Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 90

……-¡Corred, corred!

¡Se escapan, rápido!

Yovi alanceaba al monstruo desde su montura, como un jinete medieval en el torneo de las princesas. Pero no atinaba: el bicho se escurría como un demonio. De repente se le ocurrió.

-¡Claro! ¡Es un diablillo de los pellizcos! ¡Se ha salido del cuento!

Alfonso negó con la cabeza antes de hablar.

-De eso nada. Sólo los ve Alejandro, los más pequeños. Y no son feos, porque proyectan a los cuidadores, gente sana.

El hada suspiró.

¡Pero qué complicadas son vuestras historias! Podíais haberos conformado con… Disney –miró alrededor- Pixar- volvió a mirar- Los hermanos Grimm, las mil y una noches…

-¡Qué barbaridad! –Laura se reía. ¡Tú sí que tienes un lío en la cabezota!

-Bueno –dijo Yovi-. El caso es que hablamos y cabalgamos… al tiempo. Eso me recuerda…

-¡Que somos protagonistas! –Laura arrugó las cejas-. Suena a programa rancio… ¡Pero vale! Es la forma de entender las cosas. ¡Toma ya!

Había capturado al bichejo soltando la red. El sistema más antiguo y el único eficaz para atrapar un objeto en movimiento, si lo quieres enterito.

Anita puso su cara de asco.

-¡Puaff! ¿Y esto es un diablillo de los pellizcos? ¡Encima!

El hada parpadeó muy deprisa, como si el colibrí de las pestañas se le hubiera deslizado por las pupilas.

-Esta niña… Me recuerda a mi profe de estética. ¡Siempre cateaba!

Dejaron los jamelgos en la puerta de una posada que parecía un saloon de Ford en Campo de Criptana. El interior estaba en penumbra, fresco y agradable, pero poco acogedor porque apenas contenía unas sillas dispersas y unas mesitas bajas con la tapa de mármol. Tras la barra se acodaba una señorona de melena abundante, gris y algo crespa, que leía atentamente cuando entraron. Tardó unos segundos en mirarles. Parecía más interesada por la lectura que por los intrusos. Al fondo de la sala unas escalera subían hasta una especie de corrala, quizá un hostalito para viajeros despistados.

-¿Puedo ayudaros en algo?

La voz sonaba como si la oferta de ayuda significara ‘pon aquí la cabeza que te la guillotino’. Pero no era cosa de dudar, así que Alfonso no tuvo ni que aclararse la voz.

-Puede que sí. Buscamos a la familia.

Laura le dio un codazo.

-Sin la a, hombre, sin la a.

Alfonso suspiró resignado.

-Nos han dicho que llegarían aquí -señaló la ventana-. Vienen de lejos, de la otra parte.

La voz se echó a reír.

-¡Me has convencido, muchacho! Así que buscas un héroe.

-Te he dicho que buscamos a la familia -miró a Laura-. Con la ‘a’.

La voz se hizo corpórea. Una figura sucia se desprendió de la pared oscura y caminó dos pasos.

-Una embajada curiosa… Me habían advertido de que llegaríais… si sois vosotros… Aunque bien mirado… ¡Largáos!

Anita miró a Laura con los ojos llorosos.

-¿A dónde? Tengo hambre.

-¡Vaya! Por una vez…

Se abrió una puerta en el piso superior. Por el resquicio podía verse el rayo de luz consabido y una sombra blanquecina, delgada y coronada de rubio.

-¡Tú, adentro! -Bramó la voz que ya era un cuerpo feucho como el insulto de un eremita.

La sombra salió del todo. Era una niña, una adolescente vestida de blanco de la cabeza a los pies, con un lazo celeste sujetando un pelo dorado.

-¡La Virgen! -Alex la señaló con el dedito bien tieso, como cuando contaba hasta tres.

El guardián armó una escopeta de las de siempre, dos cañones y culata gastada.

-Al cielo os mando con ella si me ponéis nervioso, golfantes.

-Este señor es muy malo, Laura -dijo Anita.

El otro abrió los brazos. Parecía un pirata sin barco, sin botín y con un sabañón en la pata de palo.

-De esto no me habían advertido… ¡Cuatro niños, dos niñatos y dos infantes, la repera! ¡Buenos guerreros están hechos!

La niña bajaba por la escalera. Se paró mirando la escena. Luego sonrió y corrió hacia los hermanos.

-¡Qué bien! ¡Ya estáis aquí!

Se miraron. ¿Dónde estaban los otros? A Laura le pasó un ángel por la frente… ¿No sería que…? Miró a Alfonso. Fruncía el ceño como cuando toma sushi picante.

-Ven -dijo a la chica- Dame un beso.

Se abrazaron. Entonces Anita lo dijo:

-¡Ya somos más en la familia! ¡Qué bien!

-¡Eh, tú, Dino, déjalos en paz!

La señorona había dejado de leer. Dio dos pasos, que parecían una maratón. El guarro de la escopeta la miraba como a un tsunami.

-No es cosa tuya, Leonora. -Señaló a los chicos-. Cisco me avisó. Estaba esperándoles.

-La chica ya estaba aquí, así que el acuerdo no vale. Más bien ella les esperaba. ¿O no?

-Bueno… -Vaciló, y el diálogo se hizo aún más incomprensible para los demás-. Ella puede irse…contigo.

