Micro-relatos. (La frontera, Hipotálamo, Lema, Tempus

(LA) FRONTERA

Un día M. cruza la frontera. Ya no tienen sentido para él las cosas que ha vivido y hecho vivir hasta entonces, sólo porque así son.

Pero al otro lado también se oyen las risas y los llantos. Se ven la luz y las sombras, y el olor de la soledad.

Ya no se puede regresar.

HIPOTÁLAMO

La montaña era la cima del mundo. Una nubes densas recogían, allí abajo, el rumor gris de la montaña. M. se vistió de pontifical y absorbió por la nariz el polvo granate. Las cosas comenzaron a ser y también los instintos y la materia de sus sueños. Afiló el cuchillo en la piedra blanca, junto al ara de amatista.. El sol prendió los ojos del tigre dormido y se alzaron contra el cielo los pájaros sagrados, que volaron juntos, unidos por un hilo de oro. M. cerró los ojos y adivinó el futuro cortejo, los silencios del gentío y el manso estupor de la victoria elegida del dios. Un niño de estuco le sacudía los hombros. “Padre, padre”. M. destapó lentamente la voluntad, recluida en una cárcel oscura que tensaba su nuca. “Ya están aquí”. Cada vez necesitaba más la ayuda de aquella sustancia mágica. Absorbió un hilo del grano finísimo, machacado en prensas de diamante. Rugió el jaguar solitario, por fin. M. apartó a su hijo, sin contestarle. En la cara del niño se habían despertado la devoción y el miedo. M. tomó el cuchillo y probó su filo en la garganta rubia de una llama joven. La sangre salpicó como pájaros calientes y libres. “Tampoco hoy tendré la respuesta”, pensó M., en el instante previo al grito que sólo él escuchaba. Los sacrificados eran enmudecidos pero él podía oírles y por ello su ira aumentaba. Descargó con violencia el arma, y así pudo aplacar por un momento la cólera de los dioses, que seguían volando juntos. Aquella noche, M. oyó el piafar de una bestia que guerreros toscos llamaban caballo, y que era un espejo de la muerte. Todo estaba en las entrañas del mundo.

LEMA

Tachó M. de nuevo las letras, dibujadas como una invocación. En la mesa de trabajo los folios arrugados testimoniaban un fracaso. “Multos numerabis amicos”; arrugó los labios secos. “Quizás mejor “Diligentia tua multos numerabis amicos”. La frase original era de Cicerón. “Soy un impostor. Pero ¿a quién se le ocurre algo original después de Virgilio?”. Había releído a Shakespeare y a Lope, a Cervantes y a Chaucer, “Menos a Goëthe y al pelmazo del Dante, a todo el mundo”, sonrió frente a su espejo, que era la certeza, una testa frágil asintiendo: “Eres un inútil, no has nacido para la creación”. Lo mismo le había pasado a don Miguel con los versos, la gracia de poeta que no quiso darle el cielo. “Sic gloria labore paratur”. Pero estaba ya en una perdida orla de un olvidado escudo de ¿Madrid?. Se había ofrecido, con esa vocación indirecta que le obligaba al anonimato y deseaba la fama, “Sic transit gloria mundi”. ¡No, eso no, caramba! El niño lloraba, como siempre. ‘Risu puer cognoscere matrem’, qué invocación tan ignara o mejor ‘lacrimis mater cognoscere pueros’. También ‘El barril de amontillado’, una lucidez de Poe: ‘Nemo me impune laccesit’… In the name of the Prophet! Fics! En nombre del profeta, higos. Todo es sagrado si se quiere, pero hasta aquí hemos llegado con la falacia- “Non singulis minor”, que más quisieras…

TEMPUS*

M. remiró el boleto. No había duda. Llamó a la administración de loterías. “Efectivamente. El premio es de cinco millones de euros”. Le bajó la tensión. Le subió la tensión. Dobló el papel y lo introdujo en su cartera de bolsillo. “No sé por qué lo llaman billetero”. Aquella tarde vería con tranquilidad el culebrón. La tele, opio del pueblo. Asoció la cosa con los otros. “Ellos se quedan fuera. Amenábar está en el guindo”. Diezmos y primicias, más su parte –por lo del karma- le salían limpios tres millones y medio. ¿Y ahora? Ahora… Parecía una orden y no un adverbio. ¿O era lo mismo? Tendría que depositarlo en el banco. ¿Pero en cuál? Preguntaría. Las condiciones, los intereses… O esa función podría delegarse. ¿En quién? Alguien del despacho. ¿O no? Mezclar churras y merinas, despertar envidias. Envidias, recelos, miedo. ¿Un secuestro? Iban a acechar al afortunado. Un anonimato imposible. Los ricos de verdad tienen guardaespaldas, pero con este dinero… Gastos. Seguridad. Empezó a inquietarse. ¿Una fundación? Iba a ser lo mejor. Él se encargaría de administrarla. Estaría ocupado, además. M. resopló. ¿Tanto viaje para moverse apenas? Un pobre cambio. Sacó el billetero. Se le estaba haciendo tarde para ser Kandinsky. Y no quería llevar aquello encima. En el banco la cola llegaba a la calle. “Han cerrado oficinas, para aumentar los beneficios”. La Caja estaba repleta. Una ventanilla abierta, tres cerradas. Sudaba. Miró el reloj de pared –M. había desterrado las pulseras- y salió corriendo. ¡No me robarás el tiempo, mi tesoro! Sacó el resguardo, lo rompió en trocitos que el aire aventó por las aceras.

CONTUBERNIO

M. llamó al presidente del Tribunal para comunicarle el intento de cohecho.

Quedaron en su despacho, entre nubes de humo con aromas Vuelta Abajo y antiguas púrpuras ajadas. “¿Y qué te pidió a cambio?”. M. entreabrió los párpados y quiso, ya tarde, comprender.

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