Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 99

Era un espectáculo. Los seis de Albert

-ahora les pegaba más el gentilicio- les miraban, todos a todos, como en la magia del sueño de papá. Los cuatro hermanos, oponentes, con la pareja de Yovi y el Hada. A los pies. Aris y el cachorro de Tintín, que se movían el rabito. Y eso fue lo que alertó a Alejandro.

-¡Son amigos, mira!

Bueno. Los perros de ciertos amos son igualmente traidores. No hay que confiar demasiado, porque acaban pareciéndose. Pero en aquella ocasión, con ambos grupos escapando a toda pastilla de las fumarolas, cualquier tonto habría prescindido del odio un par de minutos.

¿Cualquiera?

Albert tenía bien tatuada en su alma la consigna del diablo. Él mismo era BELIAL. Y sus retoños, aunque hubieran querido, no podían escapar a su destino.

¿De ninguna manera?

Laura tendió la mano. La pequeña Niobe miró a Robert. Se escuchaban cercanos los pasos de un cuerpo enorme. O eran los latidos del mismísimo LUZBEL, cuyo corazón dormía en la CAJA DE LOS TRUENOS. La pequeña se soltó de Stella y dio un saltito. El vapor le salpicó la túnica roja ribeteada de negro. Le faltaba la capucha y el cestito. El lobo ya estaba cerca para engullir a la abuelita y a todo el bosque.

-Se ha abierto un hueco, una perturbación inversa. Pueden decidir -Alfonso pensaba rápido, no como en las prácticas de la Facultad-. No sé cuánto puede durar, es como una serotonina, puede haber rebote.

-¿Eso es un deporte? -Preguntó Anita.

Laura movió la cabeza, preocupada.

-Estamos al borde del caos y empezamos como siempre. ¡Sois incorregibles!

-Es el karma, Laurita… Nos busca para premiar o castigar, y lo recibimos con alegría, como en ‘Bienvenido mister Marshall ‘ a los americanos.

Por primera vez observaban un cambio evidente en los seis, en todos. Robert, Harald y Marcus tenían apretadas las mandíbulas, y se destacaban los maxilares germanos en sus caras aún adolescentes. Stella, Mirta y Niobe se miraban con un gesto de estupor, como si no hubieran esperado algo que, sin embargo, tenían ya demasiado cerca.

-Al fin y al cabo… son hijos del diablo.

-Como todos… No hay diferencia, y además ellos no tienen la culpa. -Pareció dudar, como si consultase una homilía sabática de Prada-. En principio, los niños son inocentes, es decir, culpables.

El ruido de la tierra, como una voz de dragones que despertasen, iba en aumento, Sólo que ahora acompañado de temblores y de calor. Una erupción volcánica, a eso se parecía…según los libros y la peli de Aladino, cuando el guardián de los tesoros cierra la puerta de la gruta. Que alberga la lámpara.

Laura dio un tirón a Niobe, arrancándola casi del brazo de su hermana.

-Esto parece todo un ‘déjà vu’…, -Suspiró-. Como cuando lees una novela moderna.

Alfonso llamó a Marcus con el gesto. El niño le dio la mano.

-No querrás que seamos originales, hermanita. Eso déjalo para Indiana, la próxima vez.

Ya quedaban frente a ellos dos parejas y en su grupo dos tríos. Un póker descubierto.

-¡Vamos! -gritó Anita-. Y salió corriendo con Alex, que trotaba como un potrillo.

De repente algo les detuvo. Una sombra gigantesca se hizo corpórea en segundos. La figura de LUZBEL, y a su lado BELIAL, que miraban de hito en hito a unos y otros, aún separados por un corto espacio, justo al borde de la sima.

-Bien -la voz del Boss parecía dulce y severa, como la de un catedrático de metafísica-. Ahí los tienes -señaló a los hijos de Albert-. ¿Son o no son tus retoños? -Rió, y su carcajada cambió los rasgos de su cara y la expresión del sucedáneo que le acompañaba-. ¡Habría que preguntarlo a su madre! Míos no son, te lo aseguro… Tuvimos… un ligero escarceo… sin llegar a nada… pero ella tenía fuerza, sí. Sus ojos nunca acababan, eran interminables como el odio de los FELAYM…

-Sí, amo… -Su voz, bien timbrada, sonaba algo balbuceante-. Lo son, a tu imagen, como ordenaste. -Esperó un momento, como si aguardara la reacción del diablo, o tal vez sopesando sus palabras. Bien sabía que su pensamiento era casi transparente para quien le dominaba-. Pero al fin y al cabo, son niños…también; diablillos -rió con una carcajada seca y corta- como dicen ellos, aludiendo, sin duda, a tu poder, porque te admiran. Tienes tantos seguidores como el otro, y más leales…

Luzbel amagó un gesto de sorpresa.

