Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 92

LOS SUEÑOS DE LAURA

Laura recordó las primeras notas del Diario, después de los sueños: ‘Aún no conocía el País de los asombros… Mis sueños eran viajes, eso que llaman viajes astrales, o tal vez viajes de verdad, pero en otra dimensión. Me gustaría pensar que todo es compartido, que a mucha gente le pasa lo mismo, pero no sé. ¿Por qué me pasaba a mí? ¿Y por qué algo me hizo esperar, durante años, hasta que fuimos todos juntos y para algo que ni podía imaginar? No sólo es una aventura, es un espejo que refleja caras distintas de aquellos que se asoman, y ventanas por las que se ven otros paisajes, y palabras que explican cosas que no son las que conocemos. Un día, al pisar el suelo cuando bajamos del Pájaro soñador me vi a mí misma, a pocos pasos, entrando en casa, y otro día vi a Ale jugar con YOVI, y eso fue algo que pasó después, y otro día nos vimos todos a nosotros mismos, mientras hacíamos las mismas cosas, o sea que todo allí sucedía al tiempo, o antes, o después…y eso le hacía interesante, pero también oscuro, y también hermoso, y me preocupaba, por si lo que había hecho estaba mal, o lo que hacía, o lo que podía hacer en el futuro. Y, sobre todo, porque no veía lo que me gustaba, lo que quisiera ver, que estaba al margen de mi voluntad’.

PIERDEN LA CASA DEL SETO

El camión dobló la curva del Parque de atracciones con un resoplido. Los niños miraban en su dirección como si despidieran a un amigo. En la gran cabina se refugiaba la mayor parte de sus cosas: los juguetes de Alex, seleccionados por la abuela porque mamá lloraba tanto que no podía; la ropa de todos, empaquetada en unas fundas de plástico que olían a hierbaluisa, y algunos muebles, los más pequeños, junto con libros y enseres. En fin, una mudanza.

-¿Dónde vamos a vivir, mami?

Ana se había puesto el chandal de Benetton, que hacía juego con la primavera lluviosa de aquel año. Madrid había recuperado el multicolor de tono verdoso que sólo se da en la franja del sur de Europa cuando cae suficiente agua, y que fascina con razón a quienes visitan la ciudad. Los oriundos ni se enteran.

Un helicóptero sobrevoló la zona. Alex le apuntó con la manita.

-¡Mira! ¡Ájaro oñador! ¡Ene a buscarnos!

-Lo que me da miedo -dijo Alfonso acariciando la cabeza del pequeño- es que la encuentren. Digo, la entrada, ya sabes.

Laura asintió.

Por eso han hecho…esto -señaló al frente, abriendo los brazos. El helicóptero daba la vuelta y parecía entretenerse cerca de ellos-. Son poderosos. No habríamos podido evitarlo. Y se quitaron de en medio a papá.

-¿Crees que volverá?

Laura negó con la cabeza.

-Nadie sobrevive a una lucha frontal con Lubel y Belial. Sobre todo cuando les ha traicionado… o eso creen. Ten en cuenta que era su discípulo, pensaron que se había vendido.

-¿Entonces?

Laura suspiró.

-Ha muerto, Alfonso. No nos engañemos más.

Miraron a los peques. Mamá y la abuela les llamaban para subir al coche.

-¿A dónde vamos, mami?

-Al pueblo -contestó la abuela, porque mamá apretaba los labios muchísimo-. A ver si allí nos quiere alguien.

A lo largo de la carretera interior, antes de la confluencia con la vía de servicio, el seto de la casa les acompañaba. Un rumor de hojas justo en el punto de LA ENTRADA hizo volver la cabeza a las dos mujeres, un segundo.

-Qué raro -musitó la abuela mirando a mamá-. Hoy no es día de Kamlichi, y el jardinero de los vecinos está enfermo… ¿Quién rondará por ahí?

Pero no había nadie. Laura y Alfonso lo sabían. Anita y Alex también, pero ellos no sabían que lo sabían, porque miraban por la ventanilla, hacia las colinas que envuelven Madrid desde el valle del Manzanares hasta los altos de la Almudena. Y también sabían que donde quiera que fuesen lo iban a encontrar: un seto poblado que ocultaba una puerta, a través de la cual iban a volver al país de los asombros.

EN LA CORTE DE LUZBEL

El ángel de fuego atizó las brasas moviendo la cabeza como si fuera a desenroscarse.

-¡Siempre pasa algo cuando llega el jefe! La culpa es de ese maestresala, un cateto de Harvard recién llegado, que se cree dios… ¡Perdón! -Miró alrededor, compungido-. Si me oye me quita los entorchados, y la paga extra de almitas candorosas… Por cierto, que no abundan precisamente. Se está poniendo muy mal el asunto, con eso de la tele, y la educación para la ciudadanía, que les hace tragar de todo… Ya no se asustan ni los bebés.

Se oyó un rumor tras el brasero. Un demonio alto y seco le apuntaba con una varita de fresno.

-Liborio, Liborio… Pareces un prototipo del nuevo modelo de marujo… Y es que la igualdad llega tarde, pero llega, como la justicia. -Rió a carcajadas-. ¿Te parece bien el discurso? Me toca hacer de político progre en una sesión del Parlamento… ¡Viven las instituciones!

-¡Vivan los funcionarios! -Anotó el aludido.

-Por cierto, dile al secretario general que te cambie el nombre, porque choca un pelín; suena a frutero de Mercamadrid. ¡Pero de los forrados, eh!

