Archive for 29 septiembre 2010

Huelga, Timo y salvación.

29 septiembre 2010

Los de Postal, o sea Correos -mayúsculas mayestáticas- ‘secundan masivamente la huelga’. Notición. Apenas se notará, tal y como funcionan…sin huelga.

Golpes en el pecho, abrir la glándula timo. Todo tiene su fundamento, incluso la cocina moderna. Pajín era pequeñita cuando lo del Gal, y mayorcita cuando habla de la Civil War, la única, la que va a usar el equipo de Follet en su próximo folletón. ¡Qué envidia!

O sea, que todo, casi todo, es un timo.

Los Sindicatos y el PSOE -ahora que ha desaparecido lo del izquierda desunida- son teologales. O sea, disponen de la visión salvífica, y Gómez el candidato ha exonerado de culpa a quienes pertenezcan a su Partido partido. Las izquierdas siempre han sido muy religiosas, porque tienen Bula, bula que les condona, con perdón, cualquier desperfecto histórico o personal. Lo del 34 ya lo han olvidado, y sus angelitos sobrevuelan los gulags de Stalin.

O sea, que van al Cielo cielo, así que no deben quejarse.

La tiara pontifica expande el cráneo, al estilo de los sacerdotes sumerios y los egipcios, imitadores de Nibiru. Nihil novum sub sole.

Las grullas van hacia el sur, incluso en medio del veranilo de San Miguel, que nos ha pillado en huelga general, como en el XIX, con piquetes y subvenciones. Los autónomos no podemos ponernos enfermos, ni ir a la huelga, excepto los diputados, por lo de las Autonomías.

Micro-relatos. Un minuto de felicidad.

27 septiembre 2010

Cada tarde abría los ojos un poco después de que el sol se ocultara. Entonces, apretando las manos, rezaba.

-Un minuto de felicidad para todos los niños del mundo.

Se hizo viejo, y no cambió nunca su ruego. Ni añadió nunca otra cosa. Tal vez le pareciera demasiado.

Aquella tarde el último rayo del sol golpeó sus pestañas como la aldaba de un pórtico antiguo. El anciano colocó la palma de su mano izquierda sobre el ombligo y la derecha sobre el corazón.

-Dos minutos de felicidad para todos los niños del mundo.

Y al día siguiente pidió ya tres minutos.

Al regresar a su casa, humilde y limpia como su espíritu, pensaba siempre lo mismo.

-¿Hasta cuando me dejarás? ¿Cuál será el límite de tiempo para la felicidad de los niños?

Dios le miraba, muy serio, moviendo la cabeza. ¿Por qué no se le habría ocurrido antes ese cambio en su oración?

Ni siquiera Él podía detener el tiempo de los hombres.

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 126

27 septiembre 2010

 

Albert cerró la puerta.

Los niños ya no le miraban. Aterrorizados, observaron cómo la habitación se quedaba a oscuras. Y en silencio. Se cogieron fuerte de las manos. Alex suspiró. Apoyaron las espalditas contra la pared.

-¿Cuándo vendrá a por nosotros,Tata?

Anita lloraba en silencio. De repente supo que era la hermana mayor. Su hermanito la necesitaba tanto que sentirlo le dolía.

-Pronto, mi niño. Duérmete un poquito.

Pero Alejandro sabía que tenían que estar despiertos. Muy despiertos. Como cuando mamá se echaba en la cama y miraba al techo, donde siempre buscaba cosas y luces. Tal vez el rastro de Peter Pan.

Para Anita el mundo se reducía ahora a cuidar de su hermano. Y a rezar. Rezar mucho para que, al salir, aún hubiera colores, aún no hubiera vencido Luzbel.

-Porque lo que quieren es quitar el color del mundo.

-¿Qué dices, tata?

Anita no se dio cuenta de que hablaba en voz alta. La oscuridad nunca es total, los ojos acaban captando una micra de luz. Y en ella un color.

-¿Sabes, Alex? Jugaremos a los sueños.

-Como el veo-veo.

-Sí, pero haciendo sueños que adivinamos luego, al despertar.

El niño la miró. No veía su cara, pero lo supo.

-No, tata. No vamos a jugar a los sueños. Vamos a hacer uno que salga y avise que estamos aquí. Un sueño que vuele y nos lleve lejos, donde Albert no nos encuentre nunca.

-Sí, mi niño. Eso haremos. Claro que sí.

Y cerró los ojos. A pesar de la oscuridad. Era la única forma de oír claramente la voz que salía de dentro, de ella misma. Y de todos los seres amigos que la habitaban. Era la verdad y la lucidez.

-Tata, ¿esto es yoga?

Anita abrió los ojos. Se acordó de cuando jugaban a las tinieblas. Papá le había enseñado un truco. Fuera de la habitación mantenía los ojos cerrados y así se acostumbraba a la oscuridad. ¡Claro! ¿Qué hacen los yoguis sino rezar? Como el maestro del SHIVA.

-Es como rezar.

-Ah.

-¿Qué hacen los que rezan sino meditar?

Anita se estaba haciendo mayor, como en las pelis de el niño que se agranda. Hablaba ya en voz alta, como la abuela.

Y entonces se acordó.

 

-Veni creator spiritus.

-¿Eso qué es?

-El secreto. Cuando no sabes qué hacer.

-Ah.

Esperaron, cogidos de la mano. Anita sabía que su hermano no aguantaría mucho. Pronto comenzaría a llorar, a gritar, a patalear, buscando un objeto en el que descargar su frustración. Ella sentía lo mismo, como si estuviera dentro del pequeño, pero ahora estaban solos. No era posible confiar en otro, sólo en ellos mismos, y sabía que por mucho que le costase, debía ser fuerte. Papá decía que lo único bueno de los cólicos es que sabes que se pasan. Pues eso.

Y aquel espíritu de la canción, ¿se estaría enterando de que le necesitaban?

