Micro-relatos. (Camorra, Modern, Prostatic, War, Cursor, Cispejo, Remeber, Tradittore).

CAMORRA

Lo mejor son las putas”. M. observaba al potentado, que esgrimía un Cohibas de a palmo como un estilete. “Menos problemas, y, al final, más baratas”. El acólito asintió, eructando cococha a la cebolla. Madrid resucitaba después de las siestas obscenas del ferragosto, y las terrazas eran ya un incipiente hervidero. El prócer aventó un anillo de ceniza carísima, con epitelios de cubana. “Aquellos buenos tiempos del Riscal, o el Pigmalión… Cuando los vecinos no gritaban como horteras frente al D’Angelo… Hoy hay que hacérselo en los clubs de autopista”. M. asentía, tranquilo porque no iba a pagar la factura. De vez en cuando perdonaba la vida a los ricos y departía una sobremesa al Epulón, mientras uno de sus olvidados recuerdos zurcía los calcetines del tiempo. El maitre paga millón por su ático de lujo, que no es ni la sombra del de la pija Adams, señora de las espinilleras, y Madrid se harta de un vino ácido mientras va muriendo el mundo. “Los últimos artículos de fondo son una mierda. Enjuagues de ideología y de politimoñigos”. El kokotxo sacó los planos. “Aquí mismo. Es la salida natural de la Castellana”. En los despachos de los elegidos cambiaban el marco de fotos eternas, y la Cibeles bebía los vientos del sur. “Le hicieron una fiesta en Helen’s. Los viejos leones no deberían jubilarse”. “Ni morir”, dijo M., volviendo a por la factura, para el cómputo de gastos. Eran sus pequeñas venganzas. Por Príncipe de Vergara una niñata de bronce paseaba dos caniches, formando. M. saludó al menos peligroso, recordando que ya tenía barriguita. “Así se liga mejor, como le dijo Mari Espe al Umbral”, comentaba con su mejor sonrisa amarillenta. La chica sacó su pitillo, ralentizando el paso del verano.

MODERN

Yo uso los mejores zapatos, marca…; son los de…”. M. escuchaba los nombres y veía los rostros, debajo de las caras hendidas por la maquinaria del tiempo. “No hay niños ya”, pensó, mientras se rascaba el lobanillo. “Son las exequias del hombre feliz. Ahora ya tiene su camisa”.

PROSTATIC

M. pulsó el botón del ascensor. 13. La puerta comenzaba a cerrarse, impulsada por un dios benéfico cuando pareció la mano. Luego un brazo simiesco, seguido del homínido. “Llegué a tiempo”, decían sus dientes amarillos. M. cerró los ojos confiando en la soledad de los mártires. En su bajo vientre aleteaba un vencejo inquieto. “¿A qué piso va?” –quiso argüir al visitante sin que se percibieran sus miserias. “Espera”, contestó. “Viene una vecina”. M. golpeó la mandíbula del inepto en un Matrix reloaded, pero la risa cesárea persistía. Las tres paradas le agotaron. Abrió la blindada y se arrojó sobre la taza, ebrio. Una gota dulce resbaló por la cerámica, lágrima del Jabalón. M. recordó entonces la parálisis del mesentérico, memorias de sudaca famosillo, crisis del mal. Le hizo un verso nuevo: “Próstata, próstata impía, que ni queriendo miccionas, barragana que acojonas mi más señera hidalguía”. Abrió el grifo, rezando.

WAR

M. observó el bosque pálido de la estrella roja. “Ellos tenían más estilo”, pensó. Los otros.

CURSOR

¿Por qué estás triste?”. “Me paso la vida corrigiéndome”. “¿Por qué?”. “Para gustar a los demás. Me corrijo, y corrijo mis actos, para satisfacer a otros”. “Claro”, dijo M. “Por eso estás triste”.

CISPEJO

La cita es el espejo”, le pareció oír a M. en la conferencia. El sol se ponía, y Sthendal agitaba un vaso de absenta. “Ahora lo comprendo. La diferencia entre el bien y el mal. Como todo, cuestión de tiempo”. “Y de confianza, una virtud teologal”. “Te equivocas, eso es humanística”. El sol ocultó la sonrisa picarona del travesti. “Ya había notado yo algo raro”, disculpó M. El fin en blanco y negro. “Y ahora, ¿cómo voy a entusiasmarme?”, preguntaba la vida, cita en el espejo.

REMEMBER

Siempre me ha gustado la precisión”, recordó M. haciendo rodar la naranja sobre la mesa. Los demás niños le miraban absortos, una escena de Dickens.

Siempre me ha gustado la imprecisión”.

TRADITTORE

¿Vírgenes satisfechas? ¡Imposible! Contradictio in terminis, como lo del pensamiento navarro. Y no hay más nísperos”. M. releyó la frase de Ulises “iubilantium te virginum chorus excipiat”, y se mantuvo en sus trece, eso sí, trasladando a la memoria el recital de las frutas: ‘quien nísperos come y bebe cerveza, espárragos chupa y besa a una vieja, ni come ni bebe ni chupa ni besa’. “¡Vulgarismos!”, repitió el corrector estirándose los mostachos de galán caduco en blanco y negro. A M. le parecía que todos los papeles de las comedias americanas eran representados por un clon, sosias de sí, que era el mismo. Sólo que era subjuntivo y por ello benevolente: que te reciba, o algo así. Le había decepcionado tanto el politiqueo de su ídolo que cualquier paradoja se le antojaba obvia. “Otra mala traducción: ob viam ire, salir al encuentro, como Cristo ante la Magdalena, en el desayuno post mortem”. “Post resurrectionem, muchacho, post resurrectionem”. Al fin y al cabo aquello era italiano, ‘beati Toscani quipus vivere vivere est; beati Tudeschi quibus deus verus deus ferus est’. El tiempo descansaba en el seno de Abraham, travestido al uso, como el idioma. ¿Idioqué? Pánfilo, que todo lo quieres y todo gustas y así te huelen los pedos. Y el mar sin enterarse de que los diez mil han regresado.

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