Aquella conversación, informal y festiva, iba a durar poco. De todos los rincones llegaban en tropel, con las capas oscuras, fichaban en la recepción y tomaban su libreto de instrucciones.

-¡Atención! ¡El maestro de ceremonias!

Belial, majestuoso, hizo una entrada de prima donna. Sus angelotes negros le rodeaban, como moscas panzudas, y el cangrejo armado -así llamaban a su carruaje- desde el que asomaba medio cuerpo realzaba su figura. Se parecía al papamóvil -salvas las distancias, claro- pero en acero cromado, híbrido entre el Mercedes de Hitler y el Rolls de Franco. Tenía un escudo, el de la Orden de Luzbel, grabado en el morro: una pantera saltando sobre el mundo.

Nadie sospechaba que, en aquel momento, su diseñador recorría a grandes zancadas el salón del trono, en LA CUEVA DEL NINJA, y lanzaba miradas como llamas al informe que LA DAMA DE HIELO había depositado en su buró.

-Calmaos, majestad. No porque pase nada -ya que no hay corazón ahí dentro- sino porque me pone nerviosa tanto alarde de musculines… Y dejad, por favor, el revoloteo de la capa, que me da mucho calor.

-Mira, CLEO -dijo Luzbel- no me toques la moral, que de eso tengo poco. Nunca entendí a las mujeres, y eso nada ha cambiado. Primero me traes eso -señaló los legajos- y luego me pides que lo ignore… ¡Me dan ganas de plantar un par de fumarolas debajo de tu trasero!

La mujer, que era alta y blanca, pálida, guapa y fría, muy fría, se estremeció.

-Señor, al fin y al cabo, como dicen allá -señaló un punto impreciso- es mejor prevenir que lamentar. Ya me extrañaba el retraso en la conquista del mundo -que por cierto, no sé qué interés te merece- y el que tu gente sea la causa…

-¡No es mi gente! ¡Ni es la causa! Es ese montón de…mamones, esos…

-Funcionarios… Siempre lo paran todo…

El diablo se golpeó la boca con el índice.

-Una copia del su estructura… ¡Maldita sea! ¿Quién demonios hizo ese plan?

Se dirigió a un canterano de raíz de nogal español. Tras el vidrio emplomado reposaba una botella de OLD QUASAR. Escanció dos copazos y tendió el menos lleno a la mujer. Ella sacó un pitillo forrado de negro, que hacía juego con sus ojos, y lo embutió en una afilada boquilla de oro.

-Google… Sí -le explicó, cuando vio su gesto de extrañeza-. Ahí está todo… Alguien lo sacó del buscador, como un bussines plan, y te lo colocó. -El diablo puso cara de malas pulgas, cosa que no le costaba demasiado-. Deberías haber consultado a Goethe, él sí sabe cómo pactar con el demonio. Soltó una carcajada…infernal, y succionó desde el extremo de la pipa con ánsia. Una nube gris envolvió la escena, y se quedó flotando como el pensamiento de un cenobita.

Luzbel relajó la frente. No le costaba ningún esfuerzo parecerse a su rival, el arcángel, e incluso muchos pensaban que era superior: más belleza, mayor inteligencia, tanto o más poder… Y sin embargo, le envidiaba. Era paciente, ordenado, modesto…Un pringao. Pero a él no le hubiera pasado lo mismo, esto de que su cohorte de allegados le hiciera la cama. Escupió una risa pensando que así se le parecían más, claro…

-¿Cuándo llega la remesa?

La bruja se miró la punta del índice como si consultara una bola de cristal.

-Por ahí andan. Ya sabes que lo mío no es la precisión, sino la certeza. No es lo mismo. Yo sé lo que sea, seguro, pero no sé exactamente lo que es. -Enseñó una fila de dientes blanquísimos, tipo white kiss, complacida de su trabalenguas.

-¡Calla, necia! Me recuerdas a esos… mequetrefes. Los últimos de Filipinas… -Hizo un gesto de desprecio con la mano, como sacudiendo un moco que se le hubiera pegado a los dedos-. Por cierto, ¡a ti se te escaparon también!

-Nadie es perfecto… mejorando lo presente -respondió. Hasta ahora no nos habían enviado diminutos… Puede que se les esté acabando el material y estemos con el derribo…

Luzbel apuró la copa.

-Ni idea, de nuevo. Es la sutileza de… Miquel -pronunció el nombre con sordina-. Nos manda una tropa pacífica, el truco de la no violencia y todo ese engendro…tan eficaz.

-Te propongo algo: me acabas de dar una idea, jefe… ¿No tienes libre transporte para la importación de novedades? Con el libre albedrío por medio y esas zarandajas que impuso el…Innombrable. Por cierto, ¿es que no le gusta que le llamen algo?

-Un día te lo cuento, salada. Pero no te pases de lista conmigo. Seguro que has oído hablar de la máquina que reprodujo los nombres de Dios y cuando terminó se extinguió el universo… ¿Quieres probar a ver qué pasa?

-Deja, deja. Con nuestra parcelita lo pasamos bastante bien. Bueno, la idea es sencilla y por tanto muy buena. Miramos por ahí, otras dimensiones, otros mundos, ya sabes. Inmigrantes atraídos por las promesas de un mundo mejor.

-¿Y cuando se den cuenta de lo que va en serio y quieran regresar?

-Ahí está el mérito. ¿Recuerdas lo del camarlengo del gran Borgia?

El diablo sonrió. Se parecía a su sobrino Mefistófeles.

-‘Ma è catholico sincero o stá´n el secreto’.

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