Micro-relatos. (Exodus, Finde, Cum, Sésamo, Bulevar, Betanomancia)

EXODUS

El Presidente del Tribunal entregó a M. un sobre, que supuestamente rotulado con su nombre, contenía las piezas maestras de su destino. M. cerró los ojos, intentando recordar a qué se referían los teólogos, quizá también los filósofos sobre todo metafísicos o incluso plotinianos, cuando mencionaban el albedrío. ‘Libre albedrío’ precisaban, anteponiendo ese adjetivo de serpiente que se desliza entre dos espejos a la palabra mágica. ‘Unívoca’, dedujo M., entreabriendo los ojos, alejándose del estrado, hacia las bambalinas reservadas a las élites. En este caso la élite venía marcada por el conocimiento formal y material de la farándula, las tramoyas que incendiaban cada tarde los sueños inquietos del pueblo. ‘Lo que quería decir Hamlet era eso, que se es y no se es al mismo tiempo cualquier cosa. Como del pueblo y ajeno al pueblo, pero se escribió en inglés; de hacerse en alemán se entendería mejor: Herrenvolk, qué hallazgo’. Al salir aún amanecía. Larga noche, concentrado de ave con pimientos, zumo de hortensias.’Cualquier día se me va a indigestar la preceptiva’, comentó a una cimbreante farola, restos del naufragio. Le recordaba la calle del chien andalou o el poste fetiche de mon oncle. Sacudió el sobre, y su contenido cantaba, una sirena algo desafinada, un sordo Ulises. ‘Ya sabía yo que de una u otra forma se puede elegir el destino. Eso es una paradoja, y no las Aporías de Zenón’. La calzada descendía hacia un abismo que escalaban miles de cabezas, tocadas muchas con anchos sombreros grises. Una turbamulta le rodeó enseguida, y hubo de subirse al patinete salvador de un escolar. Había colgado su vetusto aro metálico del manillar, y parecía conducir un Jaguar S Type, de tan feliz. “¿Dónde vamos, señor?”. M. le miró, y estuvo a punto de caerse -el chico le sujetó con reflejos de delfín- cuando se reconoció en aquellos rasgos que le sonreían. El niño aguardaba, un tanto fruncido el ceño, como un taxista novel. “Sigue hacia delante”, se oyó decir. “Marchando hacia el exilio”, gorjeó una voz fresca, que había olvidado. M. miró el sobre, pero fue sólo un segundo, antes de tirarlo.

FINDE

Después de la fiesta, M. se sintió, una vez más, como el paisaje desolado que busca su propia memoria, sin esperanza. “Y encima sin follar. Cada vez tengo menos ganas”. Aquella ausencia de la líbido era también una sinergia del dolor, imaginad un gato negro atropellado, inmóvil casi, atropellado de nuevo, inmóvil ya excepto en los ojillos entreabiertos, atropellado una y otra vez, las ruedas negras sobre el asfalto negro, el gato negro ya parte de los negros neumáticos y el negro asfalto, pero vivo aún el dolor, como en el infierno. “Pérfidos ¿??’ jesuitas” –recordó M. las postrimerías y el recular jerárquico de la historia cuando los curas pierden público- “Pero a mí ya no me la dan. No puede inventarse nada peor que la resaca del espíritu. Cuando todo estalla en el centro de un mar podrido y hasta los peces huyen hacia el abismo, aplastados por los detritos del mundo”. Y encima el resfriado. Alguien se encargaba, en las llamadas fiestas del sábado, un Sabath de exceso que el hígado, el páncreas, la vesícula, el duodeno, nombres sin farsa, inteligentes cruces de laboratorio y mente, se encargarían de memorizar para siempre. M. deglutió las pastillas, y esperó el milagro de la química envuelta en sudor, con la manta o lo que fuese aplastándole, como si tuviera que soportar el peso de un buey muerto. La boca y sus laberintos hasta más debajo de la nuez rebullían de sustancias pastosas, amargas y profunda, adheridas a cada papila gustativa y envolventes, sin que la ablución, el gargajo pudieran expulsarlas, auqnue sí provocarle arcadas y una sequedad de hiel. Demasiadas horas en la cama – sólo tres visitas nocturnas al váter, entre prostático y bebido- le producían un espasmo lumbar, y la almohada amiga adormecía sus cascadas cervicales. M. echaba de menos algún problema serio que desviase su atención, un shock que le alejase de su cuerpo. Sólo le consolaba el silencio, pues el ambiente del mundo bombeaba en sus sienes, y los ruidos habituales parecían sumergidos en un estupor a punto de estallar e invadir hasta el menor espacio de sus sentidos. Sólo le consolaba esa tranquila ¿¿¿¿conspiración???? ,…hasta que se percató de que los ruidos le aguardaban, mirándole con la expresión sardónica de un maestro inteligente y malvado, tal vez un demonio de Tasmania joven, el peor de su familia, con los dientes de acero pulido y una gota de azogue resbalando por sus fauces.