Lo primero que vio Laura en el País de los Asombros

-o eso suponía- fue la sombra de un pájaro que saltaba sobre su cabeza. Cruzaba las ramas de un centenario árbol de hojas rojizas, que brillaban al sol. Pero la luz venía de dos puntos diferentes, y las sombras eran dobles, porque así eran los astros del día en aquella Tierra. Dos hermanos gemelos que parecían conducidos por un sólo auriga, cuyo carro ocupaba la mitad del cielo. Cantaban otros pájaros, había otros sonidos, algún ruido, un bosque cercano, el murmullo de un río, y sobre todo el aire, fresco y sedoso, que oía a jazmín. Laura pensó dos cosas: una, que podía quemarse la nariz y papá se enfadaría porque no se había puesto protección. Pero al fin y al cabo, era una situación excepcional, ¡qué sabía ella hacía pocos segundos! Y la otra, que no veía ni escuchaba el rumor de los insectos. Pero Laura sintió algo más. Un escalofrío que recorrió su pensamiento, más que su cuerpo. “Ya he estado aquí”, parecía decirle. Miró alrededor. No, no era eso. Era como si ese lugar la estuviese esperando. Como si estuviera vivo, la mirase y dijera: “Al fin está aquí. Has tardado mucho…”.

Lo segundo que vio fue la cruz. La cruz había caído como un peso muerto y desapareció en el suelo. Laura recordaba todo como si estuviera viendo una película.

-¿Dónde está? Necesito el colgante.

Y allí estaba, tendido en la hierba como una espiga de oro. Laura miró instintivamente alrededor. Buscaba la puerta.

-“Stargate” -susurró.

Ya no cabía la menor duda. El paso era real, y capaz de atraer la materia inerte, por sí misma. Pero, ¿a cuento de qué venía eso? Laura meditó un momento. Sabía que aquello podía dar resultado. Era como rezar, o como creer firmemente que algo funciona.

-Una prueba -dijo en voz alta. Era una prueba, pero hasta ahora no lo había comprendido.

Recogió la cruz. El cierre estaba intacto. Se la colgó del cuello y aún siguió mirando la talla diminuta unos instantes, como si esperase unas palabras de bienvenida. O de agradecimiento.

Poemas. El aire. La razón.

24 septiembre 2010

El aire es el alma de la Tierra.

En el aire húmedo, transpira

y revive.

———-

Soy demasiado…racional…

Pero es que, usar el corazón

¡me ha dado tan mala suerte!

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 125

23 septiembre 2010

Las prácticas en LA CORTE DE FORMACIÓN fueron intensas, y era curioso ver a los cuatro vestidos de alevines, como el disfraz de Spiderman de Alex, rojo y azul, de cuerpo entero, con el rostro semioculto, una máscara veneciana.

Lo que peor llevaban era la guas del director, BELIAL. Con la subdirectora, la mandamás, LETI, requetenieta de Lilith, la primera Eva, la cosa era mejor. ¡Al fin y al cabo su requeteabuela le había contado muchas historias, y eso tranquiliza a las bestias!

Les atendían íncubos y súcubos domésticos, limpios y educados. Pero a veces algo juguetones, sobre todo de noche. Como aquella en la que improvisaron una serenata.

-¡Es el cumple de SARI, el dragón verde de tía Lilith! Son veintemil justitos.

Pero los niños seguían protegidos. Sus ángeles sortearon con cierta dificultad los muros cortafuegos del sortilegio, ayudados, claro, por el grupo de serafines de ataque silencioso, que convencen a los diablos sin que se enteren. ¡Armas del cielo!

Y así fueron aprendiendo las artimañas del enemigo. Como los exorcistas. Como Don Matías.

Anita estaba muy animada.

-Lo que más me gusta es el ejercicio de puntería. Me recuerda el juego de los bolos de Alex, el que suena cuando tiras los tres con la pelota.

-Bueno, peque, hay una diferencia. En éste nosotros somos el tirador y la diana. ¡Como en los juegos de rol!

-¿Y eso qué es?

-Nada, los mayores que no saben qué inventar para hacerse la puñeta, aunque sea jugando, que ya es raro.

El repertorio era nutrido: mentir con menos palabras, refranes falsos, promesas incumplidas, contar fantasmas… Y gana siempre el más tramposo, porque en la corte de Luzbel el más fullero es el rey.

-Yo voy

-De eso, nada. Tú te quedas aquí, cuidando de Anita. -Miró el chalet de Albert-. ¡Cualquiera sabe qué puede pasar!

-¡Mira!

Anita había salido al patio. La luz de la habitación de Níobe se apagó de pronto.

-¡No hay tiempo que perder! ¡Me temo que va a pasar algo malo!

Las sombras cayeron como guerreros Ninja sobre ellos. Sintieron una presión en la garganta, como cuando se bucea y a uno se le acaba el aire, sólo que allí arriba la luz trae la esperanza y la alegría y la seguridad, y se aguanta, se aguanta, hasta salir, resoplando, agotado, a punto de reventar, y pronto se recupera y mira hacia el fondo, ese bello mundo hostil en el que a veces uno quisiera vivir, como si volviera a casa.

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 124

23 septiembre 2010

-¿Tú también eres de los Menesianos?

El otro le miró como si hubiera visto un oso panda bailando ‘el lago de los cisnes’.

-¡Alfonso!

-Vale, vale. ¡Ya me extrañaba! No nos conocen ni en Saint-Maló.

-Seguidme, por favor.

Había hablado, claro. ¿Qué esperaban? Y le siguieron, detrás del estandarte y detrás del paquete, pero sólo unos metros.

-¡Quietos ahí!

‘Lo que faltaba’ -pensó Laura al verle-. Porque era un viejo conocido.

-¡Belial!

-Mis queridos niños… -Dijo con su voz monótona y aceitosa-. ¡Ahora soy vuestro profe!

Les indicó el camino de regreso, en realidad unos pasos. Entraron de nuevo en el templo.

-¿Y esto de qué va?

-Lo que no entiendo es lo del otro. -Laura señaló al hombre del banderín. Está como fuera de lugar.

