Micro-relatos. (Encuentro, Fórmula, Escaque, Landscape, Alcázar, Zen, Destino, VCO, Psicoanálisis, Tacto, Infernum, Vissio).

ENCUENTRO

La mujer de las palomas”. Frunció el ceño, ausente. “Cuando la veas; siempre hay una esperando”. M. comprendió que esa era la llave de la noche y pulsó su aliento un segundo antes de que escapara. “Así” –le dijo al extraño- “Rápido y lento como el áspid”. Sonaba a fanfarria, a boato, y M. se había hecho ya un sujeto sencillo. Le incomodaba incluso la danza verde de los abedules. En la oscuridad el cabello reflejaba una alfombra de cristal, sujeta por sus cuatro vértices al techo del mundo. “Matriz, el ocho, infinito, EMc2, siempre es igual. La anciana dará de comer a las palomas”. “Y espera”, asintió M., con la lucidez del instinto. Sonrieron como dos vecinos amables que se cruzan. Enseguida uno de ellos notó cómo se cerraban sus párpados. “Nictitante”, susurró. “Es griego. Un cóctel de malvasía”. La puerta seguía cerrada.

FÓRMULA

M. escuchaba atentamente. La galaxia emitió un sonido, que era algo más que la suma de las esferas. “Una música espiral, la voz del gran silencio”. Pitágoras introdujo la Visa en el cajero. “A esto hemos llegado”, susurró, algo triste. Caminaron juntos por las calles mojadas, jardín de asfalto. El riego formaba un puré parduzco que deglutían los frecuentes sumideros. “¿Una partidita?”. El ajedrez portátil estaba orlado por una marquetería arabesca y en uno de sus laterales por el escudo de Granada. “Pero sin fórmulas”, dijo M. sacando las fichas de madera. El águila bifronte se estremeció.

ESCAQUE

Es cuestión de avanzar”. El alfil montado observaba a M., algo displicente. “El único modo de vencer al rey”. “Y de transformarse”, respondió. “Viajando casi siempre en línea recta”. “Tú quieres ser la reina”, dijo el caballo piafando.

LANDSCAPE

Cesó la lluvia. M., llorando, no se dio cuenta.

ALCÁZAR

La nube había absorbido esa última luz húmeda que precede a la tormenta. En el curvo horizonte se formaba un pentagrama oscilante, y eran sus notas esféricas y grises. M. miró por la ventana. Dos águilas reales brotaron de las peñas lejanas, dibujando elipses y diagramas oscuros Tal vez no había sido buena idea alejarse de la villa, ese hormiguero de cortesanos y mendigos. “No ha bendecido Dios aún el reinado de S.M.”, farfulló, despectivo. En los estanques verdes se deslizaban los erguidos cisnes blancos. “Un juego, siempre, la vida. Ellos lo conocen bien”. Los canteros daban órdenes con sus gestos trabados de poleas y de herramienta. En la torre seguía cerrado el postigo de hierro y madera, cuyas rendijas albergaban el secreto de la soledad.

ZEN

Limpiarse bien el culo es un arte”. “¿Tanto?”. “Una forma de hablar: ya sabes, acertar, impulsar, recorrer”. “¿Simbólico? Esto del lenguaje…”. El maestro sonrió, una línea de dientes amarillos, ojos cerrados bajo las esféricas lentes. “¿Cómo harán esas monturas redondas?”. “Es el camino; dibujar los pensamientos”. M. aflojó la postura del loto. “Ah”.

DESTINO

El diablillo peleón había tendido hacia M. la ficha. “Mi cita con la vida”, pensó M. al asirla, quemándose las puntas de los dedos. Recordando sus años obsesos, recurrentes, firmó. “Salga el sol por Antequera”. Estaba soplando la tinta fresca el escribano, mirándole. “Que sea lo que Dios quiera”. La rimilla corruscó el billete, que saltó de las pezuñas como un resorte. “¿Pero es que no puedes evitar hacer ripios?”, le gritaba huidizo, sumamente cabreado. “¡Es mi destino…al nacer!”, encogió M. los hombros arrugando el ya quebrado entrecejo.

