Micro-relatos. (Foelix, Parque, Metáfora).

FOELIX

Estaba descubriendo algo, y eso ya era importante, la lucidez de saberlo, la claridad de juicio para discernir que era nuevo –que él, M., lo sentía como nuevo, lo cual, para el caso, era lo mismo- y que era importante, y esas tres o cuatro ideas o esos tres o cuatro conceptos o cualidades del concepto o conjunto calificable, o montón de mierda, le hacía un poco feliz. Y lo que descubría era, sobre todo, que dormía mejor si no se dejaba vencer por el sueño, jodía mejor si no le pillaba el asunto con un exceso de confianza o de necesidad, un punto tranquilo, sobradillo o así, pensaba mejor si no estaba ya harto de intentarlo o cansado de hacer algo aunque no fuera pensar, cosa por otra parte cansada de por sí. También descubría lo difícil que era acatar sumisamente las órdenes de su inconsciente, de su conciencia inconsciente o lo que fuera, eso que le hacía descubrir lo mejor, un imperativo técnico que sin embargo no se cumplía de facto, porque invariablemente se cansaba antes de actuar y se acostaba cansado y de lo demás ni hablemos, y recordó a Cicerón cuando dijo eso de ‘video melliora proboque, deteriora sequor’ pero también a Erasmo, y se perdonaba, ‘sunt enim delicia quipus ignovisse velimus’. Amén.

PARQUE

Lo que me molesta sobre todo –aunque es algo más que molestar, tal vez inquietar o…- es que venga cuando quiera, y no cuando yo lo pida”. “Así es la muerte”, contestó M. Estaban sentados en un banco, con unas hojas de periódico sobre los muslos, tapando los flacos muslos que parecían postecillos gemelos vestidos de gris oscuro. Hablaban sin mirarse, hablaban mirando al frente, un frente vacío con ojos vacíos, y el aire entre su horizonte y sus ojos era frágil, apenas existía, incapaz de sujetar las alas de una alondra. Por eso las palomas picoteaban entre sus pies, unos pies grandotes y deformados que habían dibujado en la piel negra cordilleras y valles y salientes que eran los juanetes y los callos y los huesos del empeine disparados hacia el tobillo, cosas así. Las palomas tampoco miraban a sus colegas, parecían ignorarse excepto cuando algún palomo perseguía a alguna hembra y entonces el iridiscente murmullo de su plumaje era sacudido por un vaivén amorfo, el baile torpe de un obeso. Había gente en el parque, gente y cosas y animales y algunas palabras que rebotaban en las farolas sucias y en los collares blancos de las nubes porque nadie las quería, ni siquiera M., que en aquel momento prefería estar solo, él , que había sido un gran coleccionista de palabras, sobre todo de esas que se pierden y buscan con ansia un lugar en el corazón de los seres del mundo. Pero M. estaba convencido de que sus palabras se estaban descomponiendo como una partida de carne en el congelador desconectado, y esa putrefacción empezaba a sentirla, un olor vago primero, luego profundo, un olor hacia adentro, que sólo M. sentía aunque los otros podían percibir sus efectos en los ojos de M., ya que al mirarlos veían un pozo, una pupila hueca que entraba en las simas del alma, si es que puede llamarse así, o en la oquedad sin fondo del cuerpo que encierra los pensamientos y el azar, el caso es que al mirar a M. los otros no podía reflejar su mirada en la mirada de M., y eso les desazonaba aunque no sabían por qué.

Sucede cuando no importas a nadie, sucede cuando no interesa a nadie quién o qué o cómo eres, sucede cuando lo que haces está sujeto por un argolla a una bola de hierro que arrastra un fantasma, o a un bloque de cemento que te arrastra a ti hasta el fondo de ese mar que crece en la laringe, y que es un inmenso lodazal de esputos, y eso es lo que ven en ti, un puto viejo que tose, no un puto joven carcamal que se droga o se masturba o jode, sucede…”. M. giró la cabeza lo suficiente para ver que ya estaba solo en el banco.

METÁFORA

Había pasado mucho tiempo pero al fin M. estaba seguro. M. era lento, quizás demasiado, con esa torpeza que define una cierta tara, el retraso en la concreción de la percepción –porque M. percibía celeriter pero comprendía tarditer- y que en los tests – sobre todo en los manchurrones de Rotschard- era definido como algo subnormal, una subnormalidad estadístico-tabulada, que definía la normo-tabulación conforme a criterios del definidor, en fin. Pero a M. esa rémora en los élitros, el peso en las escamas, ese cansancio de los huesos, los párpados de plomo, etcétera, le preocupaban sólo hasta cierto punto y de cuando en cuando, cuando sobre todo le decían oral o puntualmente que estorbaba, y M. sufría porque no sabía donde meterse ni qué hacer o no hacer, y sus ojos se achicaban y aunque ya habían perdido su brillo –lo mismo que la expresión de su cara había perdido su ángulo optimista y a veces irónico, como el vuelo demorado de un azor- se secaban aún más, en esa pugna de la arena con los restos baldíos de unas matas tenaces y torcaces, sí. En ese tiempo, M. buscó la metáfora, y en su búsqueda halló metáforas como alientos y como gotas de lluvia, que se pegaban al parabrisas junto con el polvillo del aire, y ya se quedaban quietas allí, en un refugio insólito de sus moléculas, en el vacío y la intemperie, albergadora de intemperies y de vacíos. Aquel día M. supo que nunca encontraría la metáfora que no había sido escrita o descrita o pensada, y entonces dejó de buscarla, pero tuvo la ocurrencia de mirar su vida y se le ocurrió hacer de ella, de la vida, una metáfora. De repente pensó en la etimología, y no estuvo seguro, y se derrumbó. Porque la vida en la metáfora o la metáfora en la vida o la metáfora de la vida o su vida en metáfora –que es lo mismo, pero no es lo mismo- dependía del origen y del significado prístino y puro y originario, por tanto, y no de una invención o una convención o un pacto y mucho, muchísimo menos, de la ley. M. no estaba de acuerdo, siquiera, en las regulaciones que genios del color como Vasily Kandinsky hacían del arte y menos aún de su encasillamiento en reglas que absorben la materia y el espíritu, y M. creía más en la volátil metáfora de los números que en su concepto cerrado y matemático, aunque éste también se abría a un cataclismo y un alto acantilado donde crecían los nidos profundos de Seagull. Así pues nada iba a serenar la inquieta vigilia de M., ni siquiera la lectura, que encubría términos y conceptos y obras guardados en el seno de la tinta y del mar cuyas olas no iban y venían en la dirección programada por la física sino hacia lo alto y hacia abajo, como melenas enmarañadas y sueltas a la vez, quizás.

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