Pero no lo estaba. Entró tras ellos, y se acercó a la pared del fondo. Manipuló un resorte y se desplegó una pantalla blanca, que ocupó lo ancho de la sala. Luego, en la pared contraria, puso en marcha aun proyector.

-¡El cine! -Saltaron los peques.

Albert sonrió.

-¡Y qué peli vamos a ver! ¿Habéis oído hablar vosotros, los mayores, de los mensajes subliminales?

-¡Trampas para vender!

-Exactamente. ¿Y quién no las hace? ¿Conocéis algún triunfador o alguien que quiera serlo, que no sea un grandísimo tunante, un manipulador nato?

-¡La Escuela de desaprender! -Saltó Alfonso.

Albert soltó una carcajada.

-¡Y yo de Gorgoi! No, hombre. Eso está ya superado. Verás.

Empezó la proyección. Colores suaves, música tranquila imágenes agradables, todo era placentero, algo aburrido, y los niños comenzaron a amodorrarse, como mamá en los conciertos del Auditorio.

De repente un golpe de timbal les despertó. ¡Era un efecto tridimensional! Estaban ya en el séptimo infierno, que era un palacio en el centro de una selva hindú, por la que paseaba el león, serio y majestuoso, y donde el astuto tigre venteaba las presas en silencio.

Las imágenes les condujeron a un salón real, ante un trono de marfil, custodiado por diablesas vestidas de gala, con tridentes de plata que ocultaban el rayo azul.

-Aquí están.

Ante ellos desfilaron por cohortes, como las legiones romanas. Alevines, de uniforme azul y rojo, diablillos, con su casco gris, brillante como las perlas del Índico, demonios adolescentes y diablas de juventud, y los tres tipos de adultos cortesanos: satanillos, luzbélicos e infernálicos.

-¡Un remedo de los coros angélicos! -Laura buscó a Belial, pero no lo encontraba.

-¿Qué dices? -Alfonso no se enteraba bien.

Laura contó con los dedos.

-Ángeles, arcángeles, querubines, serafines, tronos, dominaciones y potestades. Los siete grados que alaban permanentemente a Dios.

-¿Y no se cansa? -Luzbel, saliendo de la nada, ocupó el trono. Parecía un modelo de Armani, un poco derrengado, al new stile. Con la mano derecha hizo el gesto: ‘Acercáos’.

Los niños estaban paralizados. ¿No era aquello una película?

-¡Vamos! ¡Sin miedo! ¡Es la hora del cambio! -Rió con ganas-. ¡Cualquiera puede creer lo que esté dispuesto a creer… ¡Y es tan fácil convenceros! -Movió la cabeza, como si asintiera a una declaración de principios, con los que estuviera plenamente identificado-. Es cuestión de tono, o de tiempo, o de… aliados.

No habían dado ni un paso. Antes de hacerlo, desde las galerías adyacentes fueron entrando en el gran salón docenas de sujetos, no todos humanos, o al menos no con la misma figura, vestidos con telas aparentemente metálicas, casi fluorescentes, y una diadema que lucía como las bombillas de las barbies de feria.

-¡Vaya horterada de desfile! -Susurró Alfonso.

Luzbel sonrió.

-Según como lo veas… Son -señaló las lucecitas- son diamantes de energía, una variedad…carísima, según vuestro ranking de nimiedades. Esas cosas por las que los humanos matan.

Les rodearon, danzando y cantando. ¿No era algo extraño? Enseguida comprendieron que la fórmula no podía ser otra. ¿Fórmula? ¡Sí! ¡Ya no se conquista con el miedo! Eso pensaba Laura mientras iba espontáneamente acompañando al coro. Pero siempre tiene que haber algo… que estropee la velada. En este caso, era la conciencia, porque debía tratarse de eso, un run-run que le decía: ¡No te fíes! ¡Esto es un camelo! ¡Te están manipulando!

Luzbel se había levantado. Y entonces Laura vio su capa. Grabada al fuego con el escudo de Hércules. Allí navegaba la Gorgona, Perseo combatiendo, las Medusas y Ker, una terrible serpiente a la que acosaban manadas de jabalíes y de leones, héroes muertos, centauros, caballos de pezuñas doradas, carros de guerra, diosas combatientes, los Inmortales, mar embravecido, olas de estaño, delfines de plata, sangre negra, las Tinieblas, el Tártaro. Siete puertas en siete murallas, jóvenes danzando al son de una flauta y de una lira, antorchas, mieses, uvas, y volvía el océano, y el monte sagrado de los dioses, y regresaba el mal, para hundirse en el fuego y el canto, todo dispuesto para el combate, vencedor y vencido al tiempo, porque era señor del tiempo.

-¡Vaya espectáculo! ¿Cómo lo hace? ¡Menudo truco!

Nunca lo supieron. Luzbel había elegido el símbolo del hijo de Zeus, el mayor de todos los dioses. Su protegido invencible.

-¿Veis? -Los diamantes de energía iluminaban multitud de puntos en la esfera-. Cada reino humano recibe un toque…mágico… sí, puede llamarse de ese modo…, y se hace…cómo decís…una sucursal. Luego proliferan, porque sois facilones: cada planeta, cada universidad, cada escuela… la dimensión importa poco. Las personas -señaló al conjunto de seres humanos, con distinta apariencia, que formaba la Corte- se compran. A veces simplemente por nada,por su ego, esa vanidad que resulta utilísima, y muy barata. Pero entrad, por favor.

-¡Pero si van a hacernos un test! ¡Como en el AULA DE LOS DESEOS!

-Es una especie de PIZARRA DE LA VERDAD.

-Sí, sí… Ya sé que os suena… Pero ahora viene lo mejor. ¡Lo otro era sólo para entrenaros un poco! ¿No os lo han dicho vuestros… amigos?

YOVI y EL HADA CONSEJERA bajaron la mirada.

-¡Claro! ¡Nadie puede resistir los encantos de Luzbel! ¿Vosotros sí, mis pequeñines?

