Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 86

HISTORIA DE LOS DOS HERMANOS

A LAURA le parecía que aquello era como las mil y una noches, cuando SHEREZADE contaba historias al sultán. Sólo que ellos las vivían. En cierto modo alguien las narraba, y como el pensamiento hecho palabras que aprendieron del PÁJARO SOÑADOR, los cuentos se hacían realidad. O eran realidades antes de ser narrados, quizás. La posibilidad de un mundo al revés no era tan descabellada. Una vez pensó en esa idea, una vida que comenzara cuando se acababa, y tal vez una vida que pasase de la vejez -una edad común, porque habrían desaparecido, lógicamente, esos estadíos intermedios, en los que la gente se muere antes de tiempo- a la madurez, a la juventud, y progresivamente a la infancia y al seno materno, como decían los sabios, pero ahí ya se perdía, porque entonces, ¿qué había de pasar?. ¿Una nueva vida, o un retorno a la célula, o al mundo de lo posible? Laura resoplaba en esos momentos de reflexión, y se acordaba de la abuela. Ella la abrazaba, y la hacía sentirse segura incluso cuando estaba enfadada o triste. Fuera de esos momentos, pocas veces alcanzaba esa lucidez de no necesitar tanto pensamiento, que llegaba a convertirse en un laberinto sin salida.

-Todo tiene salida. Incluso los cuartos cerrados –decía la abuela. Acuérdate…

Y señalaba la biblioteca, en el estante donde reposaba el armario de Narnia.

EL VALLE DE ALGODÓN amaneció nevado, y la nieve era más oscura que las nubes que lo cubrían, cuya blancura, reflejada en los LAGOS DE PLATA, daba ese brillo antártico a sus praderas interminables, vestidas de una hierba blanda que cubría todo el terreno, dándole esa apariencia que justificaba su nombre.

-Claro. Las cosas se dan a sí mismas el nombre que les corresponde.

-Bueno. De eso ya hemos hablado mucho.

La mañana era fresca, pero no tanto como cabía presagiar la nevada. Los DOS SOLES, que a Laura le recordaban algo que había oído de pequeña, aparecían con frecuencia entre las nubes, a las que daban unas sombras profundas, como si se recostasen en ellas, acunados por su propia luz.

YOVI señaló al fondo. Se le daba muy bien, con sus ojos de águila y las dotes de precognición que había rescatado de la herencia de las HADAS.

-Es la CASA SIN PUERTAS. Los hermanos ya nos habrán visto. –Indicó un punto en el cielo. Parecían aves de metal-. O sus indicadores les habrán informado.

ALFONSO se inquietó.

¿Indicadores? ¿Es que hay por aquí satélites espía? ¡No me digas que seguimos inmersos en el proceloso universo de las tecnologías!

YOVI sonrió.

-¿Y qué te creías? ¿Que nos comunicábamos con tam-tam? –Dudó un momento- ¡Ah, ya sé! –Movió la cabeza como si hubiera resuelto un sudoku difícil- ¡No, hombre! Eso de la clarividencia, la telepatía, en fin, las facultades paranormales, pues sí, están más explotadas… Bueno, los INFERI las utilizan mucho, pero es por comodidad. En su ambiente resulta más ergonómico que encender pilas de uranio o los interconexores de plutonio.

ALFONSO puso cara de minero. En realidad parecía un cantautor rico poniendo cara de su abuelo

-¿Uranio? ¿Plutonio? Pareces un físico nuclear.

-Hace mil años, en la parte del universo que nos concierne, o sea, algo así como cien mil de la Tierra –porque esa ecuación del tiempo va siempre al revés, o sea que cuando volváis ni os habrán echado de menos, pero también para nosotros transcurre a la inversa- pues hace mucho se descubrió la energía sin desgaste y sin riesgo. Hay quien opina que no fue un descubrimiento, sino un regalo.

-¿Un regalo de los dioses? –Laura musitó- ‘Timeo Danaos…’

-Et dona ferentes’ –terminó la cita una voz de contralto, alta y clara, que surgió de la maleza. O eso parecía.

-¡MIRTA!

El HADA CONSEJERA besó a los pequeños, que dormían aún en el carrito de las AVES ZANCUDAS. Luego abrazó a los demás. Laura no le soltaba la mano.

-No es que vayáis a necesitarme, pero al saber que andabais por aquí…

-Vamos, MIRTA, no disimules… Esto estaba preparado.

