Micro-relatos. (Cráneo, Retro).

CRÁNEO

Mirando a sus ojos, M. le preguntó si había algún individuo sano. El acupuntor vaciló antes de clavar la aguja en el lóbulo de la oreja izquierda. Con los dedos índice y pulgar de su mano derecha movió varias veces a izquierda y derecha la cabecita de la aguja. “Enrosca, desenrosca, todo queda igual”. M. repitió la pregunta, con estrambote. “¿No será que cada bicho viviente tiene algo que no funciona? ¿No será que buscar la normalidad sea un contrasentido porque lo normal es tener algo anormal, y eso considerando el término en su sentido convencional, claro”. El craneopuntor puso en marcha la máquina de los electrodos y M. sintió un cosquilleo que iba recorriendo su cabeza. “Por ejemplo, si yo tengo una neuropatía, o sea que mis nervios están de punta y usted me los aplaca, ¿está volviéndome normal o todo lo contrario? ¿Recuerda usted a Jack Nicholson en ‘El nido del cuco’”? El técnico se desprendió de sus guantes de látex. “Alguien voló sobre el nido del cuco”, precisó. A M. esto le pareció surrealista. Se preocupaba de una concreción obvia, tildándole tácitamente de ignorante, cuando sólo había sido puntual, bastaba una referencia y no la cita completa de se largo título. Inmediatamente desconfió. Desconfió del hombre –se había dejado vencer por la esperanza, que es una virtud débil cuando le hablaron de aquel tratamiento para sus migrañas- y al desconfiar del hombre desconfió de cuanto hacía o decía o pensaba. Lo que pensaba estaba bien detallado en su entrecejo, un simulacro de bondad o de paciencia, virtudes escasamente productivas, aunque apreciables por sí mismas, ya que nunca eran comprendidas, pero en este caso falsas, como la inducción de protones que emanaba de aquel artilugio elemental. M. respiró hondo y decidió terminar la sesión sin escándalo. Decidió pagar la sesión falsa al falso taumaturgo, y luego pasaría lentamente por la salita de espera mirando los ojos vacíos de los enfermos, les vaciaría aún más la mirada hasta que encontrasen, en el fondo de la mente, la respuesta, y esa revelación, de la que él iba a ser un instrumento –y el mercader de frenopáticos ni se lo olía, tan valido de sí y su negocio de ánimas- iba a ser el comienzo del fin. El fin para los vendedores de normalidad, el fin para los sanadores del alma, ateos como su ignorancia porque el diablo ¡claro es! sí cree en Dios, ‘vaya que sí! y se empeña con gran inteligencia en hacernos creer lo contrario.

RETRO

Con el sabor del caqui recuperaba M. una memoria agridulce, más bien remotamente agria, más bien triste porque era ya una memoria lejana, un irrecuperable dolor que se actualiza. Y eso que aquella fruta de supermercado no tenía nada que ver, pero nada que ver, con el salvaje y dulcísimo fruto de su huerto, con aquel menudo y delicado fruto que mecía su abuelo entre las manos y le entregaba luego solemnemente como si le entregase un testigo o un báculo o un cetro o quizás una vida reciente. Tal vez, pensó M., tal vez eso, precisamente eso, el contraste y la decepcionante soledad de aquel sabor neutro en la cocina solitaria, habitada por una noche en la que unos sordos motores zumbaban en las catacumbas blancas, eso había sido el detonante de su tristeza, que al fin y al cabo esperaba porque le sostenía como un espinazo diabólico, y M. sabía que era parte de su cuerpo, habitado como aquella fría cocina del Madrid alto y nuevo, o casi nuevo y casi alto Madrid, habitado por un tiempo intemporal al que regresaba siempre para saborear el amargo sabor de su propia boca, y él, M., sabía también que ese amargor venía de dentro, de su vesícula o de su hígado o de su intestino o de su cerebro, y que nunca iba a abandonarle.

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