Alejandro jugaba con la capa, cuyos personajes se movían lentamente, parecían escapar y regresaban al fondo de terciopelo.

-¡Así que sois unos traidores! -Laura estaba indignada. Resoplaba por la nariz, congestionándose a ojos vista.

-Tranqui, hermanita. -Susurró Alfonso a su oído-. No te sulfures. Lo mismo es un teatrillo.

No lo parecía.

Cuentos.l(Laura en el país de los asombros). 123

23 septiembre 2010

REGRESO A LA CORTE DE LUZBEL

La fortaleza se recortaba sobre el horizonte como una pegatina. Era el castillo de Howargs, en el centro de Zong-Kuo, justo donde se hacen más empinadas las montañas que sostienen los dientes del dragón, la Muralla que construyeron los primeros millones de voluntarios del gran Qing. Allí estaba, desde luego, el centro del mundo. Todo era centro, y ese medio venía siendo protegido por los antepasados, sólo celosos de los lejanos huesos hititas y sólo nostálgicos de los visigodos ignotos de los viejos campos góticos de Castilla. El dragón dormía, feliz, porque había perdido la memoria y estaba lentamente reconstruyendo su felicidad sólo con vivirla, pues la construía al pensarla, como otros edifican las palabras, el Pájaro Soñador, por ejemplo, que las contenía, sin otro mérito que ser casi perfecto. Como el vino de Berceo. Desde tan lejos que estaba a un tiro de piedra del primer trino del otoño, la Galaxia calculaba si el centro era el surco del torrente, la encina de mil años, el almenar de la muralla o esa mirada suave, rasgada como el trazo del sol, con que la sembradora de mijo acunaba el paisaje. Era todo lo mismo.

Anita resbaló, en un segundo ya estaba sentada en el lecho frío del arroyito.

-¡Pero niña! ¿Por qué no te has agarrado?

-¡Has sido tú! ¡Me has soltado a propósito!

Alex se dejó caer, deslizándose por un tobogán de granito, y el musgo de la piedra se le pegó a los pantalones.

-Estás decorado, Alejandro. Tienes un modelo muy original.

-¡Mirad!

Anita señalaba un punto en la base de la colina.

-No veo nada.

-Yo tampoco.

-¡Pero si está ahí! ¡Una puerta!

Laura y Alfonso bajaron a regañadientes.

-¿No estarás vacilando? ¿Quieres que nos empapemos también?

Miraron en la dirección que marcaba el dedito de Ana, como un puntero de ejecutivo en una presentación de power point.

¡Allí estaba! Un cruce en la montaña: el canal del deshielo, invisible entre la vegetación, y el arroyo cada vez más profundo. La cruz que formaban dejaba entrever un paso al fondo, como esos cendales de las cataratas que ocultan las cuevas del oso o del tesoro.

Una rana saltó al agua, croó con indolencia y siguió su ruta hacia el oeste, a través de la puerta, que así la había bautizado Anita.

No habían dado el primer paso cuando cambió la perspectiva. Ya no se veía la puerta. En su lugar iban apareciendo sendas escalonadas que se perdían en la cumbre.

-¡En fila! ¡No os separéis!

Avanzaban despacio, tocándose el cíngulo que les había regalado ADELPHI, cuyo tono morado destacaba como el emblema de un penitente. “Ese tacto os dará fuerza” -había dicho- y era verdad.

-¿Os dais cuenta?

-Noto algo raro. Pero no sé qué es.

-El calor. Según subimos, sube la temperatura. ¡Imposible en una montaña!

-Pues será imposible pero sucede. O sea, como decía Umbral.

-No estamos en el umbral -dijo. O quizás sí. ¿Por qué lo has dicho?

-Nada que ver… Pero… los genios siempre ayudan. Son como las oraciones. Los descreídos también rezan, aunque sea leyendo a Faulkner o viendo pelis cubanas.

-Bueno -Laura miró a Alex y Anita, que pasaban de la charla- el caso es que subimos y tenemos calor. Entramos en los jardines del infierno. Por cierto, tiene muy buen pinta… Es como el Caribe, con el sol quieto arriba, quemándote los pies y la cocorota, pero exótico y sudoroso, y si al final te acostumbras…

Alfonso resopló.

-Pues yo no. Ya estoy cansado. ¡Empiezo a echar de menos una brisita fresca!

Los peques se habían sentado en una roca plana.

-¡Cuidado, Anita!

Yovi dio un salto. Abrazó a los niños y cerró los ojos.

-¡Lleváoslos de aquí! ¡Mirad, es un ESQUIBEL! Un precipicio de espejo. Sólo se ve desde el oeste, justo donde yo estaba. Si no, refleja lo que tiene alrededor y quienes resbalan caen a un pozo sin fondo.

-¿Y cómo lo conoces?

-¡Yo ayudé a fabricarlos! En la MANSIÓN DE LUZBEL hice de todo. ¡Hasta sacaba a pasear a CÉFIRO, su cachorro de dragón negro. Le hizo un encantamiento de bonsai, y a los dos años dejó de crecer.

-¡Vaya! No sabía que a tu antiguo jefe se le ocurrían cosas buenas. ¡A muchos les gustaría ser siempre niños!

Yovi la miró con una expresión extraña.

-Lo hizo con gente. Y ahora son monstruos. No está permitido por la LEY UNIVERSAL, que tiene un solo principio: sólo Dios manipula la vida. El resto del universo puede intentar mejorarla, expandirla, controlarla… Y el castigo para quien emule los actos del creador es poder conseguirlo.

-¿Recuerdas el cuento de Oscar Wilde? Dorian Gray no envejecía… O eso creyó, hasta que lo hizo de repente.

-O ‘El mercader de Venecia’: sólo carne, nada de sangre… Bueno, Dios no obstaculizó su acción. Nunca lo hace, desde que le salieran las cosas tan raras en el Antiguo Testamento.

-¿Entonces?