Lo dijeron al unísono. El HADA fijó los ojos en el extremo del VALLE, donde se alcanzaba a ver un punto oscuro inmóvil. Luego miró al cielo. Los pájaros de metal habían desaparecido.

Parece que no les interesamos mucho… En fin. –Se dirigió a YOVI-. Dicen que están con DARMUZ. Estudiando una lengua nueva.

-¿Pero de quienes habláis?

Mirta y Yovi contestaron a la vez.

Ya lo habéis oído. Los HERMANOS. Unos gemelos tan semejantes que más que univitelinos parecen clones. Lo aprendían todo tan rápido que hicieron para ellos una escuela, la universidad de BABEL. Saben cien lenguas, la mitad de ellas extinguidas, con las que pueden comunicarse con todo ser viviente, incluyendo los animales y las plantas.

-Crecen muy despacio. Son aún niños, adolescentes, quizás. Son tan independientes que el mismo LUZBEL ha desistido de captarles para su EJÉRCITO DE MENTES MALIGNAS.

-Pues que le vaya bien –dijo ALFONSO. ¿Qué tienen que ver con nosotros?

MIRTA le zarandeó cariñosamente.

-¡Pareces un senador vitalicio italiano discutiendo presupuestos! ¡Yo a lo mío! ¿No? Pues todo nos afecta. Y es verdad. Quizá no tanto como eso de la mariposa que mueve sus alas en el otro extremo del mundo… Pero nos afecta.

-Como el cuerpo místico. O el karma.

YOVI sonrió.

-Tenemos una buena empanada de conceptos. Es la moda de la mística oriental, que os invade. Pero eso es como la comida de los restaurantes chinos de Madrid, que está muy rica pero no se parece en nada a la Han auténtica…

Se oyó un ruido sordo y profundo. Las hierbas parecieron peinarse en la pradera. Se movió el suelo. Los pequeños se despertaron, inquietos.

-¡Qué pasa!

-¡Un terremoto! –A Laura le espantaba incluso el nombre.

MIRTA les tranquilizó. O eso intentaba.

-Es un sonar de ultrafrecuencia. Lo mandan ellos –señaló en la misma dirección, hacia el punto oscuro, que estaba más cerca y parecía un cubo de metal-. Quieren saber cómo somos, cuantos, si suponemos un riesgo… En fin, ve a saber lo que han aplicado a su técnica, que era ya superior hace años.

El PÁJARO SOÑADOR parecía enfadado. De verdad. No como cuando Anita lanza sus lagrimones por cualquier cosa.

-¿Sabéis lo que os digo?

No esperó la respuesta. Los niños le miraban, además, sin saber qué decir. También esperaban algo malo, o algo diferente. El PÁJARO SOÑADOR batió su ala derecha.

-¡Mala señal! –susurró Alfonso-. Si fuera la izquierda… –Se encogió de hombros- ¡Cada cual tiene sus manías! Mamá cuando está relajada se pellizca el pie y se atusa el pelo, ya ves.

Laura le lanzó una mirada asesina. Pero antes de que pudiera hablar…

-¡Pues que os vais con la alfombra!

YOVI se tapó la boca con la mano. De todas formas se le escapó algo de risa. Y parecía viva, y rápida, fugitiva como un lepidóptero huidizo.

-¡La alfombra! Vamos a tener agujetas.

Le miraron como si fuera a suspender el concierto del boss.

-Parece un híbrido de baile y gimnasia… No se me ocurre nada gracioso, ya veis.

ALFONSO entrecerró los ojos, como si pensara.

-¿No se tratará de…?

-¡Una alfombra voladora!

YOVI habó en susurros.

-Cosas de ondas y de física, no creáis. Pero aún no está perfeccionada… ¡A veces se cae!

LAURA recitó:

-‘Quandocumque bonus dormitat HOMERUS…’

Alfonso asintió. El abuelo le había enseñado algo de latín.

-¡La perfidia de la física! O sea, que la magia siempre está cerca de la ciencia.

YOVI tomó la mano de ANITA. ALEX se agarraba a la niña como una lapa.

-Más aún de lo que creemos… Y hablando de fe, es algo confuso… Pero también se le parece.

ANITA quiso soltarse. YOVI la regañó:

-¡Ana, por favor! ¡Lo único que faltaba es que te perdieras ahora!

Los pequeños se miraron. Eso es lo que les gustaría. Que les dejaran en paz, en aquel sitio tan maravilloso.

ALFONSO retomó la idea. Es lo que hacen los ingenieros. Para despistar.

-Cosa de ondas… Las mil y una noches. Las botas de siete leguas… ¡La máquina del tiempo!

