Cuentos. Laura en el país de los asombros. 111

LA OCA, EL TRIPODE DE SHIVA, SORTILEGIO Y SANTIAGO

Luzbel echó los dados.

-En realidad debería hacerse sólo con uno… Pero vamos a terminar antes. Y sin trampas.

Dos seises, como en la catedral de Valencia, cantando sobre el tablero.

-Y la señora Oca, adelante, dijo el Templario.

La ficha cayó en el primer puente, claro. Luzbel la adelantó y puso cara de asombro.

-¡No hay segundo puente! ¡Me niego a pagar el peaje!

Santiago rezongó.

-Anda, Laura, te toca.

-Ni hablar. Aquí nos jugamos mucho. Esto va en serio, así que paga.

Luzbel puso en el tapete un anillo de oro con un diamante. Laura se fijó en la expresión del Templario. Había dado un respingo y estuvo a punto de lanzar la mano y apresar la pieza, como un halcón que divisa la paloma y entra en picado con las garras dispuestas.

Santiago le guiño el ojo.

-¿Qué tal, Laurita? ¡Vale tanto como el trípode de Shiva!

-¡Es su gemelo! -El Templario estaba convulso-. ¡La miniatura de Montsegur!

-¿Es parte del tesoro? El que se rescató con el Grial la última noche, antes del ataque.

Luzbel les miraba con la expresión irónica de un mago observando el efecto de su truco estrella ante un grupo de adeptos.

-¿Seguimos?

-No hay juego inocente. Y menos éste.

Laura lo sabía. La abuela la llevó dos veces a la catedral de Valencia, donde se ocultó el Grial, del que Luzbel se iba a apoderar. Ya estaba en la casilla 57, a tiro de seis. ¡Menos mal que el campo de fuerza impedía hacer trampas! Aunque con tal sujeto… cualquiera se fiaba.

Santiago leyó su pensamiento.

-Imposible. Este es un juego limpio. A pesar de él. Está sometido a sus propias reglas, al decidir cambiar la destrucción por la conquista.

El Templario echó los dados. Casilla 42. El laberinto. Golpeó la mesa con el puño cerrado. Luzbel se echó a reír.

-¡Ojo con el guantelete, señor cátaro! -dijo-. Que no hay repuestos a mano.

¡Vaya con los puros! ¿No dice vuestro amo que la ira es atributo del diablo?

-Pido perdón -se excusó el caballero.

-¡Perdón, perdón! ¡No iba a decir otro cosa! Pero no basta… ¡Hay que cuidar las formas, y formarse para cuidarlas espontáneamente. Eso dice el manual…

Santiago llegó a la 59. Adelantó la ficha azul hasta El Paraíso, la 63. Luzbel le detuvo.

-De eso nada. La última jugada debe ser perfecta, nada de enjuagues.

Laura se enfadó.

-¡Es la norma! De oca a oca.

Santiago la detuvo con un gesto.

-No, Laura. Ese sistema debe ser aceptado por todos los jugadores con un pacto previo. Si no, la última jugada debe coincidir con el número de suerte. Al fin y al cabo yo lo sé bien: es mi camino.

-El Camino de Santiago.

El Templario sonrió. Se le veía ya calmado.

Empezó a llover torrencialmente. Como una gota fría. El agua golpeaba el suelo, salpicaba los troncos, arreciaba sobre los cristales, y bajo el puente del tablero el arroyo crecía a ojos vista. Luzbel se apresuró a lanzar.

-¡Uno!

El Diablo lanzó un rugido, como un león sobre la roca que domina su territorio. Era un desafío, pero también un grito de ira incontenida.

-La transformación. Es el símbolo, la muerte. Tienes que volver a empezar.

-Tu reino tampoco es de este mundo… Y en eso te le pareces, ahora que quieres imitarle.

-Rex mundi… -Miró el tablero, cuyas figuras ya estaban animadas, y comenzaban a inquietarse-. No; los quiero todos. -Lanzó sus ojos, como rayos, a través de la cortina de agua, que pareció estremecerse-. Es cuestión de tiempo…

Santiago sacó un cuatro. Laura aplaudió.

-Sabes que no puedo dártelo. -El señor del Camino sonreía a Laura-. Aquí no existe eso de la delegación… -Dio un paso. El Templario se arrodilló y puso entre las manos su cabeza, que había cubierto con una tela blanca-. La gran casilla pareció absorberle, y se introdujo en el jardín. Delante de él, que ya era del tamaño de las otras figuras, pero eso no impedía que todos lo viesen, al mismo tiempo, como antes, una pareja de ocas graznaba furiosamente. A la vuelta de un recodo, su algarabía se fue alejando. Santiago saludó con la mano abierta, se apoyó en un báculo de peregrino y lanzó un beso al aire.

-Todo regresa, al fin. Recuérdalo. Y ten fe. Es lo único importante.

Laura recordó, con una sonrisa triste, lo que papá le dijo cuando se murió el delfín, y ella lloraba y lloraba, derramando casi tanta agua como lluvia caía ahora desde unas nubes invisibles, que les rodeaban.

-Las cosas buenas no mueren. No pierdas nunca la esperanza.

Así que, para las tres, sólo faltaba la caridad. El amor, en paladino. Y de eso, afortunadamente, iban sobrados. ¿O no? Porque ¿sería igual para todos?

-Dicen que todo está en el cerebro: la conciencia, el yo…

Luzbel lanzó una estruendosa caracajada.

-Permíteme que me ría. -Hizo un gesto histriónico- Como decís vosotros… ¿Estoy también en ese ‘paquete’?

Yovi intervino con un hilo de voz

-Eso no contradice ni demuestra nada. El cerebro es un medio. Como las piedras y los vidrios lo son en…

¡Una catedral! Ya está dicho -repuso Laura-. Pero, ¿estamos intentando convencer a alguien?

Luzbel atusó con el índice el espacio entre los niños y él

-¡Sé buena! ¡A ver si tienes que regresar andando! ¡Ya sabes que el Pájaro soñador no es como la escoba de la bruja! -Rió aún más-. ¡Es sólo para los cátaros!

Alfonso asintió.

-Los PUROS. Albigenses… ¡Vaya cacao!

El Hada consejera suspiró.

-Le gusta -señaló a Luzbel-. Tiene una manía por la dispersión. Sólo es exacto cuando quiere dejar clara su fuerza!

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