Luzbel sabe que no lo ha conseguido. Quiere formar parte de Dios al margen de la naturaleza, de las dos naturalezas, y sólo ha conseguido la mitad. De vez en cuando se complace mirando el mal, que es su alimento. Pero también sufre. Sí. Porque sabe que la perfección le está prohibida… salvo que lo encuentre.

-¿Encontrar, qué?

-¡Pues ya lo sabéis! El secreto de la palabra que lo nombra, o el oráculo que le cita, no sé… Eso que vosotros estáis impidiendo que suceda, y que vamos descubriendo poco a poco. Esto es como un partido de fútbol, que se sabe cómo empieza pero no como termina, por mucha diferencia que haya entre los equipos y por muy comprado que esté el árbitro.

Anita abrió los ojos sorprendida.

-¿Los árbitros se compran? ¿Dónde? Mi primo Jose es árbitro, y no sé dónde lo han comprado, porque vive en Zurrual.

-Ciudad Real, mi niña. Y lo de comprar es… para entendernos.

Anita alzó los brazos.

-¡Pues si es para entenderos…! Ahora me explico que esteis siempre discutiendo, los mayores.

Yovi se fue incorporando lentamente. Parecía sonámbulo.

-Tengo vértigo.

-¡Vaya! Has sido muy valiente.

-No. Es que los ESCUDEROS DEL ALBA no podemos evitarlo. Nuestra misión es ayudar a los elegidos, y, bueno, a casi todo el mundo. Y está escrito en nuestros genes, como las hormigas que hacen un puente con sus cuerpos para que el hormiguero pueda cruzar el río.

Alex le tiró de la manga, ancha como en los antiguos kimonos.

-¡Ovi!

Señaló un hilo de agua, casi a sus pies. Un ejército de hormigas soportaba el paso de las demás entre las dos orillas. Cuando terminaron de cruzar, el río se llevó a las que habían sacrificado, por instinto, sin mérito ni reflexión, su vida por el conjunto.

-Así sucede con la Galaxia. La única excepción somos nosotros.

Los chicos no le preguntaron a quién se refería, porque ese ‘nosotros’ era cada vez más amplio, como si se le hubiera quedado corto el pronombre a una inmensa gramática de la vida.

Alex se quedó mirando. Los cuerpecillos oscuros iban desapareciendo, compactos y brillantes. Pájaros de pico verde planeaban sobre el arroyo y sin detenerse los engullían.

El pequeño suspiró.

Sobre el cielo, que comenzaba a poblarse de nubes, se recortaba, como en una sombra chinesca, el vuelo de un ave enorme, que parecía observarles. Planeaba con la elegancia de una danzarina de Bali y el poder del águila imperial.

-¡Ájaro onador! -señaló Alejandro.

-No, Alex. -Laura le abrazó por los hombros-. No es el pájaro soñador…

-El OJO DE LUZBEL. Utiliza distinta artimañas, todas muy teatrales. Le gusta… el histrionismo…. Creo que lo copió de un griego.

-Todo el mundo copia de los griegos… Hasta los americanos.

El Hada Consejera resbaló en una piedra húmeda. Estaba caliente, como si ocultase una fuente termal.

-¡Podíamos hacer un balneario!

-No me seas chusco, Alfonsito, que no está el horno para bollos.

-Oye, a propósito de refranes y cosas así, ¿cómo se dirá en inglés ‘hasta el rabo todo es toro’?

Yovi se volvió bruscamente.

-Qué quiere decir eso?

-Pues que nada puede darse por perdido… o por ganado, claro, hasta que termina.

Miraron al cielo. La rapaz chillaba, un sonido que recordó a Laura el grito de un FELAYM.

-¿Cuántos llevamos?

-Dos. Faltan cinco. Los peores.

-Siete Picos.

-Sí. Y la laguna de Peñalara….

Bueno, me lo ha recordado. Pero el siete ¿no es un número mágico? Digo, de los buenos.

-Eso depende de quien lo use y para qué. Fíjate en los siete pecados capitales.

-Por cierto, estamos en zona del cuatro y del ocho. Nefas y Fas. El cuatro es tabú, encierra la muerte y las cosas malas, y el ocho es la plenitud.

-Cuatro por dos. ¡Qué más da!

-Mirad, pero volvéos despacito, hacia la derecha.

Les observaban. Sin recato. Portadores del BASTÓN, que abría las rocas con un láser frío. Dos parejas, de cuerpo atlético, rostros afilados, como elfos del BOSQUE BLANCO. Parecían amistosos.

-Seguid avanzando. Tenemos que llegar al cinco.

-Esto parece ‘la OCA’ -dijo Alfonso-. Y movió hacia adelante su pie derecho.

El rayó quemó la mata justo donde había estado un segundo antes.

-Pues no tengo calcetines de repuesto. ¿Y ahora qué hacemos?

-A los peques no pueden hacerles daño. Y si estamos cerca, tampoco a los demás. Al meno eso creo.

El OJO DE LUZBEL había desaparecido. Parece que el seguimiento iba a hacerse por tierra. Pero ¿no sería más sencillo destruirles? Lo tenían fácil. Guerreros del MAL armados frente a unos niños y dos acompañantes, por muy valientes que fueran unos y muy poderosos -como GARDIANES DEL BIEN- que fueran otros. Además, los ÁNGELOI no podían interferir, excepto en casos de máxima gravedad o urgencia, y eso, probablemente, daría al traste con la misión. ¡Vaya lío! ¿O no lo era? ¿Había sido un ataque o una advertencia? ¿Era un juego? Luzbel el histrión quizás añoraba sus divertimentos con los Serafines, esos juguetones del cielo, que tanto criticaban los Tronos y las Potestades, tan serios y circunspectos, siempre cantando arias de Häendel en el trono de Dios. Había sido uno de ellos, y eso imprime carácter. Cuando se deja de ser niño, casi todo el mundo deja de serlo del todo y para siempre. Algunos se mantienen, un poquito, protegidos por su ángel, y cambian del todo sólo por fuera -con una chispita en la mirada, eso que incluso conservan algunos viejos, y les hace atractivos- pero la mayoría… ¿Han sido niños alguna vez? Esa maestra iracunda, ese padre pegón, ese adolescente pervertido, ese violador, o asesino, o quien se aprovecha de los pobres o de los débiles…. Todo eso pensaba Laura, y al final sonreía, porque recordaba algunas conversaciones -qué pocas- con papá.

-Perversos polimorfos. Así los llamaba el perverso Freud, que necesitaba un psiquiatra.

‘Aún no, todavía no’, se decía, casi hablando, mirándoles de reojo. Los otros callaban, iban ascendiendo, cada vez con más calor, un calor que no derretía la nieve, que sólo afectaba a la vida que contuviera un corazón humano. Porque con ello eran capaces de discernir el bien y el mal, y ese era el secreto que hasta Alex y Anita compartían, aunque ellos, tan pequeños, mucho menos aún, por eso estaban en la primavera, sentían una brisa suave, el letargo del mediodía en el monte, los zumbidos de las abejas alpinas, el crepitar de la hierba pisada que buscaba de nuevo la luz, con la fuerza de una savia reciente.

-¿Cuándo llegamos, tata?

-Ya pronto. Mira.

El quinto sendero, el quinto monte, estaba ya a un paso. Un templo surgía de la nieve, como esas iglesias ocultas en el claro de un bosque que algún día se construyeron en Siberia, cuyas paredes esconden un Pantócrator, una Virgencita con su Niño, la belleza del fresco en la pared, los iconos inamovibles ante quienes rezan los fugitivos y los extraviados.

El silencio era sobrecogedor. La temperatura deliciosa. Laura recordó esos pasajes del Marqués de Santillana, donde se citan sus amoríos en lugares placenteros, donde había aprendido que llamar vicioso era antes calificarlo de muy agradable y feliz, y cómo derivaba el sentido de las palabras, quizás porque las Academias -como los Colegios profesionales- sólo sirven para alimentar otra casta más de funcionarios.

La nave central, de techos altos y vigas en cruz, sostenían una bóveda de medio punto, por cuyos vitrales intactos se filtraba la luz azul del mediodía.

Se sentaron en unas banquetas de madera maciza, como si esperasen que en cualquier momento un pope o un obispo iniciara el rito del día, un día glorioso, una celebración rotunda.

¿O era otra cosa lo que esperaban, sin saberlo?

Por una ventana alta, semitapiada, asomó la cara larga de un habitante del bosque. Llevaba un paquete envuelto en trapos, que sostenía con una mano, y en la otra un palo, en cuyo extremo ondeaba un banderín triangular.

-¡Mi premio de balón tiro! -Alfonso le señaló con el dedo, al tiempo que se levantaba.

El hombrecillo desapareció y apareció un momento después en el portón. Parecía un fetiche en una convención de mendigos para elegir al líder de Monipodio.

Alfonso le abordó.

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 122

23 septiembre 2010

La abuela abrazó a mamá.

Mamá lloraba despacio, como esa lluvia que apenas se nota pero se siente, ya sabéis, casi,casi haciéndose parte de uno mismo, absorbiendo el aire próximo y dando a la vez un soplo de aliento, suave y fresco.

Mamá se había pasado la tarde temblando. Como cuando se tiene gripe, las fuerzas te abandonan y te parece que vas a morir, o algo peor, porque encima eres consciente de que eso, lo que sea, te supera y no puedes hacer nada, ni siquiera conformarte.

-Están sufriendo. Lo sé. Y me duele mucho, sobre todo por los pequeños. ¡No tiene que suceder así!

La abuela acunaba a mamá como cuando era niña. Tenía los ojos cerrados y estaba pálida. Respiraba despacio, un poco fatigada.

-No se lo plantean. Ellos lo soportan mejor, o de otra manera. ¡Lo que pasa es que se nos ha olvidado! A Dios gracias, por cierto. ¡Le debemos tanto a este programa de la naturaleza!

-¿Pero no dices que se lo debemos a Dios?

-Es lo mismo… en este caso. Dios habla a través de la razón, y de las cosas. ¡No pensarás que se pasa la eternidad haciendo Tablas para Moisés, y que luego las rompan!

Mamá se apartó suavemente de la abuela, como un koala abrazado a su madre que se va asomando por encima del hombre a curiosear, pero manteniendo el contacto protector. ¡Faltaría más!

-Tengo que decírselo a Anita. En el cuento de esta noche. Su felicidad no es la inocencia, sino el instinto de que están en un jardín que los mayores no sabemos apreciar. ¡Qué difícil es eso de la educación! Y eso que en casa siempre enseñamos jugando, como el abuelo.

A la abuela le tembló un poquito la voz.

-Pues díselo como siempre, como te salga, porque eso que cuentas es la flor del árbol que plantaste, y no la improvisación de un padre de la patria advenedizo. ¡Alicia en su País, Cenicienta en palacio, Peter en Nunca Jamás!

-¡Y Harry Potter en Grifindorf!

Cuentos. Laura en el país de los asombros. 121

22 septiembre 2010

Luzbel propuso la ejecución de su plan.

Se basaba en dos puntos, según explicó. Le gustaba eso de imitar a los políticos, por ejemplo, que explican las cosas para engañar a la gente.

-El todo es menor que la parte. La parte vence al todo… si se maneja adecuadamente. La locura precede y sigue a la razón. Y es más poderosa. La emoción es fuerte, y por eso debilita.

Los cuatro escuchaban con atención, casi como cuando acompañaban a la abuela a Misa. Alex no se enteraba de lo que se enteraban los demás, pero sí de cosas que los otros no comprendían.

-¿Es homeopático? -Alfonso estaba sardónico-. ¿El Diabloss es pura homeopatía?

-Querrás decir aporético, hombre. ¡Se ve que eres de ciencias! Y no hagas jueguecitos de palabras. No me gusta que tú también le llames el Boss, como a Bruce.