CUM

La taza del inodoro aún conservaba olor cuando M. se sentó. Era su cuarto de baño, Rosa nunca lo usaba. Sin evacuar a trámite se levantó, llamándola. Estaba seguro de que no había nadie en la casa. Regresó al baño, encogiéndose de hombros, pero ya no le temblaba la barbilla levemente. No se había puesto el pantalón, así que se sentó de nuevo sin preámbulo. El calor persistía, ya más débil. Y entonces M. percibió el olor. Un aroma, un perfume, una mezcla sabia que no podía concretar si se alejaba por la puerta entreabierta o si estaba entrando o flotaba desleído en el aire e iba descendiendo lentamente, agarrado a las motitas de polvo gris.

SÉSAMO

De sus amigos, prefería M. al jesuita. Era el más joven, parecía el mayor y apenas hablaban el poco tiempo que pasaban juntos. “Como si estuviéramos jugando a ver quién se entiende mejor sin expresarlo”. “Sin expresarlo con palabras”, puntualizaba el otro, quizás mirando o gestuando suavemente, quizás. M. había aprendido de cada uno una cosa, o un grupo compacto de cosas que iba olvidando, o iba olvidando rememorar pero que sabía le impregnaban, como el alcohol que se evapora después de poseer el lienzo. Un algodón confuso, sin embargo. Por ejemplo, el Marista –cada cual procedía de una similar cultura, uno ingeniero, otro artista y el tercero abogado, pero era profesiones intercambiables- interpretaba la personalidad al estilo underground, pensaba que consistía en hacer lo que uno quisiera, cagar en el baño privado del anfitrión y no contestar ni hacer saludos. El Menesiano definía la personalidad como un ser en el mundo de Heideger pero en fino, cortés, conciliador y trascendente. Sus cabreos eran antológicos, eterno insatisfecho reprimido. El mixto –híbrido de instituto y curillita- aún no se había aclarado y ya llevaba tres o cuatro divorcios. “Me lo tomo tan en serio…”, justificaba cachazudamente, con ese aire ingenuo que le confería su esclavitud placentera. Cuando M. se encontraba en un aprieto, o sea casi siempre –si no lo estaba ya estaba a punto- M. les recordaba y recordaba aquellas palabras mágicas: ser lo más en cada momento, y aunque nunca le había dado resultado, pronunciarlas bastaba para abrir las rocas en la montaña. Allí, tras el ruido y la furia de los idiotas y sus labores, M. tenía su reposo.

BULEVAR

Las tres niñas en medio de la acera, consultando sus móviles. “Sandra, nuestra Sandra. Mi puta madre…”.Mensajes que suscitaban la hilaridad, taconeaban sus zapatos las baldosas grises, elegidas por un comité municipal de galácticos. “Coro de brujas”, pensó M., y admiró la espalda de la más cantarina, ungida por alguna fuente de hormonas. M. siguió por la vereda, cada vez más lejos de la fuente. En los cruces anchos de la ciudad se agolpaban sin descanso las manadas trashumantes de felinos a cuatro ruedas, contenedores de vigías insomnes. “Yo sé que el bosque de Virnam acabará moviéndose”, dijo entre dientes, algo pesimista ya. Todas las condiciones y cualquier condición, acaban cumpliéndose. Basta con inventarlas. “¿Aunque tú no lo veas?”. “Aunque nadie las vea”. El semáforo estaba en verde.

BETANOMANCIA

Diríase un temblor”. Así lo comentaba, porque al llegar a casa también la kentya parecía haberle saludado. “Un álamo, creo. Sacudió el pelaje, y no era el viento, cuando pasamos. Luego, el accidente”. Asentía el yerbero, moviendo entre sus dedos romos flores de manzanilla. M. prosiguió, como mirando el pasado. “Bajó la última rama, muy tenuemente, con un visaje casi imperceptible. Pero lo vimos”. Remachó el plural, haciéndolo veraz, por si el testimonio propio le pareciera muy solo al sanador. Los ojos de éste se estaban cubriendo ya con una gasilla dorada, aunque M. creía que su

visión estaba más profunda que el iris. Brillaba con luz circular ahora en el tibio quinqué, y el gran castaño hablaba con el crepúsculo. M. supo que estaban comentándolo, que uno más, y no eran muchos, uno más había recibido el mensaje. La noche arropaba suavemente los altos valles de la Alpujarra.

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