Micro-relatos. (Dies, Natus, Aedes, Word, Virus, Codex, Sinapsis, Vita, Prócer).

DIES

Algoritmo, redundancia, logaritmo, entropía…Escondió el tic tac bajo unas curvas de Gaüss, que simbolizaban la caótica serie de los ritmos y se estremeció una vez más. El habitante de las palabras era un ser paradójico, que resultaba tan próximo a los dioses como al estiércol. Nubes de cristaL refractaban ciudades de diamante, y las transparencias tenían la profundidad de los sueños. Contornos azules festejaban un arco iris dibujado en los cabellos pardos y rojos de las adolescentes, que miraban a través del tiempo. “Ser dios es la hostia”, pensó, y ocultó enseguida el pensamiento para que no se hiciera carne. “Los crearé híbridos entre la matemática y el sexo, para que no me encuentren nunca”. Y descansó.

NATUS

Cuando subió al AVE los pinchazos comenzaban a aturdirla. Tomó asiento en uno de los compartimentos cercanos a la cabecera del tren, y se dispuso a parir como le habían enseñado, respirando pausadamente. Hubiera preferido hacerlo en la cabina del piloto, en un 747 con destino a París, pero no le habían permitido embarcar, aun esforzándose en disimular su estado. “Avanzada gestación”, decían, como si anotasen la fórmula del carbono mutante en una probeta. ‘Buena esperanza’, eso sería mejor tal vez, o más oportuno, aunque a saber… ‘Estado de enhorabuena’, ya olvidado en la edad de los infértiles y los preservativos occidentales, mientras que en los orientes y medios se desbocaban los nacimientos sin futuro. Al llegar a término oyó las sirenas de las ambulancias. ‘¿Cuántas estarán dando a luz?’, pensó, y es que había olvidado ya el sonido de la bomba.

AEDES

¿Acaso puedo yo detener el tiempo?. Lo dijo M. aun queriendo decir fabricar o manipular, para que la cita fuera intertextual al uso. El prócer había pedido que el edificio fuera histórico, antiguo, qué sé yo, para ‘implicarse personalmente’. “Puedo venderte una porción de mi voluntad, que es del medioevo, pero la casa es del XIX”. Como el obispo atisbando el seco horizonte. “La imagen podéis sacarla, pero para llover no está” Rogativas de pobre.

WORD

Contribuyó a la síntesis matemática del caos definiéndolo como una realidad. “Nada de teorías fractales o de fórmulas. La vida es tan simple como Dios”. “¿Una exclamación?”, le preguntaban ojos entre asombrados y perplejos, que no es lo mismo. “Un cuerno”, decía, y eso una y otra vez hasta que le pidieron un ejemplo. “Las parábolas. Símbolos que se escuchan como los cantos de sirena para morir”. Y arrojó al agua las últimas hojas del manuscrito. Sobre los verduscos ojillos de aguachirle los números y las letras desgranaban una letanía amorfa. ¿Amorfa? En realidad eran cánticos de ciego, pero eso no lo veía nadie. Tampoco vieron cómo en el delta, ya sumiso el antiguo empuje de la edad, se unían de nuevo y escribían en un pentagrama sepia con lento donaire los primeros compases de ‘Cosí fan tute’. Una gaviota extraviada graznó, si bemol, casi un la afónico, abriendo la exclusa de Babel. Y los hombres y las bestias bendijeron a su creador, porque ya era el octavo día. “Ahora ya puedes destruir tu obra. La materia, al fin y al cabo, es eterna”. “Lo único eterno. En realidad es la perfección. El gran Padre y Señor es lo que es”. “Me di cuenta la última vez que nací. Cuando me propuse ser Sócrates y cenar liviano”. El espíritu de las edades sonrió, ascendido a trono de Luzbel. “Como todos”, asintió.

VIRUS

La pantalla del monitor fluorescía como un campo de iones.”Nada”, musitó. En lo profundo de aquel ojo luminoso debía estar, debería estar lo que estuvo antes de que dejara de estar. “¿Dónde?”, le preguntó. Apareció el documento, pero en blanco. “¿Dónde estás?”, preguntó de nuevo, pero ya no esperaba otra respuesta. La máquina se había burlado otra vez de su trabajo, del tiempo que tanto apreciaba, de su necedad en la búsqueda del Grial. “No le gusta lo que escribo”, dedujo, y lloró apretando la cabeza entre sus manos, que temblaban.

CODEX

Al comienzo, años atrás, lo presentía. Ahora estaba seguro. La codificación no era igual, claro, que la de una máquina. Pero existía. Puertas cerradas iban abriéndose y una luz, aún difusa, comenzaba a contornear las figuras que albergaba el recinto. Una habitación estrecha, en cada uno de cuyos extremos se alzaba la ventana. Asomándose veía la otra ventana, y desde ella el paisaje. Un truco circular, de ‘specula ignota’, muy llamativo. En uno de los ángulos se adivinaba la puerta, es decir, la hoja casi invisible de un portillo simulado, como si se utilizara tan sólo para realzar la falsa magia del ambiente. ¡No iba a engañarle nadie! Cuando el código desvelado le dijese cuál era su misión, la ejecutaría, y después, sin dudarlo ni un momento, abandonaría la celda a través de la cuarta pared, la única que existía realmente, estaba seguro de ello.

SINAPSIS

Cuando llegaron al lugar lo supieron inmediatamente.

Y no fue sólo porque la luz dorada reflejaba sin sombras aquellas figuras transparentes. Sintieron que habían llegado a una fuente de energía que también estaba dentro de ellos.

-Son los ángeles ciegos.

Quien les acompañaba lo dijo como si diera los buenos días a un ejército invasor. Algo irremediable y paradójico asaltó a los visitantes.

-Pero si están viajando.

-Van en busca de sus cuerpos. Todos tenemos ya dentro –y señaló la zona oscura del interior de su ánima- al nuestro.

Sin proponérselo, todos cruzaron las miradas, que devolvían en sus pupilas una antorcha recién prendida.

-Por eso sentimos que algo nos habla desde aquí, desde ese otro corazón. Lo sentimos y nos hace ser.

-Y actuar. –Lo dijo con énfasis-. Eso es lo importante.

VITA

A través de la burbuja, unas luces doradas. Lanzó la mano imaginando la interminable lengua de un camaleón. Tropezó con una suave textura, que se hundía. La pared tenía en cada momento sus formas, como en el agua o en el tempur. Recordaba materiales, tejidos y recipientes que se fabricaban en un recinto oscuro, por máquinas que parlaban con voces impostadas. Al fin su mano atravesó la pared, y pudo tocar la burbuja cercana. Con tiempo, pensó, la alcanzaría.

PRÓCER

Alzó la mano derecha sobre el Libro. Una campanillas cercanas resonaron anunciando el jubileo, y entonces se vio cabalgando sobre una montura blanca, de ojos ciegos. Llevaba las riendas una ninfa negra, que le sonreía. Las palabras de su juramento iban descendiendo, soportadas por las alas frágiles de una libélula, hacia el seno oculto del atril, donde se harían crisálida y gusano. Su contenido acabaría pudriéndose, para abonar la materia pulsátil de la que formaba parte, un cuerpo nada místico. Al fin y al cabo había sido elegido como parte de ese plan perfecto, perpetuar la especie creadora de una náusea infinita.

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