Micro-relatos. (Space. Mal, Altius, Sufficcit, Labor, Vasria, Varia1, Varia2, Phoenicia, Ático).

SPACE

Al niño le faltaba el dedo medio de su mano derecha. “De su manita derecha”, precisó M., fijando su mirada en el vacío que abrazaban los dedos índice y anular de esa mano, abierta como si hubiera bendecido al orbe, o esperase la lluvia de oro, o aguardara que otra mano, otra manita derecha privada de su dedo medio, la estrechara suavemente.

MAL

Aquel día, después del asombro que se despertaba con él cada mañana, M. miró el lejano monasterio, y supo que aquella mole también había nacido de un sueño. “Un sueño ebrio, que resiste el mal”, precisó al dictado su ángel, aún dormido. Cerrando los ojos, porque le dolía el entrecejo de tanto perseguir los profundos centros del alma, fijando en medio del cerebro la mirada ciega, M. escribió el epitafio del día primero de su invierno.

ALTIUS

Cuando llegó a la cumbre, el viento y las nubes ocultaban el valle. “No importa. Sé que está ahí”, dijo M., señalando hacia abajo. En el descenso, a medio camino, las figuras y las formas se hicieron reales. M. se detuvo a contemplarlas, y eran hermosas.

SUFFICIT

Llevaba M. un mes largo serrando el serrín cuando recurrió al latinajo. “Sufficit diei malitia sua”. “No es un latinajo –recordó la espuma de afeitar- es una cita de Mateo”. “¿Mateo? –le gustaba a M. enlazar nombres y cosas, al estilo far west- ¿El de Caser?”. Una pompa blanca alborotó el espejo como pedito de sirena, plash. “El sinóptico, hombre”. La cita completa, ‘sufficit diei malitia sua’, o sea que cada día lleva lo suyo, y lo cargues más, le recordó también la retahíla de trucos, escuela del vienés. “Como la rosa, no la toques más”. “Todo el mundo lee también mal ese verso”. “¿Es un verso? ¡Qué cursi!”. Me rasuró la doble faz y se aseguró de que dormían Dimas y el otro. Antes de bajar de la cruz apañó lo del eclipse. “Y ahora, a descansar, que son tres días”, susurró.

LABOR

¿Y qué vas a hacer, dime, si de lo que hagas a nadie quisieras rendir cuentas? Porque de eso, poco más o menos, todo se trata”. Comprendió M. que más allá iba la pregunta. También a él le preocupaba no saberse siquiera cincuenta por ciento, que era a la postre balanza de lo correcto, según política. Pero se esponjó el ánimo y dijo: “Se me da una higa lo que pueda hacer y lo que de ello digan, si es lo que quiero”. Según desgranaba la frase, sus granos perdían el agua henchida de la fruta fresca y con ella la seguridad en la afirmación; y M. comenzó a resbalarse hacia el cauce del río, deslizándose por una laxe húmeda. “Pero qué infeliz, a estas alturas aún”. Meneaba la testa, negando lo que aducía, y eso era lo malo, y llegó lo peor, añadiendo. “Falsa es la certeza de quien está solo, porque no puede contrastarla. Y si, como dice el Libro, se cae…”. M. ya estaba harto, y veía colores difusos en un poniente de oro, así que espoleó la tarde, sobre la que ya hacía un rato montaba, como un adalid desabrido. “Más vale estar solo que mal acompañado. Y dichos hay para todas las suertes, como Jano y sus crucetas. Adiós”. Cuando se volvía a saludar no vio a nadie en el camino.

VARIA

Era un calor seco dentro de sí mismo, de modo que absorbía cualquier resto de humedad, y no quedaba más que un estupor de hornos para respirarse. Y eso hacían, deglutir el aire, o intentarlo, como peces en la orilla envueltos en el sudario de la espuma, flecos de ola inquieta inconstante constante quieta. “El caso es sentir”, dijo M., y se buscaba porque sabía que estaba perdido.

VARIA1

Salió a la tarde para hacer su estadística. “No puede ser –decía- algo está mal”. Buscó la mirada una y otra vez. Una, muy fugaz, le sobresaltó un instante, falsamente, porque apenas supo resbalar en ese canal invisible que transporta los mensajes. Inquieto, M. arrugó el ceño y ese gesto se reflejaba en los cristales del mobiliario urbano rebotando hacia las rejillas el Metro, que rugía.

VARIA2

Le habían dicho: “Cuando llegue, lo sabréis”. Y hasta entonces, en algunos momentos, creyó que estaba llegando. Movieron la cabeza, comprensivos. “No puedes confundirlo con nada. Ninguna otra cosa es lo que es”. Su intuición le avisaba, sin embargo, desde el mástil, una voz inquieta. Ellos mientras jugaban con extrañas cartas marcadas, sin apenas levantar los ojos brillantes del tapete. Cuando se hizo el silencio, todos se pararon en un gesto común y se miraron. Se asomó al horizonte. Era una creciente forma gris que avanzaba engullendo el universo. “Ahí lo tienes”, dijo el cabecilla tendiéndole la mano. En su palma, surcada por unas líneas profundas, nadaba un estilete de oro. La brisa espesaba una distancia nueva entre ellos, y pronto la niebla se metió en la mirada, como si brotara del interior, una fuente de nubes. Sintió la agitada presión del pecho y cerró los puños conjurando su miedo. “No le temas. Es la única forma de vencerle”. “De combatirlo al menos”, pensó, relajándose. Tomó el estilete y punzó levemente la corteza del abedul. Savia inquieta brotó, una gota densa. “La vida”, asentía, abriendo los brazos y dejando que el tiempo le cubriese por completo.

PHOENICIA

El catalán mantenía los ojos en su interlocutor mientras explicaba el dossier. Gráficos bicolores esmaltaban las hojas marfileñas, bien cuidadas, que enceraban el secreto. “Una inversión amortizable rápidamente”, advertía, siempre atento a la marea. M. también observaba, y las paredes le devolvían su silencio vestido de los trajes nuevos del emperador.

ATICO

La gran terraza del ático seguía en calma. M. recordaba los contrastes de las fiestas recientes, bajo una luna de mayo. Aquella tarde se fijó aún más y el detalle de las persianas bajadas exactamente igual que el día anterior, y el otro, le habló de la realidad, que rechazaba. Se había ido. Fugaz como su última mirada, la habitante del Jardín había consumado su tránsito, devorando una vez más la porción voyeur del alma de M., que sintió el ácido. Le subió hasta la nuez y allí se detuvo, aguardando como un ascensor varado.

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