.

-¡Pobre ciempiés!

Rieron bajito. El maestro-gurú-mulá-frater les habló sin levantar la cabeza.

-Medio listo, medio tonto. Para algunos, listillo.

Leía en un libraco que descansaba sobre el atril más rococó del mundo, con adornos de hojarasca y ángulos ribeteados de angelotes y dragones.

-Eso va por nosotros -dijo Laura.

-Claro. Va por todos. Pero no es un brindis. Lo dice aquí.

Señaló la página izquierda que estaba escrita con signos extraños. A Laura no le pareció chino, ni árabe, pero se asemejaba.

-Sánscrito -el profe leyó sus ojos.

La página derecha era toda dibujos exquisitos, miniados al estilo de los Beatos.

-¿Es un Libro de Horas? -Alfonso recordaba algunos facsímiles de la biblioteca.

-Bueno. Estoy cansado. Cada signo es una frase. Cada frase un tomo. Llevo diez años y aún estoy en el comienzo.

-¡Parece un teólogo! -musitó Laura-. No avanzan.

-Porque es imposible -dijo Alfonso. Ellos lo saben. Como los gusanitos de seda cuando hacen su capullo. No pueden evitarlo.

El hombre sonrió.

-O un filósofo. ¡Son lo mismo!

El tono no dejaba lugar para la duda. “Ya lo pensaremos”, parecían decir en silencio los hermanos.

-¡Tienes que buscar a los niños!

-Buscar, buscar… Lo tenéis todo a la vista. ¡Cerrad los ojos!

Lo hicieron. Laura vio una estancia iluminada por velas. Un incienso flotaba a ras del suelo. Los pequeños dormían plácidamente. Alfonso vio un río, el remanso de un río bajo una cortina verde, las ramas del árbol más grande que cabía imaginar. Los niños jugaban sobre la hierba. Una barquichuela les aguardaba.

-Cogeos de la mano.

Lo hicieron. Se intercambiaron los pensamientos.

-¡No siempre se gana! ¡No siempre se puede estar de acuerdo! Pero los días de primavera pueden durar toda la vida.

-Es verdad…supongo. -Laura parecía aún más preocupada-. Pero… ¿crees que podremos rescatar a Yovi? ¡Ya hemos tenido bastante con lo de Alex! ¡Qué mal se pasa, hada!

-Es lo que toca, como decís vosotros. Y sí, claro que lo haremos, lo de rescatarlo. Precisamente es lo que vamos a hacer ahora. ¡Seguidme!

Se metió en la barca, que osciló como las de El Retiro. Alfonso cogió los remos.

-Se ve que tienes experiencia. Por lo del Miño, el rafting. ¡Qué nombrecito!

Parecía que iban a motor. Alfonso estaba cuadrado, o sea que era un atleta. Anita quería remar, como siempre, pero no la dejaron.

-¡Así iremos más deprisa! -Decía-. ¡Quiero llegar pronto! -Se calló unos segundos, reflexionando-. Aunque no sé a dónde.

Laura miró al hada, que se concentraba en el timón, silenciosa y vigilante.

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