– Será para espantar el miedo… Y en las sesiones de la Asociación de parapsicología se habla siempre en ‘ía’, así que eso de aporético suena a menos griego.

Anita resopló.

-¡Pues yo no lo entiendo! Es como la primera vez que jugué a la Wii. ¡Es que no me enteraba de nada!

Alex tiró el abrigo al suelo. Laura le regañó. Alejandro puso cara de sorpresa. ¡No sabía que eso estuviera nada pero que nada mal!

-¿Y a qué viene eso de la parapsicología?

-¡Hombre! ¡Es que eso viene muy a pelo para hablar del diablo! A veces no es más que una neurosis, pero otras es el mal en estado puro. ¡Vaya paradoja!

-¡Alex! No te muevas tanto. ¡Se te va a caer el disfraz!

Para entrar en la ACADEMIA DEL MAL se había agenciado un disfraz de PORTADORES DE FUEGO. Era el único disfraz compatible con el bien.

No hizo falta. Los guardianes del escalón -una especie de paraíso en la sala de conferencias- llegaron enseguida. El olor a ángel les había delatado. Un olfateador de colmisable, que recordaba a esos tigres del paleolítico, babeba cerca.

-Está entrenado. Es un detector de droga, pero al revés.

-¿Cómo se pueden hacer las cosas al revés? -Preguntó Anita. Alex miraba fascinado a la bestia. Porque no sentía miedo. El bicho lo supo y reculó, dispuesto a hacer valer la justicia de su fuerza.

-¡Vade retro! -gritó Laura.

Pero era tarde: una red de hilos de araña oscura, tan irrompibles como el ciclo de los días cayó sobre ellos.

Los llevaron ante Luzbel, que aguardaba en el estrado, tamborileando sobre el atril con una garra de oso. Los niños le miraban asustados.

-¡Vaya! Este es un ejemplo magnífico del segundo punto: el bien sigue al mal como un cachorro a su madre. ¿Veis? Su angustia vence a su razón y a su fuerza. La amenaza supera su lógica. ¡Por eso se aceptan los chantajes! Porque se teme el aquí y no se piensa en el mañana.

Murmullos… Cierto desconcierto…

-¡El mundo entero es de cristal! ¡Frágil como una niña! Si un acelerador de partículas puede destruirlo, provocando antimateria, ¿qué no será si el caos viene provocado por la antimateria misma, el nuevo agujero negro que es la maldad?

¡Física pura! ¡Por eso funciona el reiki, y la hipnosis, y el yoga… Por la energía. ¡Tomad una sinapsis y habréis atravesado el universo! ¡Escanciad una copa de odio en su corazón y estallará como un big bang!

Se levantó BELFEGOR. Bramaba como un volcán joven. Y habló como Cicerón en las Catilinarias.

-¿Cuánto tiempo te aguantaremos, Luzbel? En otro tiempo quisiste ser Dios y te seguimos. Y tú no te conformas con el poder; quieres también su aceptación. ¡Quieres que te adoremos!

En la Sala se abrió el espacio como cuando un estilete raja la piel de un conejo. O de un león, porque el silencio rugía broncamente, y el vaho de la nariz del gran demonio, que tenía el rostro de una furia mitológica, era como una nube cenicienta, a punto de descargar azufre. Una lluvia seca y ácida que comenzaba a arder.

Pero no fue así. ¿Qué estaba pasando? Aquello no estaba en el guión, o el autor del guión lo cambiaba a su antojo.

Luzbel, en su deseo de parecerse a Dios estaba dispuesto a la magnanimidad. Una perversión teológica, pero así son las cosas. ¿Cómo se puede querer ser todopoderoso, eterno y todas esas cosas sin ser a la vez al menos por un momento bueno y justo?

-¡Sólo quien sufre puede reflejar emoción! Sólo el desequilibrio puede engendrar arte y riqueza. ¡Lo rutinario y lo normalito no merece la pena! ¡Puaf! Por eso la gente de ese mundo es tan manipulable… Cerdos de Epicuro, rebaños de Polifemo, ovejitas de la caridad, contribuyentes dóciles, ciudadanos orgullosos de ser pisoteados y exprimidos por una minoría, cuanto más inepta más prestigiada y admirada. ¡Puaf! ¡Y son el reflejo de Dios, según dicen! -Rió con ganas-. ¡Ya me gustaría a mí tenerlo tan fácil!

Miró a los niños. Se habían llevado aparte a Yovi y al hada. Adelfi y Lisa, ocultos bajo la capa de azufre, que tapaba el olor a ángel, seguían por algún lugar de la sala, muertos de miedo.

–¿Qué me decís de las consignas? -Se dirigió a sus feligreses, que ya daban muestras de impaciencia, y alguno asentían a las miradas de Belfegor. Alfonso hizo cálculo mental rápido: allí iba a pasar algo en pocos minutos, y ellos podrían pender la chispa-. ¡Les gustan tanto! Ponen siempre carteles, para darse a conocer, sí, porque eligen a gente que apenas conocen, y la eligen para que les dominen una temporada. ¡Eso debí inventarlo yo, pero lo hizo el otro, miex-jefe, el arcángel, un pringao con enchufe! Pero como lo hicieron ellos, pues está bien. Lo llaman democracia, y es más o menos como lo nuestro, porque a mí me conocéis y me queréis mucho todos, ¿verdad Belfegor?

Resonó un estallido en el aire, y un rayo blanco salió despedido de la frente de Luzbel, chocó violentamente contra el cuerpo de Belfegor y se hundió en sus entrañas a cámara lenta, como si quisiera poseerle. El diablo se miró despacio, puso las manos en el pecho y exhaló un profundo suspiro.

-¡Un alma! ¡Me ha lanzado un alma!

-¡Sí, amigo mío! ¡Y una bien elegida, para que te entretengas un tiempo con tu caterva de seguidores!

