Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 87

-Es la ciudad de la mala gente. No pueden estar encerrados, pero sí apartados.

YOVI asintió.

No es una novedad, eso de los buenos y los malos. Algo tan elemental que parece mentira, ¿no? Ellos eligen su tirano.

-¿Su tirano? Indagó Alfonso-. ¿Pero eso no es algo de los griegos?

Los gemelos habían mantenido su sonrisa.

-Hemos oído que todo es cosa de los griegos, ¿no?

Ales miraba atentamente. De pronto dio un salto, sacó del cinto su espada de goma y atacó.

-¡Alos, alos! ¡Yo ucho con todos los alos!

-¡Dales fuerte, Alejandrito! –Dijo Ana-. Lucha con los malos.

El pequeñín estaba emocionado. Le jalearon un buen rato, hasta que cayó rendido en el suelo.

-Tres condiciones

Señalaba una pared imaginaria, pero de color blanco, porque su índice estaba teñido de ceniza.

-No cumplir las normas…

Laura agachó la frente un poquitín, y aguardó. Como una potrilla que no se fía mucho de su jinete, pero por si acaso…

-Citar a los antiguos como si fueran modernos, y al revés.

-¿Y la otra? –Preguntó Alfonso.

-Pues no me acuerdo –respondió el duende, rebotando un par de metros del suelo, como si le fastidiara la pérdida de memoria. Alex se dispuso a hacer lo mismo, pero Anita le sujetó.

-Pues como ajustador de éxitos fallas un pelín…

El amigo de Pan se ofendió, o eso parecía, porque tiró el gorro al aire y lo dejó caer lentamente, engullendo hadas diminutas que pasaban por allí a curiosear.

Luego hizo un gesto de gingo biloba.

-La tercera es parecer joven –Yovi se apuntó el tanto-. ¡Y es la más importante!

-La única, diría yo –musitó Laura, acariciando la melenilla de Simba que envolvía a Alex.

-¡Pero si las apariencias…!

-¡Por eso! Por eso lo de parecer… Para engatusarles.

-¡Oye, que no somos tontos!

El ajustador sonrió.

-Yo tampoco –dijo, como si preguntase a Edipo lo del enigma.

-Bueno, ahora lo importante es saber qué hacemos con la pequeña.

Alex miró el bultito.

-¡Yo soy mayor! –dijo muy claro y fuerte, señalándose un lugar indefinido entre el pecho y la diadema de Anita.

-¡Pues naturalmente, mi niño! –A Laura se le ponía acento de culebrón cuando hacía de mamá. Se agachó para comprobar el estado de la niña. Dormía como una bendita, sonrosada y feliz.

-¡Qué mona! –Anita se la pidió, para acunarla. Un par de segundos después la devolvió, cansadísima.

-Me dijo quien ya sabéis –Pandos escuchaba de reojo, como suelen hacer los duendes, cuyos sentidos se mezclan a mogollón- que lo sustancial del hombre reside en su capacidad de hacer milagros.

-¡Intertextualización! –Yovi se puso colorado, porque pensaba que eso era algo malo, y no lo más normal del mundo-. Eso es de Hanna Arendt. Pero sí que necesitamos un milagrito para adoptar a Cenicienta…

Rieron, porque la risa era un alimento siempre.

-¿Y no hay bastante con la Bibis? Estos peques crecen muy deprisa…

La cabra pacía a dos metros, encantada con aquellos brotes de aromáticas.

-Le va a saber la leche a tomillo, hierbaluisa y romero, con una pizca de salvia y manzanilla.

-Me gustaría saber por qué estaba amamantado a la niña… Como Amaltea.

-Bibis va a ser aún más famosa… Ya verás. –Miró el interior del paquete-. Esta niña está destinada a grandes cosas… Digo yo… Porque si no, ya me contarás por qué nos la han puesto en el camino…

-¡Vaya manera de decirlo, hombre!

Luzbel revolvió el pelo de Anita, que se puso de punta.

-Me entiende poca gente, diría yo. –Le encantaba hacer de inglés-. Y lo que quiero es ser aceptado… ¿me comprendéis?… Que se borre ese tufo de pescado en escabeche…No…. de fritanga…No. ¡Vaya! Me cuesta encontrar una analogía, con eso de que me atribuyen hedores malditos!

