Micro-relatos. (Aetas, Dens, Opera, Alien, Desideratum, En, Demon).

AETAS

El niño aguardó. Una y otra vez su mirada buscó la presencia, pero no llegaba, así que lentamente fue olvidando la imagen del padre.

DENS

La niña puso bajo su almohada el dientecito.

OPERA

Había fracasado con todos los códigos –o eso creía- que para otros significaban el éxito. ¿Otros?. “Je suis les autres”, parafraseó. Los franchutes se enredan con sus paradojas-filosofía. “Eso son los alemanes. Y algunos anglo, con divisas normandas”. Meditó un segundo, antes de romper el envoltorio. “Ya lo sé. Aplicaciones prácticas de la sabiduría. Ciencia”. “Natural”, le contestó el libro.

ALIEN

No es que le contara las venillas en el blanco de los ojos, culebrinas sangrantes, pero es que aquel hombre miraba de otra manera.

DESIDERATUM

“¿Y tú, qué pides tú, buen hombre?”. Parecía un verdugo conseguidor, pero a M., en el sueño, le daba lo mismo. Habló a su nariz puntiaguda, la caperuza de un convicto inquisitorial, estela negra de brujas y bujarrones. “Un cuarto de baño y una biblioteca”, dijo. El capirote pestañeó, amarillento pustular. M. aclaró entonces, con la frente haciendo pequeñas dunas, la edad de arenas junto al crepúsculo, un ripio, un plagio, una sombra reflexa en el arco iris. “Por ese orden, claro”.

EN

“¿Tan importante es una palabra?”. “Según. De la prensa: ‘mujer china se pone de parto en la calle y da a luz un concesionario de coches’. ¿Qué te parece?”. “Tratándose de chinos todo es posible. Hasta parir ya subsecretarios de comercio, directamente”. “Vale”.

DEMON

Los últimos peldaños fueron ya parte de otra vida, la dimensión que albergaba una lucidez confusa. Ascendía solo y desnudo, pero cada paso se demoraba en un valle reseco que sus pies conocía: era el territorio de la mente, la ventana que se abrió cuando aquella sombra gris se desvanecía. “Eres tú”, le dijo, señalando con el dedo, como hacen los niños y los pontífices, pero esta vez del índice no salió un rayo, ni siquiera el viento residual de una tormenta que se extingue. Tuvo la respuesta, claro, justo en la nuca, el latigazo eléctrico que hería sus cervicales y pesaba como las mentiras del mundo. Entrevió la mirada, y a partir de ese momento le costaba enormemente abrir los ojos, como si le hubiera maldecido una paradoja de sal. Cuando resbaló por la escalera, mientras buscaba la barandilla, supo que su mano derecha estaría pronto inerte, pero la vista de la luxación estuvo a punto de marearle. Los dedos medio y anular se enredaban formando un seis, que le pareció la sonrisa de un cadáver.

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