De los ángulos de la Sala brotaron al unísono cien arqueros negros, que asaetearon, con una precisión electrónica, a otros tantos demonios aquí y allá, entre la multitud. Se elevaron por el aire y fueron absorbidos por una enorme cavidad hueca, un globo opaco, donde se debatieron un instante y luego fueron cayendo, como el poso del café.

-¡Vaya con el filósofo! -susurró Laura-. ¡Es un depredador!

-¿Y qué esperabas? James Bond viste de Armani, pero es un asesino, por muy seductor que parezca. Y las buenas maneras del diablo son un señuelo, no lo olvides. ¡Ya pasó la época de asustar a la gente con monstruos! Ahora se la convence por las buenas, untando de azúcar las tostadas.

-Y con drogas, o alcohol, o sexo, o subvenciones, o liberticidio, que es la libertad falsa de hacer lo que conviene o gusta. ¡Pero te tienen enganchado! ¡Como los del nomenklator! Si opinas como ellos, o haces como ellos, eres guay, y si no… pues lo que toque, nazi, fascista, o lo que sea… Y te ponen un cordón sanitario, como si tuvieras la peste. ¡Vaya forma de aceptar lo que otros piensan!

-Como lo de ser generoso y solidario… Siempre que no te toquen lo tuyo, claro. Los únicos que reparten de verdad son los santos. Y de esos se burlan los progres.

-¡Guía para los momentos duros! -Se encogió de hombros-. Podría ser un título de esos manuales de autoayuda que tienen tanto éxito… ¡Aunque me gustaría saber cómo funcionan los autores!

-No seas mal pensado. ¡Cómo te gusta llevar la contraria!

-Soy un pecador. Por cierto, Luzbel cree en el pecado, y en la virtud. Sus seguidores andan un poco despistadillos con eso. ¡Creen que es ateo, como los guays de la progresía.

La sala se había mediovaciado. Pronto llegaría la batalla con los rebeldes, algo frecuente en la historia del infierno, que al fin y al cabo se parece mucho al planeta Tierra. Luzbel había tenido un momento de debilidad, y eso se paga. Siempre hay alguien esperando para hacer daño a quien se deja…

El gran Diablo se embozó en la capa, que destellaba como un artificio chino. Empuñó un cetro de oro y sonrió como un actor a quien acaban de dar el papel de su vida.

-¡Qué vulgar aceptar lo inamovible!

Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 120

22 septiembre 2010

EL TRIBUNAL

El río crecía por momentos, como si las cataratas bíblicas se hubieran reservado para la ocasión. Noé miraba desde su triclinio el espectáculo, un tanto mosqueado, porque mantenía el Guinnes de inundaciones, y eso le daba un prestigio fundamental en la partidita del domingo. Había cerrado la última con un seis doble, ante el asombro del mismísimo Jonás, que había soportado tres días la dispepsia de un cetáceo iracundo.

Luzbel se detuvo en el puente.

-Mi amo. El río no obedece. ¡Sigue creciendo!

El diablo rió a carcajadas.

-¡Llévalo al Tribunal!

Dicho y hecho. Las palabras del Boss hay que tomarlas al pie de la letra. En grandes cisternas recogen el agua embravecida y la hacen comparecer en la Sala del Juicio.

Una legión de DIAUXIS, diablos auxiliares, los zánganos de INFERI, sostenían, como atlantes, el embate del oleaje, contenido por vidrios gigantescos, anchos como la corriente del Gulf Stream.

-¡Vaya exageración!

-Es que soy un cronista andaluz, como Buñuel, que era de Calanda, o sea Teruel, una desparecida regiodad de Hispania. Ciudad-región de jamones y canciones.

El chambelán susurró al oído de Luzbel. No por discreción, sino por si acaso le molestaba el comentario.

-Ni siquiera tú puedes ordenar lo que va contra la naturaleza de las cosas.

-¡Que te lo has creído! -Dijo el fiscal, que había aguzado el oído como era su obligación-. Parecía un demonio de opereta, con los puños de terciopelo y bolillos de lino.

El agua se negó a responder. Apretó los carrillos y rompió el dique. Luzbel abrió un hueco en el suelo, como Zeus con la égida, y tras el rayo se coló el torrente. A lo largo del cauce brotaron granadas y nísperos, pero no limoneros o caquis. Tampoco magnolios, por ejemplo.

-Ya está.

Se levantó la sesión a golpes de martillete, gong contra el tablero de nogal español, negro como el alma de un pirata.

-¿Y esto es la justicia?

Laura resopló. Le habían pisado la pregunta, más retórica que otra cosa.

-No tengo ni idea. Algo he oído… Preguntaremos a la abuela… Algo dirán los libros… Supongo.

Miraron por todas partes. El público salía ordenadamente de la Sala de Audiencias, comentando en voz baja. Nadie hablaba del juicio, claro, porque iban allí para distraerse. Era un circo barato.

A Laura empezaba a angustiarle la escena. Se alzó de puntillas, porque le daba corte subirse a un banco, como un orate de ocasión. Recordó, de todas formas, el Hide Park Corner, y un señor con filacterias subido a un tambor que vociferaba acerca del juicio final.

-¡Vamos de leguleyos! -dijo Alfonso, que vestía un traje talar, con gorra redonda, de doctorcillo.

El aire se hizo espeso como las lentejas de mamá, pero olía bastante peor. Sintieron llegar la nube, y creyeron que iba a succionarlos. Laura gritó, y el grito se quedó a medias, entre el pensamiento y la garganta.

-¡Laura! ¡Despierta!

Caramba. Era de día, sí, pero no creas que mucho. Estaba nublado. El Escorial flotaba en el horizonte y hacía frío. Laura, sin embargo, estaba sudando y era una sensación desagradable, creedme.

-¿Dónde están todos?

-¿Todos? ¡Pues aquí! ¡Al menos todos los que estamos! ¡Vaya cosas dice! -Alfonso salió de la habitación refunfuñando. Ya conocía bien las pesadillas de su hermana. Necesitaba un poco de tiempo, porque Laura nunca sabía enseguida que estaba soñando.