-A azufre, hombre, a azufre…

Huzo un mohín y se revoló la capa.

-Pues a metano sería más propio. Digo yo. Bueno, pues que se borre de la memoria de la gente ese tópico de que soy malo… ¡Cuántos individuos son peores, y dirigen empresas, o se hacen políticos o escriben cuentos! Por no decir de…

-¡Bueno, bueno! –cortó Laura. Que no estamos aquí para perder el tiempo.

-¡Enemigos de calidad! ¡Eso es lo que quiero! En mi lucha con los ángeles me hago más fuerte.

-¿Pero en qué quedamos? Hablar con usted es para volverse loco. ¿No decía que quería ser aceptado y todo eso?

Luzbel sonrió como George Clooney en Good luck.

-¡Mi querido muchacho! ¡Siempre tan ingenuo! Sólo se acepta a los fuertes… ¿No te has dado cuenta hasta ahora? ¿Has visto a alguien que admire a un poeta o al cobrador de la luz?

Alfonso asintió.

-Eso es lo malo… La admiración puede ser lo más vulgar del mundo, y el mérito un demérito. Como los conciertos del Parque de Berlín. Se llenan sólo si los da una panda de descerebrados caóticos que no han visto un clarinete ni en los dibujos animados.

-A usted le admira mucha gente, por eso…

Luzbel arrugó la frente. Se parecía a papá cuando despertaba de la siesta.

-¿No dice ese gordo calvorota que una peli es mejor cuanto más formidable sea el malo? ¡Estoy aprendiendo! ¡Y ya era hora de que dijérais algo interesante! Entre la expiación judeocristiana y los filoteólogos de campanario y mucete estaba aburridísimo… -Hizo un gesto de complicidad, como si ya fueran tan amigos-. Os haré una confidencia… Allí -señaló hacia arriba, donde la cúpula se perdía en la niebla- también se aburren. Sus corifeos están perdidos de panfletos y acertijos, nada de Oporto o Jerez, que sí son inventos divinos… En fin…

Alfonso reciclaba a toda pastilla la información. El calvorota era Hichcock, claro… Luego estaba la caterva de filósofos y el potingue de teólogos y místicos, incluyendo los fanáticos del Libro y de la espada o la cimitarra… Pero esos no eran aburridos precisamente, si te daba tiempo a correr…

-Oye, tío. ¿Te acuerdas de Homero? Sí, hombre, el ciego de las epopeyas.

-¿Gilgamés? ¿Hércules? No te sigo…

-El de Cocteau y los los negritos brasileiros tan monos…

-Que no, Laura. Me lo contó papá porque en la enseñanza española de los últimos veinte años se aprende a escribir, las cuatro reglas y cómo hacerse rico siendo medio analfabeto. Un héroe se hace más fuerte cuanto más valor tiene su enemigo… Aquiles toma el poder de Héctor, cosas así.

-Me suena a Frazer, los tabúes de la rama dorada…

-También. Si insultas o ridiculizas a tu adversario, te defines a ti mismo. Entonces la victoria no sabe a gran cosa.

Luzbel sacudió la melena. Le llegaba a los pies, como un manteo.

-Sois un poco repollos, amiguitos. Desde luego la Prixar no os selecciona para una animación, y para la tele tenéis más vetos que en la ONU.

-Es que las cosas, a veces, no son lo que parecen. -Yovi había aparecido de nuevo.

-¿Y por qué no?

Yovi señalaba el aire, donde parecían estar suspendidas sus palabras.

-¡Porque ocho por cinco son cuarenta y no treinta, Yovi, caramba!

-Claro, claro. No lo niego. Sería absurdo.

-¿Entonces?

-Pues que cuarenta son treinta en otro ábaco… En un cálculo cuyas palabras reflejen ese mundo diferente.

-Los escritores dicen que sus personajes andan por ahí escribiéndose. Así justifican que no se les ocurre nada a ellos, claro.

-¡Vaya! Speculum artis. Un reflejo que multiplica los errares.

-Los errores.

-Ambas cosas, si te fijas. ¿No es errar cometer un error?

-En mi Escuela, lo mejor era no saber. O dudarlo. El placer de la oscuridad, de no conocer ni el pasado ni el presente. Sólo el futuro.

-Un mundo al revés.

-O todo lo contrario. Un cristal, quizás.

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