Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 114

SIEMPRE ES POSIBLE LA ESPERANZA

-¡Por eso se llama así! Además, ¿ a quién se le ocurriría rechazarla?

-Un día papá me lo dijo: “Sé que olvidaréis. No importa”. Me miró como si fuese a oscurecer y quisiera captar la luz para siempre. “Vosotros no me necesitáis, pero… yo sí”. Creo que esa era parte de su verdad, y eso le hacía diferente, como si la vida no pudiera ser del todo completa nunca.

Laura leía en su Diario, en voz alta. Los pequeños dormían, uno a los pies, otro a la cabeza de la cama grande. Alfonso trasteaba con alguno de sus ordenadores.

Le gustaba escuchar de vez en cuando sus pensamientos. Pero claro, sólo podía ser con su propia voz, porque el Diario era… secreto. ¿Qué habría pensado Anita, tan celosa guardiana de la llave diminuta del suyo, si su hermana mayor hubiera cedido a extraños -y eso iba por todo el mundo- las confidencias, las intimidades, las dudas, los deseos, en fin, todo lo que supone ese acto misterioso de escribir en el Diario?. Entonces bajó la voz, y casi en un susurro, continuó.

Mamá se comportaba como si cada segundo fuera a cambiar de repente. Una dulce brusquedad que nos ponía en guardia, sin asustarnos.

‘En algún momento hay que dejar de ser niño. Entonces puede cesar la lluvia de juegos que es el mundo, y comenzar el tinglado y la farsa de la realidad. ¿La necesidad? Una parte, sólo una parte, de la vida. ¡No tengas prisa! Que venga, si viene… y mejor si no llega del todo’.

No lo comprendí bien hasta el día en que Alejandro me observó escribiendo. ‘¡Cuéntamelo, Tata!’ -dijo, señalando el libro rojo. Yo era para él, en ese instante, el narrador. Un adulto más, cercano y querido, pero tan lejos de su alma como el reflejo de la nieve en la sierra, desde mi ventana. ‘Nunca dejaré de ser niña’ -me dije- ‘como en el país de Peter Pan, ‘el País de Nunca Jamás’. Pero era difícil aceptar esa mentira. ¿O no? Alejandro había venido a verme para quejarse: Anita no quería que se quedase con ella, le rechazaba. La peque estaba creciendo, claro, y su hermanito a veces le estorbaba, como cuando nació papá y la abuela contaba cómo Maribel, la mayor, decía: ‘No sé para qué habéis traído a este niño; para hacerme a mí la pascua’. En la distancia todo tiene otro color, hasta el arco iris.

CONVERSACIONES EN LA CUEVA DE FESTÍN

-Sin el riesgo la vida es insípida. Para conocerla bien hay que apostar. Y el tiempo es el principal enemigo de ese valor o de esa fuerza. ¡Decídete, decídete! Es mi lema, aunque parece el eslógan de Nike, just do it, que seguramente también está copiado, pero es inevitable: nihil novum sub sole.

-Y llevar bien grabado su estigma. -Señaló el dragón de pupilas granate del tatuaje.

Hizo un gesto con la mano, quizás buscándose.

-Me aburro con el éxito y el triunfo y el dinero, esas cosas que entusiasman a todo el mundo. ¡Es una suerte! Sólo mirando a la gente chorreando baba y sudores persiguiéndolos…

-¿No estarás un poco… -retorció el índice sobre la sien- majara? Ya sabes: trastorno bipolar, brote psicótico… Esas cosillas… LSD… Alucinaciones…

Esperaron un poco. Parecía el preámbulo del discurso o el silencio del mirlo antes del terremoto.

-Todos los días, en el baño, imagino con asco dónde puede encerrarse tanta mierda; los millones de personas, perros innúmeros, ratas, conejos… cada día, en Madrid. Miles de Madrid en el mundo… ¡Un mundo cagado!

-¡Pero qué escatología más elemental! ¡Pues se recicla por medios naturales, porque es orgánico! ¡Hay quien se forra con la caca, como otros cuando baja la Bolsa!

La PALABRA se le escapó. Anduvo buscándola tanto tiempo que le dolían las piernas. ‘No es una mariposa’, reconoció al fin.

-Puedes sustituirla… Ya no es la misma. Y eso importa poco o nada, créeme. ¡Y no hace falta la metáfora!

-Nos las inventamos. -Oteó el horizonte desde la ventana, como si esperase el regreso de los indios en la cabaña-. Porque la vida es una sucesión de memerías entrelazadas como los dedos de un croisant, dispuestos a mojarse en el café.

-¿Y qué fue de él?

Se miraron, como si conocieran sus nombres. Como si se conocieran, tal vez.

-Se destrozó; porque preferir los demás a su propia individualidad es suicida. Y es antinatural, caótico.

Abrió los ojos como si me fuera a traducir la Revelación de Ramala, que acababa de entonar.

-¡Hay gente que vive sin metáforas! ¡De veras!

Sonrió con los dientes desiguales y las pupilas redondas. Y yo también.


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