-Y repetir los actos de los dioses –dijo YOVI-. Por cierto…

Señaló al oeste. En la colina se hizo una luz dorada. Del centro de la tierra se alzó un rumor musical, grave.

-Ahí viene un consejero… O eso se cree.

-¡Vaya! Ahora nos tocará negociar.

-Tú llamas así a hacer lo que nos dicen… Bueno; es lo habitual cuando no se quiere discutir.

ANITA y ALEJANDRO habían desparecido. La hierba alta, como el velt de sudáfrica, se movía, cruzada por algo pequeño e invisible.

-¡El territorio de los dientes de sable! ¡Es muy peligroso! ¡Comen gente!

Salieron disparados. Pero los pequeños no estaban moviendo la hierba. Al contrario; les miraban escondidos tras el tronco de un árbol, jugando como quería Alex siempre. El árbol ronroneaba como un gato meloso. Un baobab de ramas enormes, como los brazos de gigantes.

La luz avanzaba como un alba de mayo, a raudales, y el sonido de la tierra conmovía la superficie, a la que llegó una voz metálica. Su dueño, como el espantajo de Oz, tenía el corazón de chatarra vieja.

-¡Se parece a la de papá! Siempre estaba mal de la garganta. –Los pequeños estaban con la boca entreabierta, como dos angelitos resfriados a punto de estornudar.

LAURA movió la cabeza, negando.

-Es demasiado tarde. No podremos rescatarla…

YOVI le dio un toquecito en la espalda, un tic de colega.

-Ya veremos… Estos –dijo señalando a los peques- son una bomba de energía… Y positiva.

-Ya lo sé. -LAURA les abrazó, y ellos se dejaron, por una vez, como dos cachorritos mimosos-.Pero ni siquiera sabemos si él estaría de acuerdo.

YOVI negó esta vez, gesticulando.

-Le engañaron, seguro. Pensó que podían recuperarla, y de repente vio que aquel juego le iba muy mal. Entonces ya no pudo volver.

-WERTER –dijo ALFONSO-. El viejo truco del mal. Y el secreto de tantas desapariciones. -¡Plaf!

LAURA rechazó con las manos el gesto.

-No hagas eso… Él volverá.

-Sí. Como MacArthur. Con la sexta flota –señaló alrededor-. Ahora que se han extraviado dos cruceros ligeros y los japos nos lanzan el banzai.

Los niños se asomaron. La luz les precedía, a la distancia de un pensamiento gris.

-Pero…¿somos amigos?

El gemelo la miró como nunca lo había hecho antes. O eso le parecía a Laura. En el fondo de sus ojos latía un destello rojizo, como el rescoldo de una hoguera.

-Queríamos ir con vosotros. Pensamos que era…

-La única forma de librarnos de nosotros mismos. O de lo que nos hicieron. –El otro hermano terminó la frase, que parecía pronunciado por uno sólo.

-Somos amigos –respondió Laura, sin saber muy bien a quien-. Y podéis acompañarnos, claro, cuando queráis y todo el tiempo que os parezca bien.

Movieron la cabeza.

-No se trata de eso. ¿Sabes? Aún no has comprendido dónde estás, y para qué. –Hablaba uno y seguía el otro. A Laura comenzó a dolerle la cabeza-. Él si lo comprende –señaló a Ales, que les miraba muy serio-. Lo mismo pasó con nuestra hermana. Hasta que se marchó.

Los gemelos callaron. Algo se interponía ahora entre la realidad y sus recuerdos, como una tela que separa los espacios de una habitación.

-El tiempo… –Laura dudaba, tenía miedo de equivocarse hablando. El silencio, sí, era mejor que las palabras, muchas veces. En ese momento, seguro. Sin embargo, no podía callar, no le era posible, porque todas la observaban-. El tiempo –siguió- pasa aquí mucho más lento. Mirad, vosotros no habéis cambiado, sois…

Los hermanos sonrieron.

-Mutantes. –Se echaron a reír, convulsivamente-. También lo pensamos nosotros a veces. Pero no. La explicación es muy sencilla, mucho más que todo eso… Se trata de las dimensiones. Las ecuaciones espacio-temporales, que son más complejas de lo que cabe imaginar. –Suspiraron al tiempo-. ¡Es el secreto de Dios!

-¡Y de Luzbel!

Todos miraron a Anita, que se agarró fuertemente a la mano de Alfonso.

Puede ser”, pensó Laura. Pero no se atrevió a decirlo.

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