Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 88

LA PRINCESA NIKA

-Por favor, alteza.

Había crecido tan deprisa… Nika aún coservaba rasgos infantiles, quizás una expresión delicada, ingenua tal vez. Pero sus ojos grises eran ya fríos como los de cualquier adulto con poder. Se adelantó hasta el estrado, cubierto de un terciopelo granate, que es el color que da la naturaleza a los triunfadores, la púrpura de peso incierto.

-No tendré que hablar, ¿verdad?

-Sólo unas palabras, mi señora.

El ritual habría resultado anacrónico en pleno siglo décimo, cuando la Edad Media cumplía su primer ciclo. Pero en el País de los Asombros aún era más insólito, porque se suponía que aquello era algo más, y no digo menos, que el mundo de este lado. Sin embargo, algo obligaba a aceptarlo como si se tratara de la cosa más normal del mundo.

-¡Una princesa de cuento!

Anita tradujo a la perfección el pensamiento de los cuatro, porque Alex también miraba embobado el escenario. No era para menos. ¿Habéis visto alguna vez esos decorados de Hollywood en los que a unos oropeles y dorados siguen otros tronos y montañas de cortinajes, todo ello cubierto por un cielo de arañas resplandecientes y antorchas humeantes, además de los inevitables estafermos lanza en ristre, chambelanes y, en fin, todo eso de las Cortes antiguas? Pues eso era un simulacro comparado con el fastuoso marco que el reino de Tania había preparado para la mayoría de edad -dieciocho- de su heredera, NIKA VALRATI DE HANSEPUT, futura reina de TANIA y los confines GANICEOS, o sea, de media galaxia externa, paradójicamente situado en los paramundos de Orión. Traducido, a este lado del País de los Asombros. En resumen, que Nika era una Princesa ORIÓN del País de los Asombros.

-Hablar no, por favor. Prefiero cazar escorpiones siderales.

ORFIA, la cuidadora, sonrió.

-Qué más quisiera, princesita. Hablarás y te escucharemos atentamente. -Señaló a los niños-. Incluso ellos, a pesar de que están atolondrados.

Y era verdad. Laura se preguntaba qué pasaría después -porque era precavida como un meteorólogo- y no tenía ni idea -lo mismo que los meteorólogos- así que se alejaba -como un político electo- y al tiempo admiraba el vestido de Nika.

-Si los pedruscos son de verdad, con un jironcillo se compraría Australia.

Alfonso movió la cabeza, bromeando.

-Te sale la vena especuladora. No sé qué pintas en una misión solidaria y sostenible.

-Menos guasa, monopolista, demagogo.

-¿Sabes qué he notado? Pues que en el País de los asombros tenemos ganas de broma, incluso cuando estamos en peligro. O en un ambiente serio. No sé… Como si nos tomáramos una pildorilla de esas, sucedáneos del gas hilarante.

-Pues no andas tú desfasado… Lo que pasa es que aquí vivimos de otra forma, más espontáneamante, con la libertad de saber que la vida tiene límites, pero que nosotros no debemos hacerlos más pequeños.

-A propósito, ¿dónde están los peques?

Nika los llevaba de la mano. Los tres parecían deslizarse por una alfombra azul, que a su vez parecía la superficie de un lago de cristal. Bueno… La pregunta era obvia: ¿qué había pasado? En fin, era igual. Alex toqueteaba las borlas que pendían de las mangas, a la altura de los codos, y que daban al vestido de la princesa un aire de disfraz veneciano…copiado de un antiguo seiko japonés. Anita se frotaba la boca, como cuando estaba nerviosa, tanto que parecía a punto de llorar. Pero nunca era así Sólo reciclaba la información y se preparaba para asimilarla. Por algo era un magnífico ejemplar de índigo.

-Ya estamos con el aura.

A Anita se le ponía la corona -Ales dixit- y aquello comenzaba a funcionar.

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