Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 100

SE DESVELA EL SECRETO DEL LIBRO

LAURA acariciaba las páginas del incunable. Parecía una niña con su primera muñeca entre lo brazos. DON MATÍAS la ayudó a sostenerlo.

-¿Pesa, eh? -Sonrió con esa carilla de conejo que reservaba para las grandes ocasiones-.Sí, porque contiene algo más que las grafías, que los miniados, que el pergamino. -Alzó el dedo, como en los Pantocrator de Bizancio, como si fuera a bendecir el mundo-. ¡Contiene la verdad! Ahí, escondida, oculta entre los pliegues de un infolio, en un punto, tal vez sobre la pupila de uno de los dragones que guardan la puerta del castillo -buscó hacia la mitad del libro- aquí, ¿ves?. Como Jorge, el cuidador de la bestia, que nunca peleó contra ella, sino la cabalgaba, jinete esotérico. Sí.

A Laura le pesaba, desde luego, pero los discursos del cura tampoco eran moco de pavo.

-El palimpsesto, suponemos, ese manuscrito del ángel, la fórmula secreta, no se puede leer sin un corazón limpio. Ellos -señaló los dibujos de seres extraños, algunos con forma de diablo, otros de animales o mezcla de humanos y plantas, como un sueño de El Bosco- lo ven en blanco. Y él -hizo un gesto con el pulgar- no ha podido desentrañar el misterio, y está muy, pero que muy -se echó una risita saltimbanqui- cabreado.

Laura miró a sus hermanos. Alex, ya tranquilo, esperaba sentado en un banco de coro, como un pequeño abad. Anita acariciaba un balaustre de metal dorado, llevándose, como de costumbre, la epidermis de los objetos con que tropezaba, para rociarse con ella los ojos y la boca. Eso que enfadaba tanto a mamá. Y Alfonso parecía meditar, mirando al techo, que se perdía como una ojiva gótica de Notre Dame. A Laura todo eso le parecía un ‘dejà vu’.

-Es el dedo de Dios.

Lo dijo sin pensar. Don Matías la miraba boquiabierto.

-¿Que has dicho?

-No es el ángel. Lo escribió directamente Él. Y Miguel Angel lo reflejó en la capilla Sixtina. Por eso se tocan, apenas, pero se tocan. Es la transferencia del conocimiento, el ser mismo del creador. ¡Por eso lo quiere Luzbel! ¡Es la puerta de la fascinación, a través de la cual se pasa al mismo Dios!

Alfonso se había acercado. Le brillaban los ojos.

-Muy teológico, hermanita. Pareces una iluminada, ¿sabes?

Laura callaba, como meditando en sus propias palabras, como si no las hubiera pronunciado ella o no fuera consciente de su significado.

-Y tu.. ¿sabes cómo se traduce todo eso? Porque al final es todo igual, una especie de acertijo.

Don Matías se interpuso entre Laura y su hermano. Había alzado su cruz de plata.

-¡Vade retro! -gritó. Se hizo un fogonazo y Alfonso cayó al suelo, mientras una sombra gris se alejaba flotando, con una especie de chillido. Anita se acercó.

-¡Parecía la sombra de Peter Pan! ¡Iba sola, sin su cuerpo!

El cura le acarició el cabello.

-No era Peter Pan, Anita. No, precisamente.

-¿Entonces? Gritaba como un búho que hubiera perdido su ratón.

Sonrieron, ayudando a Alfonso a levantarse.

-¿Qué ha pasado?

Laura cerró el libro. D. Matías lo colocó sobre el atril. Alex se había unido al grupo, y daba la mano a su tata Ana.

-Pues que te has descuidado un poco, digo yo, porque te has comido un sapo.

-Sin bromas, Laura. Es muy serio. Un intento de posesión ipso facto. Es muy rara, y más aún en este recinto. Se requiere un poder inmenso, y una voluntad por encima de todo, excepto de… -señaló la cruz de plata, que ahora lucía un rubí en la cruceta-. ¡Creo que era Luzbel!

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