Rió a carcajadas de nuevo. Parecía que le gustaba. La mujer se aproximó tanto que su cara rozaba la del otro. Echó el brazo atrás y le estampó una bofetada tremenda. El hombre soltó la escopeta y cayó hacia atrás. Sentado en el suelo la miró con espanto.

-Vale, vale. No te pongas así, hombre… ¡Es que hacen siempre lo que les apetece! Cisco dijo que los quería para su experimento.

La mujerona movió la cabeza.

-Dile a tu jefe que voy a usar su pellejo para condimentar la bazofia de los anacantos. Se les hará la boca agua, con la cantidad de mierda que lleva… ¡Parece un trol de las cuevas!

-Dice que eso es muy bueno para la salud… -Aclaró encogiéndose de hombros-. Hacer lo que uno quiere, digo… Buscaba un grupito así -volvió señalarles. Los niños apenas respiraban, expectantes-. Concentración de energía limpia….

-Sobre todo si lo que le apetece tiene que ver con el … -Miró a los chicos-… Ya me entiendes… Como tocarle las… volvió a mirar el grupito-… a esa china…

Se oyó un portazo. Todos miraron hacia arriba. En medio de la escalera había aparecido un individuo tan estrafalario que casi parecía normal. Tenía unos incisivos tipo Bugs Bunny que brillaban como navajas de Albacete. Los ojos enmarcados en un antifaz y las orejas a punto de despegar si tuvieran viento favorable.

-¡Vaya, vaya! -dijo. Y se le movían unos bigotes cobrizos, como untados de zanahoria-. ¿Así que sois los restos de el PEQUEÑO MUNDO?

Detrás de él iban apareciendo tipos raros, como si saliesen de un decorado para tomar el bocadillo. Parecían a punto de ponerse o de quitarse el disfraz, y sonreían a medias, como los tontos y los políticos españoles.

-Me recuerda algo de…

-¡El rey Lear! A nadie encontrarás aquí que tenga el rostro triste y sombrío…

-¡Pero es al revés! Dice que a nadie encontrarás así. ¡Y no me recuerda eso! Me recuerda una peli de esas mixtas, de animación y de carne y hueso, como dice Anita. Hace un efecto horroroso…

-¡Una paradoja! -dijo BIBI, que así se hacía llamar con unas letras fosforescentes sobre el mandil.

-Ya te dije que se parecía al conejo, pero en feo y con las orejas más grandes. ¿Y qué es eso de la paradoja?

-No sé. Habrá salido de la sesión de psicoterapia. Será argentino.

-Entonces no habría salido; siempre están en ello.

-Que estéis aquí… Todos… Porque este lugar -ya os habéis dado cuenta-no existe.

La noche se hizo en segundos. El círculo cayó sobre el cielo –sí, parecía salir desde dentro- y millones de luces parpadeaban como en ‘Encuentros en la tercera fase’. El pequeño soltó la mano de Laura y de Ales. Dio un beso a Anita y le dejó los copos de maíz. Alfonso tomaba fotos como un reportero de National Geografic.

-Hasta pronto… Vienen a buscarme.

-Como en E.T. –suspiró Laura.

-Seguro que Spilberg lo ha copiado. Se lo sabía… Ya me extrañaba que alguien tuviera tanta imaginación.

La escala de la nave, o algo parecido a una alfombra, se les aproximó. Les elevó unos centímetros del suelo. Sonaba algo así como Giuseppe di Stefano en un aria de Verdi. O de Rossini, porque la melodía volaba y se cruzaba con solos de ´La reina de la noche’, en fin… Clásico puro, celeste Aída, cosas así…

-.Esto del País de los asombros es como dice Alejandrito, un cucurucho de cocholate, fesa y limón con nata por encima. Tiene de todo.

-Y todo bueno… pero engorda. O sea que truco hay.

Alfonso asintió.

-¿Holografía psíquica?

-Acuérdate de Asimov y ‘la mula’… Veían lo que querían ver.

Alfonso hizo un gesto con el brazo, en semicírculo.

-O sea que anda por ahí… Digo, todo lo demás. Como cuando sales del cine…

Entonces… ¿va de coña?

Laura se encogió de hombros. Miró hacia el suelo. Levitaban.

-Si non è vero…

-¡La verdad, no sé por qué! Digo eso que refleja un mundo en otro. ¡Con lo mal que va el nuestro! -Sonrió. Parecía que había ensayado la risa desde pequeña.

-Por eso precisamente. Es una forma -quizás la única- de arreglarlo… ¡Una homeopatía!

Alex dio al mando. La esfera giraba y el pequeño daba saltos como en una cama elástica.

-Pero hay mucha diferencia… Nosotros no tenemos esas rayas que llamáis fronteras, ni esas lenguas que os separan… Lo único que mantenemos, sabéis, es la tristeza. Una nube gris que se hace grande cuando la miras.

Al ver reír a los pequeños aquello sonaba raro.

-Ya sé qué pensáis… Pero los mayores enseguida acaban con el encanto de la edad. Primero con las prohibiciones: ‘No hagas esto, eso no…! Luego con los imperativos: ‘Haz, toma, corre…! ¡Y así no hay quien aguante un par de milenios de alegría!

-No sé a qué me recuerda… -Alfonso se detuvo a contemplar el río, que serpenteaba al fondo del valle-. ¡Quizás esas tardes en casa de la tía Luisa, con las voces a cuestas y el ceño fruncido! Siempre pensamos que allí vivía el diablo…

-Las voces… La confrontación con el silencio.

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