-¿Más leales? ¿Te refieres a ti mismo, por ejemplo?

-Desde luego. Sabes que yo lo doy todo por servirte. Todo.

-Lo sé, lo sé, amigo mío… Por eso he decidido pedirte algo.

Un silencio hosco se adueñó del recinto, que a pesar del fuego parecía enfriarse más y más. Los niños se habían ido retirando, lentamente, pero algo les retenía, un peso que aprisionaba sus piernas.

Belial, cada vez más diferente del Alert que conocían, se inclinó.

-Ellos -señaló al grupito de los cuatro que quedaban solos, los hijos mayores- se quedan. Tengo algunas vacantes en mi pequeña corte de… aprendices…

En ese momento Laura sintió como una liberación. Echó a correr, sabiendo que todos estaban sintiendo lo mismo. Anita pasó a su lado tirando de Alex como una exhalación. Alfonso y Marcus les seguían.

Perdieron de vista la capa púrpura y las sombras que el fuego acrecentaba, y no oyeron nada más. Sólo el crepitar de unos leños, o eso parecía, que se iban consumiendo, e imaginaron que era otra cosa: el rechinar de los dientes de Belial, o de Albert, que nada podía hacer ante los deseos de su amo y señor.

-¡A ver cómo se lo cuenta a Nely esta noche! -Saltó Alfonso.

Laura le miró como siempre que se pasaba.

-Seguro que lo sabe, tontorrón… Ya has visto que se llevan estupendamente…

Anita tendió la mano.

-¡Vamos, Níobe! ¡Salta!

Debajo rugía el mar de fuego. Luzbel había dispuesto bien sus trampas.

-¡No, déjame! -Miraba hacia atrás, con el temor de los niños a los mayores, que es el peor de todos cuando se siente de verdad.

-¡Tú eres buena! ¡Vamos! ¡Ven con nosotros!

El puente de piedra cedió justo en el último momento, como sucede en la películas. Sintieron el calor, el olor acre, los rugidos del fuego y de los inferi. Pero allí estaban, todos juntos. Parecía un milagro. Tal vez lo fuese -pensó Laura.

-¡Vaya susto! Pero ¿por qué nos habrá dejado marchar? ¡Y los otros cuatro se quedarán encerrados para siempre!

-Creo que no… Ya, ya… No me miréis así… Pero es que no puedo olvidar la mirada de Harald y MIRTA cuando les señaló ese… engendro… con el dedo. ¡Estaban aterrorizados!

-Yo no me dí cuenta… Bastante teníamos con lo nuestro. ¡A mí me daba más miedo el otro, sabiendo que es el vecino!

-¿Pero volverá? Quiero decir como vecino…

Los pequeños dormían plácidamente, con las cabecitas juntas. Alfonso se mordió el labio inferior. O sea que pensaba.

-Me pregunto cómo entraron por la puerta del seto… Está claro que no deberían haberlo hecho. Los retenían en la casa, como si su misión, por decirlo así, fuera pasar desapercibidos.

-Sí, crecer y aprender cómo funcionan las cosas y las personas, para luego…

-Aplicar la técnica del sectario, captador de incautos, entre los que sin duda estaríamos nosotros… ¿Recuerdas cómo nos daba penilla verles allí, detrás de los visillos, como queriendo jugar con nosotros?

-¡Vaya sorpresa! Aunque, pensándolo bien… ¡a lo mejor ellos también están sorprendidos! ¡Como cuando uno se entera de que la gente se muere!

Alfonso suspiró.

-Pues hay quien se comporta como si fuera a vivir eternamente. Vaya aburrimiento! ¿Te imaginas estar oyendo siempre la misma canción? Aunque sea Pretender, o Candles in the nigh o….

