Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 101

EL HACEDOR DE CANCIONES

El hombre llevaba con esfuerzo un paraguas enorme, abierto para cubrirse del sol, tal vez porque no era lo único que se traía entre manos, y es importante, cuando se sube una cuesta, calibrar bien lo que da uno de sí, para que no le pase lo que a aquel borrico, que a la mitad de la ascensión se paró y no hubo manera de arrancarlo a andar, hasta que le aligeraron la carga, que era tan excesiva como la ambición de los arrieros, siempre midiendo con varas extremas lo que se tercie, pequeñas para dar y largas para exigir. Mucho arrierito hay en el mundo, incluyendo en éste el país de los asombros, que no sabemos aún si forma parte del todo o es el todo de una parte-a lo mejor nunca nos lo dice quien lo sabe, si hay alguien que lo sepa- y en el camino los arrieros se encuentran, se saludan y se va cada cual por su lado, porque se recelan y estorban. Ahora pon otro sustantivo, de sustancia, donde dice arriero, y otra bestia, más o menos cultivada, donde dice burro, y ya puedes mirar por la ventana y observar cómo discurren los días del Señor.

Se detuvo, como la acémila, terciada ya la loma, secó el sudor, que corría por su frente y aguaba el bigotillo, suspiró como una novicia dos meses después de los votos, y tomó asiento sobre una peña que le pareció tan cómoda como el trono de un rey. O más. Luego se abrió el chaleco y extrajo, como los prestidigitadores que se llaman magos en esta parte, un conejo de la chistera. Digo un artilugio desplegable, de esos que caben en el cuenco de una mano, una mano un poco grandota, eso sí, y fue haciéndolo crecer como si lo inflara, como esas construcciones que van formándose según abres las hojas de los hermosos libros que las contienen, plegadas como la boca de un inquisidor.

-¿Y qué más pasó, HORUS?

Anita había hecho la pregunta porque el relator se había callado de repente, y no era, precisamente, su costumbre, ya que quienes le escuchaban solían obligarle a ello para descansar unos segundos.

-NUMIR, Anita. Te has empeñado en cambiarme el nombrecito…

-Es por el OJO. -Alfonso señaló el emblema que lucía en la coraza, una pupila de oro que lanzaba rayos, como el sol que todo lo ve, o algo así.

NUMIR, o bien HORUS se encogió de hombros.

-Bueno. Me toca ser dialogante, y eso es casi como ser dilógico, o ser dual, o…

-¡Vaya! -dijo Laura, interrumpiéndole-. Le diremos a Italo Calvino que te busque un mote, digo un título, bueno, que a ver cómo te llamamos, ya que eres tan…equívoco.

-Ese señor me suena. Escribe unos disparates tan bien traídos que uno se los cree y encima busca más, como los unicornios del rey Juan.

-Esa historia es una belleza… Fueron a buscarlo, y un Galán hizo la crónica.

A todo esto, el viejo oscuro -un negrazo algo talludito, para entendernos- terminó la colocación del artilugio, que resultó ser un piano, de media cola, eso sí, porque completo ya hubiera resultado ser un truco excesivo. Y comenzó a tocarlo con el estilo cálido de los buenos jazzistas. Sólo que su música era de swing. Y la letra, oh la letra, un paseo por el parque en calesa de mulas blancas, con claveles rojos en la cincha del bocado.

Lo más curioso era el coro.

-¿Dónde están las otras?

-Las voces. No hay nadie más. Lo hace él todo. Es CARMINO, el hacedor de canciones. Empezó con el gregoriano en un monasterio del siglo XII y…

Se detuvo un momento como para tomar impulso.

-Digo que él empezó en el siglo XII, en Silos o por ahí. Ha cambiado un poco, porque en New Orleans se aficionó a los sombreros grandes y las chaquetas de tweed. Pero sigue siendo el mismo Carmino de siempre.

Númir, Horus, hizo un gesto de comprensión que su corte de tertulianos aceptó como el final del discurso. Las canciones eran tan magníficas como divertidas, solemnes por su calidad, pero con esa forma informal que caracteriza la auténtica clase.

-¿No lo habíais visto antes? -Númir miró a YOVI.

-¡Pues claro! Bueno, no exactamente… Lo habíamos… oído… que es lo importante… O mejor dicho, lo inevitable. Porque su música está por todas partes, y cuando no suena es que se lleva dentro.

Númir asintió.

-Te entiendo… Es el lenguaje que enlaza. Lo aprendimos en la escuela de Daniel. Los ángeles antes sólo cantaban. ¡A Dios no se le podía hablar en prosa!

Laura sonrió.

-Eso me suena a comedie francaise, un pelín plagiada del arte español. O sea, el burgués que hablaba en prosa sin saberlo… ¡Querrás decir que simplemente no se le hablaba sino que se le cantaba!

Yovi miró a Númir como a un cómplice.

-La escuela de Daniel era muy severa en la aprehensión de los conceptos. Verás, es algo diferente a lo que estáis acostumbrados. ¿Puedes oír crecer la hierba? ¡Ya sé que conoces lo del león parlanchín! ¡Pero eso ya sale en Narnia, aunque exagerado!

Laura esperaba que Alfonso, o Yovi, o alguien, saliera al quite, porque ese toro la estaba arrinconando y no se sentía a gusto en el ruedo. Nadie hacía nada, así que se limitó a esperar.

-Todo era verso, verso libre, como decís, no era precisa la rima, o no de esa forma tan pesada que conocemos… Era más bien como los ritmos griegos, como las sílabas entonadas del latín, ¿no lo ves? Eso es música, la matemática del lenguaje, primero, y luego, el sonido del silencio. Cuando se une sale La Flauta mágica.

-O la coral de la Novena, o…

-Carmina burana. Una primita del maestro. Y un montón de piezas más, incluyendo las de Bernstein, o Porgy and Bess, o…

-¡No sigas! Sufficit. Esto no es un catálogo. Aunque parece un prospecto de diletantes sin pretensiones.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: