Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 98

Aquel verano iba a ser especialmente caluroso.

Lo de siempre, que se echa encima y parece nuevo todo eso del tiempo. ¡Como si el verano no estuviera hecho precisamente para pasar calor! El caso es que en el viaje las nubes se asomaron un pelín por el oeste y desaparecieron después de saludar tímidamente a los ocupantes del coche, un haiga vetusta y destartalada que albergaba media docena de rostros tranquilos. Una novedad que iba a durar muy poco, naturalmente.

……………..

El pueblo era como todos, un pueblo. Nada expresa mejor lo que significa, todo el mundo lo entiende, y de la misma forma, como si Babel saliera corriendo cuando ve las casa derramadas en las colinas bajas y la torre de la iglesia, que muchos quisieran ver sustituida por un obelisco de ladrillo, porque odian lo que representa. Si escarbas un poco, verás que ese odio es como el que se tiene a un rival apenas conocido, sólo porque así viene impuesto por el uso social, de esas sociedades humanas que tanto se parecen a los rebaños. La gente de ciudad, cuando llega al pueblo, se siente mejor, pero no por el aire o la comida, sino porque los lugareños se les antojan inferiores, incultos, toscos, paletos. Y los urbanitas, chupatintas y cuellicorbatos, les miran con el suave desdén del plutócrata a su criado, sabiendo que le necesita y compadeciendo su oficio.

……………………….

-No hay seto.

Alex señalaba el contorno de la casa. Una verja alzada sobre el muro de piedra, y a trechos unos pilares de piedra y ladrillo, como los del Campo del Moro, pero en chiquitín. Era un jardín pequeño, casi minúsculo si se considera que en el pueblo todo es campo, pero es que mamá quería una casa cómoda, y la mandó hacer para trabajar lo menos posible, porque en este país esos trabajos de hogar son tan poco considerados que casi están mal vistos, así que no vale la pena… Pero a Alejandro le preocupaba que no pudieran salir a darse un garbeíto… por el país de los asombros.

-En vacaciones no hay… -Anita se detuvo a la mitad de la frase. Algo le hizo pensar que quizás si hubiera… Bueno, el caso es que no dijo nada más, así que nos quedamos con las ganas de saber si se refería a que no iban a salir por la puerta invisible que les comunicaba con sus amigos y sus enemigos, en ese mundo que tanto se parecía, si lo pensabas bien, a este otro.

De repente abrió los ojos, rápida como una ardilla.

    -¡Hay gente muy rara!

Iban caminando al sol, que apretaba. La sierra -como llamaban allí a las altas lomas de robles y pinos, con tramos de monte bajo donde se guarecían los cervatos y el jabalí- reverberaba como la panza de una sartén. De vez en cuando se veían barcos y ciudades suspendidas en el aire, entre las nubes y un punto tembloroso en el espacio, espejismos que desaparecían en cuanto les prestabas atención, como el gesto de los niños. El paisanaje les miraba con gestos indecisos, entre la simpatía y la hostilidad, como sucede en los ambientes rurales, que son un punto hoscos e insensibles, alejados de la propaganda bucólica que hace Fray Luis, un intelectual. Anita hablaba por lo bajini, dando zancadas, imitando sin saberlo a Jack Nicolson, para evitar las rayas que araban el asfalto, de un gris feo y opaco, tirado de mala gana por obreros sin profesión.

Aquella noche durmieron de un tirón. Amaneció un día tórrido y fueron a la piscina pronto. La más sombreada, la de los álamos negros. Así mamá podía descansar mientras vigilaba a Alex, el fugitivo de las olas, el velociraptor guaperas. Y así lo hacía mientras observaba discretamente unos grupitos dispersos, gente desconocida que a aquellas alturas no podía identificar con los antiguos veraneantes del pueblo, cuando se tomaban las aguas y los aires como un lujo del estío, y no estaban aún de moda los exilios masivos a las playas.

-No son de aquí, ¿verdad?

Anita la miraba y señalaba de reojo una mesa algo separada, en la que tres individuos jóvenes y una chica parecían jugar al mus.

-No son del pueblo, mami. Laura también lo dice. Están aquí para vigilarnos, porque algo va a pasar, o eso creen.

Alfonso llegó vestido, y les dio un besito.

-Me voy a la churrería, Quiero mirar por la ventana, a ver si han brotado las ramas que se quemaron el último año.

Al pasar por la mesa de los cuatro museros, le echaron una mirada, y eso nunca lo hace un discípulo de Mingote. Nadie puede distraer un buen envite.

-Inquietante. -Laura sacudía la melena y llevaba de la mano al pequeño, que se resistía. Alzó las cejas y musitó:

-El frutero no es el mismo. El otro era de la Puebla de Montalbán. Y no llevaba una Vito.

-Pues sí que te fijas.

-Y no es todo. Además de ésos -señaló las mesas contiguas, separadas por los árboles- hay otros que no vienen a cuento; una tienda de chuches, ya ves, cuando con El Caqui sobra, y además sin kit-kat ni Lacasitos.

Alex se sujetaba la tripita.

-Me duele.

-Yo noto algo raro también. ¿Será el agua?

Mamá se levanto.

-No es el agua. El agua la beben todos… Y nosotros seguimos con las botellas de Lanjarón, ya que tu padre nos acostumbró desde siempre a beberla.

-Porque está al lado de Órgiva. El pueblo de los abuelitos.

Laura suspiró.

-¡Cuánto me habría gustado conocer a los ‘bisa’! Pero, ¿por qué nos duele la barriga?

-¿Has oído hablar del mal de ojos? Te cuento una historia. En un poblado del Senegal, un hombre probó la comida de otro. Le dijeron que era del jefe, algo tabú. Y empezó a sentir dolores, se sintió obligado a morir, porque así lo imponía la superstición.

-Pero nosotros no nos creemos todo lo que nos echen, mami.

-No es sólo creer. El mal que nos desean otros nos influye, sin duda. Aunque sea sólo por la tristeza de sentirlo; de sentir la mezquindad y el vacío de esas almas vendidas por tan poca cosa. ¡Y como decía el abuelo, sursum corda!

A los niños les encantaban esos gritos de guerra. Se imaginaban a Julio Cesar declamando en el Senado de Roma.

Laura se pasó la tarde hecha migas, pensando el el karma y en que los buenos siempre parecen ir a la zaga de los malos, a quienes les importa muy poco las consecuencias de sus actos. En esas estaba, y en aventurar dónde se habría metido Alfonso, cuando oyó trastear al tío Arturo en el garaje.

-Me voy a Madrid. Tengo una exposición de escultura moderna. La mitad superior de unas está pegada a la mitad inferior de las otras, y viceversa. Así parecen más originales. Desde que Picasso se equivocó en el escorzo y no quiso rectificar, todo el mundo se siente creador especialmente si no sabe hacer bien las cosas.

-Como si a un busto le cortases la cabeza y pusieras en su lugar…las patas de una mesa.

-O al revés. Bueno. Volveré tarde.

Laura no se lo pensó dos veces. Tenía una cosa que hacer.

-Oye, tío… ¿Me llevas a Madrid? Es que he olvidado…algo.

Arturo se encogió de hombros.

-Tú sabrás lo que haces. Si te atreves a volver tan pronto a los infiernos…

Laura se estremeció.

-Bueno, muchos dicen que de Madrid al cielo… No será tan mala…

-Porque te mata si no huyes rápido… Y encima con el gobierno por allí, como si no hubiera bastante con las huelgas de basuras y los calzones horteras de las jovencitas, enseñando la frontera del sur.

-Bueno… ¿Nos vamos? Le dejo un recado a mamá.

La casa parecía distinta. Laura se acercó casi furtivamente, con miedo. Sabía que era necesario, y esa necesidad la impulsaba con una fuerza extraordinaria. Llegó hasta la verja. La sombra de un gran pájaro la alertó, pero no miró hacia arriba, sino enfrente, a las ventanas del dormitorio de Níobe. No se movía nada, ni los visillos, ni las ramas del sauce, ni el agua quieta en la piscina. La llave que dejaban para emergencias estaba encima del murete, junto a la puerta de entrada, en una ranura que servía de escondite. Dio dos vueltas a la cerradura y pulsó el código de la alarma. Sonó un pitidito y suavemente cerró la puerta tras de sí.

-¡Mane, tecel, fares!

Nada. Por entre las hojas del seto se deslizaba un abejorro de arizónica, lamiendo los tallos amargos. Laura pensó que eso no servía para nada, y que tal debería mejorarse el código genético de algunas especies. Cerró los ojos. Se concentró, o lo intentó de nuevo. Pero miraba de reojo la sombra del gran pájaro, que ahora parecía un águila acechando caza en un secarral manchego -hacía mucho calor y le apetecía darse un baño- y el esquinazo de la gran casa de Albert, que se proyectaba como la proa de un buque fantasma, repleto de piratas invisibles. “¡Vaya cosas se me ocurren!”, pensó, mientras daba vueltas a la llave entre los dedos. La miró y volvió a esconderla en su refugio del muro. Eso necesitaba. Una llave de entrada al PAÍS DE LOS ASOMBROS. Porque necesita consultar, urgentemente, a YOVI o al HADA CONSEJERA. Comenzaba a inquietarse. ¿Y si volvía al pueblo con las manos vacías y empeoraban? Porque algo les estaba debilitando. Sentía los párpados pesados, aunque no tanto como antes, y respiró hondo. “Que fluya la vida”, sonrió. Y el aire perfumado de jazmín, desde la enredadera del patio, la saludó. “Un ángel” -se dijo. “Un ángel que me guíe, como en el Edén. Pero eso fue para expulsarles… Vaya contrariedad”. Fue un momento surrealista, en el que se mezclaba la reflexión con el desvarío. Vio una escalera imposible, como las que fabrica el genio de Escher. Unos peldaños que ascendían y llegaban a lo alto. Entonces las sintió. Las palabras que brotaban de su alma, los números del verbo. “Uno de los nombres de Dios”, musitó mientras se abría la puerta y le vio sentado, esperándola.

-Hola, YOVI.

-Hola LAURA.

Ahora todo se iba a arreglar. Pero el ÁNGEL tenía la mirada triste. ¿Qué estaba pasando?

Hablaron un rato. Yovi parecía saberlo todo, pero aguardaba los detalles. Y también al HADA CONSEJERA, que en aquellos momentos viajaba a su encuentro. Desde lejos se veía una perturbación en el aire, que alteraba el horizonte. Luego un ruido como las sedas antiguas, frú, frú. Y el vientecillo.

-Lo hacen para debilitaros y que no luchéis. Es una buena técnica, porque rehuyen el enfrentamiento, nadie se percata de lo que está pasando, aunque sus consecuencias son evidentes. Cambia el humor, la perspectiva, todo. En su grado máximo lo llaman posesión o popularmente endemoniamiento. Los psiquiatras dicen que son brotes histéricos o psicóticos, cosas así.

-Pero son las sombras de los FELAYM.

Todos se miraron. Aún recordaban la primera batalla, que dejó incierto el curso de la guerra. Una batalla que les estremecía, sus ojos se cerraban, las fuerzas se apoyaban en la espalda y les obligaba a agacharse, a mirar el suelo, a caminar con la cabeza baja. Porque era el vacío, la huida del valor, el mal.

Laura regresó con el tío Arturo, que tenía cara de pocos amigos. La exposición, claro, no le gustó nada. Él era un clásico, y le daba mucha importancia a la técnica.

-Para hacer una escultura hay que saber trabajar la piedra. El mármol, por ejemplo, no piensa igual que el granito. Se mueven de manera diferente en las manos, son cuerpos que se moldean a sí mismos, y esperan que tú les guíes.

Laura creyó comprenderle cuando se fijó en los árboles del camino, que un viento de julio, seco y eléctrico, conmovía. Ninguno se agitaba de la misma manera. Como las personas.

-Pero es muy importante la creación, imaginar, no sé, ese punto de genio que no es golpear o fabricar, como hacen las máquinas.

Arturo asintió.

-Eso dicen siempre. Para justificar la ineptitud o el descaro. Eso dicen, sí.

El día de la Procesión amaneció nublado. “Menos mal”, dijo la abuela, auscultando el sur, donde se alzaba la colina de la ermita. Un monte medio, que se desplegaba hacia los llanos de Cabañeros, como las ondas de una boa gigante.

………..

El Cristo iba a hombros de costaleros con el gesto obligado de quienes no gozan el dolor, que es un signo de las cofradías de Semana Santa en los territorios andaluces, donde las vírgenes se visten de noche para llorar, en las fiestas paganas de la primavera. La mayoría eran consortes de las viejas beatas, que pagaban su redención eterna con el trabajo de los demás, como los capitalistas de Rolex y platino en las puñetas.

………

En el recodo de la Fuentesanta, el cortejo se detuvo. El cura alzó la voz, aunque dio lo mismo porque nadie le escuchaba y casi nadie le oía, para el ensalmo de la imagen, cuando se le pide que todo sea bueno y nos libre de quienes no nos quieren. Un saludable propósito que se repite micrométricamente en el universo, porque para eso están los dioses, para proteger a sus leales. Los niños estaban cansados, y sólo Alex vio cómo alzaba la mano, lentamente, la descolgaba desde el brazo de la cruz y señalaba un punto en el suelo.

Anita, a caballo de Alfonso le sacudió.

-Bájame. ¡Mira!

Indicó el lugar que marcaba con su índice de madera policromada. Alfonso tiró del pelo a Laura, hecho un flan.

-Ya lo he visto. Y parece que a todo el mundo le resulta normalísimo que su talla del diecinueve articule como un robot. O eso, o no lo ven.

-¡Es un awatsi! ¡Un paso al país de los asombros!

Anita podría tener razón, pero el caso es que no encajaba demasiado. ¿Es que el más allá, encarnado en el Hijo del Hombre, se ponía de su parte? ¿O jugaba al mismo rol que ellos, como un invitado? Dios tiene buen humor, como demostró Chesterton, pero aquello podía ser una alucinación, o una prueba, o una trampa.

El cura sí les miraba. Don Matías se alzó la sotana y bajó un par de metros. Puso dos piedras de granito cruzadas y regresó al frente del cortejo.

Por la mañana acudieron al lugar. Habían madrugado y el día era fresquito.

-Hace frío aquí.- Dijo Anita.

-No es para tanto.

La voz de Don Matías les sorprendió. Cerró el libro y les sonrió. Parecía un conejito simpático, pero de ojos pequeños.

-Así es… -Lo dijo como si llevaran una hora hablando y resumiera el argumento-. Así es… porque así os parece -Se rió, y parecía complacido con sus citas, como los actores de baratillo-. Ahora… sólo tenéis que hacerlo… -Señaló el punto marcado-. ¡Pero…! ¡Cuidado! Hay sorpresas… Tal vez, antes, deba explicaros algo.

Tomó asiento, como D. Julio en las clases del huerto, apoyado en un roble viejo. Los niños le rodearon. El cura suspiró. Desde el lugar se cubría toda la meseta hasta Toledo, y en los vallecitos de olmos iba evaporándose el agua de los arroyos, los que alimentan el Tajo antes de que se ensucie y se haga mayor.

Luzbel me dijo, ya sabéis, que nuestro mundo es un remedo del infierno. Y es verdad que hay bien y buenos, pero muchos sólo buscan la pelea, la traición, la guerra, y dan todo por poseer y mandar. Me llevó a dar un paseo -hizo una mueca irónica- por sus dominios y era asombroso: todos sus colaboradores eran voluntarios; la ley, los negocios, las bombas, el terror, la política, incluso la ciencia y la investigación… Estuve a punto de abandonar, y sólo recordaros, sí, me dio fuerza. ¡Recuerdos del futuro! ¡Vaya acierto! Cada niño que nace trae consigo la capacidad de transformar el mundo. ¡De mejorarlo! Porque ya estamos hartos del jueguecito de palabras con eso de la transformación…

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