VCO

M. se volvió de nuevo. Buscaba la voz, había sentido que le llamaban. Fugaces, sombras y recuerdos, fugaces las respuestas de otros entre sí. M. sintió que le desconocían, sus miradas inexistentes –se hubiera conformado con tan poco, un soslayo gris- que él inventaba; y entonces sorbió el té de jazmín.

PSICOANÁLISIS

Sabrás por qué haces las cosas”. “¿Y por qué no las hago?”. Asintió la cabeza ovejuna. “También”. “¿Y por qué me pasa lo que me pasa?”. “¡Hombre, a tanto no se llega! Pero te conocerás mejor”. M. se envaró. “Será como predecir el tiempo. Para sacar o no el paraguas”. “Así es”. Alzándose, como aliviado, repuso. “No me interesa”. El experto insistía. “Tenemos una oferta. Los seis primeros meses, al cincuenta por ciento”. “Es cosa del material”. “¿El material?”. M. dibujó el aire. “Como ese anillo elástico. Haces figuras, lo deformas, pero siempre vuelve a su ser”. El otro se quitó las gafas. M. vio en sus pupilas el hormiguero.

TACTO

A M. no le importaban las mismas cosas. Cuando le hablaban, un sendero divergente se abría ante sus pies, y el camino se hacía múltiple y difuso. Entonces le rechinaban los dientes, y buscando a tientas en la oscuridad, lloraba. Era un sueño tenso, que iba agostándole los músculos, una maratón de ausencias en la que interminables pasos le llevaban ante sí mismo, de nuevo. Entonces surgía la pregunta, cómo va tu vida, y eso tampoco le importaba como a los demás. M. quería algo elemental, un viento, un fuego, una lágrima, una luz en la hierba, y no aquellos golpes de efecto en la piel del tigre, los argumentos del vidrio, la pupila secreta del minotauro. Buscaba de nuevo, antes de salir al mundo, en su interior, un palacio vacío. Y en las yemas de los dedos llevaba puesto el recuerdo.

INFERNUM

M. pecó de nuevo. Caía, menuda, la lluvia de un otoño inquieto. Tras los cristales, el mundo gris le miraba, agitando pausadamente un pañuelo de seda. Movió al compás de ese aire triste la cabeza y echó un fugaz vistazo al cielo. “Avísame con tiempo, para arrepentirme”.

VISSIO

Aquella noche, M. durmió de un tirón. Claro que fue una noche corta, como si le hubieran amputado el último o el primer tercio oscuro, como si al platelminto incoloro le hubiesen arrancado una porción de anillos. M. sabía que iban a regenerarse, y que había podido aún ser testigo de ello y recuperar la noche que faltaba o que el tiempo había engullido como un socavón de barro. Un primerizo sueño le situó ya en el centro del solar repleto de cadáveres metálicos. “Un taller clandestino”, regido por jóvenes mecánicos que le ponían años y le llamaban doctor, casi como grupúsculo de estudiantes en prácticas ambulando por los pasillos del Clínico con su maestro. Aquella noche durmió de un tirón aunque el tirón fuera leve, levísimo, y aún no había desaparecido del todo, al despertarse, la tristeza. Entonces escribió el billete (en un trozo de papel higiénico) que decía: ‘A veces en mi corteza aparecen grabados otros corazones que atraviesan nombres y pasos, pero eso no me hiere, nada puede ya herirme porque estoy muerto’. Luego hizo otro poemilla, que dedicó a la helada nocturna de los tejados –aunque sabía que ésta no iba a deshacerse más que con el tiempo y a su paso- y esta vez fue menos sincero, porque ya estaba casi despierto. ‘En la sombra que me refleja aparece otro, alguien que también

llora sin atreverse, porque sabe que sus lágrimas secarán la pobre raíz que le sostiene’. Movió la cabeza, insatisfecho, pues lo que quería decir era otra cosa, sólo que las palabras iban también por su cuenta y se burlaban de las riendas torpes que M., o lo que quedaba de M., que iba desapareciendo conforme avanzaba el día, colocaba alrededor de sus abiertas cerradas fauces grises.

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