Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 95

EL VIAJE ASTRAL

NIKA desapareció de la piedra de cristal. Saludó con la mano, como despidiéndose, y así lo entendieron. “Hasta pronto”, pronunciaron sus labios, que se quedaron prendidos un instante del aire que flotaba como una nubecilla de vapor en el interior de la joya.

-¿Y cómo lo haremos, Laura? -Anita se palpó los cardenales del brazo, el del tirón, y miraba a su hermana inquieta.

-No lo sé. Creo que será como… como ir de aventuras.

La última vez que fueron de aventuras papá había regañado muchísimo a Alfonso, porque la había sacado por ahí y habían estado corriendo por el campo sin decirlo a nadie, y mamá la estuvo buscando toda la tarde. Y se angustiaron mucho, sin entender que los niños saben cuidarse, faltaría más, sobre todo si van con hermanos mayores.

Tal vez por eso, Alfonso negó con la cabeza, que parecía un péndulo con rizos.

-De eso nada… -Miró a Laura arrugando la frente.

-Como papá -dijo Anita señalando.

Todos rieron… pero enseguida se pusieron serios. Alex dio un par de volteretas, y señaló el cielo.

-La luna, mira. Es de noche.

De repente Laura, que miraba a su hermanito como si le estuvieran saliendo orejas al gnomo, lanzó un grito.

-¡Ya lo tengo! Usaré el viaje astral. ¡Viajaremos en el tiempo, mientras dormimos! De la mano; como ahora.

Se dieron la mano. Alejandro inició el giro para la rueda.

-¡Omeremos ensaada…!

-No, Alex -rieron-. No comeremos ensalada esa vez. ¡Ojalá! Sólo estos bocatas de sardinillas, que tienen mucho fósforo… Pero pronto ¡nos vamos a hartar!

Alfonso reflexionaba.

-No podrán detectar nada, claro. Y les pillaremos por sorpresa. Es como conocer el pensamiento, adivinar la próxima jugada.

Laura alzó y bajó los brazos, como un molinillo aficionado.

-¡Un ajedrez peculiar, desde luego!

-¡Espero que no tengan la reina blindada!

PAPÁ MUERE O SE PASA A LUZBEL…O LAS DOS COSAS.

Miguel se volvió. En el umbral de la entrada, Karl, el chófer malencarado de Albert, le sonreía, si podía llamarse así el gesto afilado que cabalgaba por su cara, entre la barbilla y la nariz, como un cocodrilo. Pero algo no encajaba en su sonrisa. Como si el perdedor de unas elecciones estuviera alegre a pesar de todo.

-Qué hace usted aquí.

No era una pregunta, claro. Entonces le vio: el vecino, apareciendo tras la sombra, dio un paso hacia él.

-Debería preguntar yo lo mismo. Sí… Usted ‘estaba’ de viaje. -Remarcó el verbo con ironía, como si hubiera pillado mintiendo a un niño-. Pero ¡me alegro de verle!

Hizo un gesto y el criado sacó una pistola Luger del nueve largo. Apuntó como un tirador olímpico que hubiera perdido sus gafas. Miguel sintió que un whisky de veinte años le abrasaba el gaznate. Luego iba en un tren, que traqueteaba por unos andenes oscuros. Pidió agua y nadie se la trajo. Cerró los ojos y soñó que estaba muerto.

LA ABUELA SE EXPLICA

-Así que, mi niña, nada de esto era necesario. Pero -hizo el gesto con el índice, apuntando hacia delante, como si colgase de él su mejor sonrisa- ¿a quién vas a preguntar si son necesarias las pastelerías? Miel sobre hojuelas, que decían cuando los refranes no habían sido proscritos del lenguaje.

Laura se encogió de hombros. Soltó los brazos hacia el suelo, pero no se desprendieron del todo.

-¡Abuelita! ¡A ver si me vas a poner ahora la caperuza! No me digas que nos lo hemos imaginado, o poco menos, y que nos va a pasar como a los de Narnia, que regresan al armario y allí no ha pasado nada.

-Eso vino después… Lo del tiempo, que transcurre y se detiene, es una constante recurrente, ya sabes. Se les ocurre a todos los que se ponen a imaginar, porque no saben que la realidad no les necesita. -Inclinó la cabeza como buscando un pensamiento-. ¿O eso también lo dijo ya alguien?

-Si tú crees en mí, yo creo en ti, dijo a la niña el unicornio… Lo diría el mismo. ¡Vamos abuela! Ya hemos tenido esta conversación. ¿Y el miedo que hemos pasado? ¿Y nuestros amigos?

La abuela suspiró, como todas las abuelas cuando ven que sus nietos no entienden ni palabra.

-Siempre hay alguien oculto en el bosque. Siempre hay una sombra entre la luz y quien mira, porque el pasado es impredecible. ¡Ojalá fuera tan sencillo recordar!

-No entiendo nada, de veras. Hablas como el Hada consejera.

La abuela sonrió.

-¡Claro, mi niña! ¿No te das cuenta?

La miró con las pupilas cambiantes de las tardes de verano, ya puesto el sol, cuando el poniente se resistía a despedirse. Laura abrió los ojos, y la boca, encarnó las cejas, y escuchó su voz saliendo de la barriguita, como en el yoga.

-¡Tú! ¡Eras tú!

-¿Y por qué dices ‘era’? ¿Lo ves? Ya estás armándote un lío con el tiempo…

Laura se echó a reír.

-¡Alfonso! ¡Alex, Anita! ¡Venid corriendo! -Miró a su abuela, que esperaba no se sabe qué, pero que esperaba tranquilamente. ¡Ya tenemos soluciones, así que ahora…a buscar los problemas!