-Bueno, déjalo. Pareces un catálogo recitativo, y al final sólo vale una canción del lote, la que hace vender el disco… Oye, así somos nosotros, todos. Nos distinguimos por una sola cosa, algo nos hace diferentes, y en el resto… no valemos nada.

-¿Estás depre, hermanita?

Laura suspiró, un aliento rubio que se iba perdiendo hacia el sur.

-Reconozco que siento mucha nostalgia, algo que me debilita. Pero no lo identifico, no sé… Como si fuera un parásito, pero yo quisiera alimentarlo, o al menos no alejarme de él.

-Sí -Alfonso miraba a sus hermanitos, que jugaban con una raíz de ALLIBUSTRE PELÓN, la que se enreda como las hélices y despega, volando al modo de un boomerang- y vive por su cuenta, como si fuera tu huésped. Esas cosas no son raras, son los huecos del ser, o algo así, espacios que no podemos rellenar como si fuera un pastelillo de carne.

Laura se echó a reír.

-¿Te das cuenta de que parecemos dos adultos pesados, haciendo discursillos para una tertulia? ¡Basta de tópicos! Dejemos que la vida fluya…

-Pues eso es también un topicazo… Y es que no hay que plantearse si lo que dices o lo que piensas va a ser aplaudido, sino el bien que hace o la necesidad que tienes de ello.

-¡Vaya, Alfonsito! -dijo Laura-. Me estás sorprendiendo… Será que el País de los Asombros también cambiamos nosotros.

-Y ellos. -Señaló el lugar donde estaban ‘los Albert’, acurrucados y descansando.

LAS GEMELAS vieron el resplandor justo cuando Harald se metía por el seto. Sintieron que algo las devolvía a un lugar que no les era desconocido, pero donde no se encontraban a gusto, como si aún no les hubiera llegado el tiempo de volver.

Y eso era justo lo que pasaba.

Corrieron, con el corazón desbocado, hasta alcanzar la cima de un montecillo. Allí se sentaron contemplando la CIUDAD DE LUZBEL. Había tantos campanarios que más parecía una villa medieval clonada sobre sí misma hasta el horizonte. Torres que escavaban el cielo, hurgando entre las nubes bajas, cargadas de un gris luminoso como los paisajes de Van Gogh.

Al poco, fueron bajando, despacio, sin perder de vista el pináculo más elevado, que reventaba en una aguja oscura y brillante, como un rayo inverso teñido por la noche.

Las atraía. Eran dos objetos metálicos absorbidos por un imán poderoso, dos barquichuelos que se tragaba un remolino, y aún así mantenían su voluntad, como el águila que se sostiene sobre la catarata, jugando con todas sus fuerzas contra las corrientes de aire que el agua expulsa hacia lo alto, hundiendo su pico en la espuma, mostrando su fuerza ante el riesgo de la muerte.

Cuando llegaron, la luz del primer sol se había extinguido, y un reflejo dorado de su gemelo alumbraba el primer peldaño de una escalera de caracol. Subieron de la mano, rozando con los codos y los hombros las paredes y llegaron a una azotea donde palomas blancas zureaban inquietas. Una sombra gélida llegó en el mismo momento, una sombra que precedía la figura majestuosa de CLEO, LA REINA FRÍA. La mujer sonrió, alzó su mano derecha y dio de comer a un palomo, al rey del harén.

-Mis pequeñas han venido antes de tiempo. -Hizo un gesto que abarcaba toda la extensión del mundo, la ciudad, a sus pies-. Parece cierto lo de la… ¿cómo la llaman?… Perturbación. Una palabreja que inventaron esos taradillos de las galaxias, que a veces aciertan.

Las niñas la miraban con reverencia. Se sentían al tiempo temerosas y seguras. Aquella mujer, o diosa, iba a protegerlas y a amarlas, pero también a enseñarles cosas que nadie podía saber. Ella pareció leer su pensamiento.

-Sí… Esa… perturbación… os ha traído antes de tiempo… Pero, como dice el MAESTRO, no hay bien que por mal no venga… Así que…

Hizo un movimiento rápido con los brazos. Se envolvió en la capa, atrayéndolas hacia sí, como un bello vampiro abrazando su presa, dos flores de ciruelo recién brotadas. Girando sobre sí misma, levitó un instante y luego, muy velozmente, se elevó hasta desaparecer en la oscuridad.

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