Micro-relatos. el narrador de historias. (Vestíbulo, Nuptia, Encuentro, Verdad, Quijano, Los nuevos filibusteros, El narrador de historias).

VESTÍBULO

Verá, me ha costado tanto…tanto me ha costado, sí, superar…superarme, quizás, olvidar tal vez las experiencias personales y dejar que fluyese el karma…¿O no es eso?” –Buscó por el recinto el asentimiento de un viajero, preferiblemente oriental, pero estaba solo. Como siempre.

NUPTIA

Entiendo que usted quiera otra cosa…Sobre todo –dirigió la mirada, tras el cuello y el brazo, a la biblioteca- después de conocer, digamos, secretos de la vida…Pero es lo que hay”. La joven, bella como el crepúsculo de Benarés, tomó la sombra, escondida en el centro de la botella tintada, y salio discretamente.

ENCUENTRO

Cuando me di cuenta, ya había amanecido. Dirigí el coche hacia un bosquecillo, confuso en la niebla. Fue entonces cuando me percaté de que lo único rítmico en mi vida, hasta ese momento, era el sonido del motor. En su compañía, asido al volante, pensé muchas veces, como en una frase recurrente, cuál de entre los innumerables motivos que hacen estúpida la vida me había acogido en exclusiva. Se me ocurrían un par de docenas, pero ninguno tan evidente como el sexo. Una palabra que comenzaba a asustarme, como el coco de los niños.

Como en aquella novela –de la que únicamente recuerdo el título- todo había comenzado un verano, el verano del 72. Aquel estío me rebeló que yo era un hombre, y esa evidencia quedó prendida en los ojos y en la piel de mi primer amor. Los anteriores, que yo había reputado auténticos, se convirtieron en sombras y alguna que otra eyaculación refleja, las poluciones nocturnas… y diurnas de un adolescente puro.

VERDAD

En los ojos de Anita había visto la clara madurez de un ángel. Ella, la pequeña, sabía…sabía cosas que no expresaba, o mejor, que comunicaba con sus actitudes y sus gestos. A Anita no le pasaba casi nada por casualidad. Por eso comprendió enseguida que en los cuentos vive la verdad.

QUIJANO

Insistía la aldaba. Bajó Don alonso, enfurruñado, con el libro en la diestra. El portón crujía, seco de añares. La figura del caballero se recortaba, lanza en ristre, contra un poniente dorado.

Cruzó don Alonso la mirada con el caballero.

Don Quijote miró en el último estante, ya sin esperanza. Le habían dicho que aquella biblioteca contenía todos los libros del mundo.

Sancho enderezó el rucio que aún meneaba las orejotas oscuras, como en el sueño.

Leyó Dulcinea la carta de Don Quijote, con las dulces vaguedades de siempre. “Cuando se decidirá este hombre”, rezongó.

Don Alonso apagó la bujía.

Nadie había visto llorar a Don Quijote.

Dulcinea cerró los ojos de Don Quijote.

No oiré mis cascos”, galopaba Rocinante.

LOS NUEVOS FILIBUSTEROS

Estampas antiguas muestran a los piratas apretando entre sus dientes la daga que les caracteriza, como su emblema y tarjeta de presentación. “Ese soy yo”, proclama fieramente el símbolo de su inteligencia, reducida al filo de la navaja. Los nuevos filibusteros llevan en la boca cuando atacan, esta vez sin riesgo ni honor, seguros del fácil botín, la presa inerte e indefensa, el carnet rojo que les acredita como inmunes a la ley, a la ética, a la moral y al buen gusto de la decencia y de la estética. Esto último viene más a cuento de los flácidos michelines del neopirata, un tal JP de ERC, al servicio de su propia mierda, y que como Drake y otros parece actuar con la simpatía, el beneplácito y tal vez el apoyo –nada raro, pues de hecho lo comparten, simbiosis de parásitos- de los gobernantes, entonces la corrupta Isabel, hoy, los animadores de esta farsa indecente que llamamos política. Mala exégesis para una preclara etimología, ya perdida quizás para siempre, como la quemada tierra de la Ex-paña. “No disparen, soy de ETA”, chillaba el asesino de los Becerril. Y es que las paradojas en este país quemado ya empiezan a cabrear. Que les pregunten a los madrileños, con tres recaudadores por coche a la hora de aparcar…¡en la calle!

EL NARRADOR DE HISTORIAS

Le conocí en la cárcel de Guadalajara (México, D.F.) cuando pasaba su tiempo viendo la tele y dormitando en los patios cerrados. Desde luego, no tenía el aspecto de una persona que había pasado treinta años estudiando lenguas orientales, o al menos no respondía a la imagen que me había forjado de él. Su mirada era opaca, sin brillo; las manos cortas y rechonchas, como el talle y las piernas, que me recordaban a uno de esos Sancho Panzas de escaparate. Su rostro no reflejaba la nobleza del intelectual internamente exiliado, tampoco el cansancio o el pesimismo de la historia; en realidad no reflejaba nada.

Tras la segunda intentona para acabar con un guardia, lo consiguió. Había elegido al de la enfermería, y lo hizo cuando le llevaron aquejado de una auténtica y furibunda dermatitis, efecto de su alergia al sol. El alcalde requisó sus doce cajones de papelote y ordenó su quema en una pira expiatoria. La hoguera inquisitorial consumió también lo que le quedaba de lucidez, y fue en paralelo a la última bolsa de manuscritos, que el ejecutor de la orden olvidó entre la humareda. La compró alguien en una subasta de e-bay, y la parte que yo conozco llegó a la feria del Rastro conducida por una mano ciega.

Mi obsesión por la lectura de rarezas se había reducido en los últimos años a manuscritos de autores desconocidos, contemporáneos, a quienes pudiera visitar y constituir con ellos una asociación cultural, que se enfrentaría a las organizadas por los plutócratas o los paniaguados de las subvenciones públicas. Por una razón que era una sinrazón para muchos, pensaba que el talento es como la parte oculta de los iceberg, y que hay mucho más por descubrir que aflorado, siendo éste más bien esclavo del marketing editorial y la supina ignorancia de los compradores de libros.

Me llamó la atención en este material que su autor había redactado miles de esbozos de historias. Eso suponía, pero poco a poco me di cuenta de que eran historias completas, relatos que seguía escribiendo el lector, cuentos cuyos personajes vivían más allá de los manuscritos y de las palabras.

En una hoja amarillenta, tallada por unos rasgos que se agrisaban, leí su nombre. Luego investigué. Había sido deán de la Catedral vieja de……. durante veinte años. Doctor en cánones y teología, licenciado en metafísica y lenguas muertas…..

Una feligresa le robó la virginidad en el confesionario, al borde de los cuarenta. Desde ese día sólo habla en latín y se dedica al sexo y la oración.

Dejó preñada a la hija del Gobernador, quien le buscó las vueltas hasta arrinconarle. Desesperado, descubrió la violencia como vía de su catarsis. Entonces empezó a matar.

Comenzó eligiendo objetivos indeseables, otros asesinos y terroristas de niños. Pero luego le fue venciendo el mal, oculto en su esquizofrenia y en el lado oscuro de la fuerza.

Tardaron cinco años en descubrirle, y fue quizás por su voluntad, atendiendo en momentos graves a una de sus amantes, Su historia me recuerda a un héroe de comic y a su doble vida: Batman, el Zorro, Superman, Mr. Increíble.

Yo lo llamo ‘El narrador de cuentos’.

Mañana lunes, a las 9.00 será ajusticiado.

Y es que nunca le ha gustado madrugar.

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