LA VUELTA

-¿Y ahora?

-Pues volvemos a casa.

-Qué pena que no esté ya papi… Alex va a preguntar mucho por él.

Anita hizo su puchero.

-Podía haber esperado un poco. No le dí el beso de por las noches. ¡Es que tenía mucho sueño!

Laura miró al cielo. Orión, naturalmente.

-Claro que se lo has dado… Y le darás muchos más cuando llegué el momento. -Sonrió-. Pero aún falta mucho… ¡Y tenemos que disfrutar de la vida!

¿ESTÁS CONTENTO, PAPÁ?

Era lo último que recordaba… Ales mirándole, o algo más: detenido en el tiempo, con toda la realidad y la irrealidad posibles, preocupado sólo por una cosa, con el reflejo en sus ojos grandes de esa inquietud, que ahora se le hacía lejana, ahora en su mente no había ninguna expresión nítida, ninguna imagen perfilada en tres dimensiones, nada, nada, una oscuridad densa, de la que en muchas ocasiones habían hablado, y que era la única presencia clara en la que fijarse, el único reflejo.

-¡Basta ya! -se oyó gritar a sí mismo. Abrió los ojos, le costó mucho hacerlo, y no supo si lo había conseguido, o si es que carecía de párpados. Recordaba a Goethe, el viejo sabio, el encargado de las ventas de almas al diablo, a los diablos, en ese mercado tan fecundo, y no comprendía cómo ese material de desecho podía ser apreciado, pero era así, ellos sabrían para qué y por qué.

Se puso de pie. Estaba tumbado, con los miembros encogidos excepto el brazo izquierdo, que sujetaba una espada o un estandarte, y le dolía, lo único que podía sentir en esa realidad casi incorpórea que percibía, en la que podía haberse transformado, como el resultado de un experimento o como el regreso a su propio ser, porque nunca, ahora lo sabía, se consideró demasiado diferente a como ahora era o suponía que era.

Caminó. Se deslizada por un túnel, un pasadizo alto y estrecho, pero no sentía claustrofobia. No tenía miedo. Sólo un sentimiento de nostalgia creciente, recordando tan vagamente la carita de Ales mirándole, mirando lo que podría haber sido él, y que le preguntaba, de nuevo, pero esta vez no le hizo la misma pregunta.

-¿Dónde está mi papá?

Era eso. Entonces había sucedido. La transformación. Kafka era un aficionado! Lo suyo, eso sí podía llamarse metamorfosis…

DISCURSOS

El CASTILLO tenía una sala dedicada a los discursos, que aprendían de memoria los clones. Luego los transferían a las universidades, para hacer los programas docentes, con las adaptaciones al uso, para complacer a los burgueses. “La sal de la tierra”, decía BELIAL, el coordinador. “No tiene bastante con el protocolo, le gusta manipular”, fue el comentario de FEGOR cuando LUZBEL firmó el nombramiento. Los burgueses al fin y al cabo sostenían los tópicos de la mediocridad, que es la clave de una existencia sin pasión, y por tanto de cualquier esclavitud, por muy oculta e ignorada que sea.

-Es como la ESCUELA DE DESAPRENDER, ¿verdad Laura?

La cosa se complicaba. El castillo era una paradoja. Por eso el primer discurso era el DISCURSO DE LA PARADOJA DEL DÉBIL. Si los proteges siempre serán débiles y si quieres que sean fuertes, a quienes menosprecias, he ahí la paradoja. Seguían el DISCURSO DEL VALOR DE LA VIDA: sólo tiene valor personal cuando se ama. Si no, o luego, sólo tiene valor si se da. El DISCURSO DE LA FRUSTRADA EDUCACIÓN , muestra cómo los padres siempre son unos fracasados. Llegado ese momento tienes que dedicar la atención a otros menesteres.

La pregunta de Anita era más aguda de lo que pudiera parecer. ¿Por qué materias que tenían ese tinte humanista? ¡Luzbel era muy listo! No se le ocurriría jamás ir de frente, exhibir sus armas, como un monstruo maloliente. ¡Un ser extraordinario, en belleza, en inteligencia, en simpatía! Sus acólitos muchas veces no sabían que lo eran, y quienes estaban en el secreto impartían órdenes a través de la persuasión y del engaño, no de la amenaza. Eso lo reservaban para los estúpidos miembros de la minoría. ¡Una estructura política!

-¿Te acuerdas del miniado en la página seis?

Alfonso asintió. Los pequeños les miraban y se preparaban para correr, porque ya empezaban a conocer las claves de ese tipo de conversaciones. Las llamaban asociación de ideas.

-El arte une la CIUDAD DE LUZBEL con los viejos mundos. A través de pasadizos creadores que recorren los genios. Leonardo, Miguel Ángel, Max Ernst, Kandisky, Picasso, Rafael, y eso porque recogen también la arquitectura, Einstein, Mozart, Beethoven, Wagner, Rossini…

-Y los olvidados, los desconocidos. En el karma hay muchas fotos que rodean el trazo de los círculos y equilibran el Tao.

-Verdad e ilusión. Vienen a ser lo mismo. Acción, no la alegría del alma sino la excusa para soportarla. ¡Menudo rollo!.

-Como decía papá. ¡y yo con esta barriga! Cuando se mete uno en la rueda, ya no puede salir, como los kilitos de más. Se encuentran tan a gusto.

Laura rió. Miró al pequeñín.

-¿Te acuerdas, Alex? -señaló la tripa de Alfonso-. ¿Qué decía papá?

El niño sonrió agarrándose con las manos.

-¡Todo esto para el cerdo!

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