Micro-relatos. (Preces, Vita, Vacua, Clasic, Vita, ¿?, Seven).

PRECES

Lo único que M. no hacía en las catedrales era rezar. Le gustaba atravesar el atrio imaginándose en los tiempos antiguos, aún golpeando los muros el buril de los canteros, sabios y nómadas de piedra. Cuando el frío granito no rezumaba su invierno de musgo, M., sentado en uno de los largos bancos de nogal, o, si posible, recostado en un sitial del coro, aceptaba en silencio una felicidad transparente. Porque desde que sus manos coincidieron con las del Apóstol en el pórtico de Santiago, M. reconocía en los atrios gastados, en las emplomadas vidrieras, en las pilas de cristianar, labradas en mármoles eternos, una voz que le comprendía porque era su propio silencio. En ello demoraba unos instantes que M. suponía impregnados en Dios. “O en los dioses”, le susurraba una pulga masónica que saltó del collar del galgo. Entonces vio la letra de Juan, bajo su cruz: silencioso amoroso, eso es la oración. Y supo también que rezaba cuando tras colocar la sabanita de sus hijos, les miraba largamente, largamente, callado.

VITA

“Acabo de comprenderlo… Sólo me ha costado toda la vida”. M. cerró el libro, y con ese gesto aquella última frase saltó de entre las páginas como una pulga amaestrada. “Eso me está pasando a mí. He necesitado toda mi vida para comprenderla”. Movió la cabeza, buscando la pulga tal vez, aunque estaba seguro de haberla visto ya con su hato de peregrino al hombro, camino del Circo Mundial. “Ahora me dará por escribirla, y eso sí que resultará aburrido. Porque en adelante no va a pasarme ya nada”. En el DVD habitaba la flauta mágica, en voces e imágenes siempre nuevas, y eso era, pensó M. finalmente, eso era lo importante.

VACUA

Aquella tarde M. se había sentido viejo. Frente al NH de Príncipe de Vergara, mientras se despedían a la española, extendiendo la charla como un tentáculo interminable, como los dos ¿últimos? cazos de la sopa en casa de la tía Angelina. Escuchaba atentamente, asentía, y comprobó cómo en el mosaico de la conversación él no colocaba ninguna tesela. “Se me han perdido las palabras”, musitó, tristemente, porque llevaba un buen rato buscándolas.

CLASIC

Andaba M. buscando la frase, pues le habían dicho que la precisión era el alma del pensamiento. Le sucedía a M. lo que a esos estudiantes pícaros, que se preparan las lecciones de puntillas, en el último momento, y las olvidan tan de repente que parece como si nunca las hubieran aprendido. “Esto, del ingenio debe ser, o de la cultura, y todo ello, lo que sea, en profundidad, y yo, M., soy diletante y de poco intelecto, así que mal me va la respuesta precisa y oportuna”. Porque pensaba en esas ocasiones en las que el gesto del interlocutor denotaba su menosprecio, o su desdén, y como Calígula en las letrinas su culo se encogía, por muy emperador que fuese en el imperio de los burócratas, agazapados tras su mesa al estilo de las retaguardias de intendencia en las trincheras. “Es que la opereta no es tan chusca tras las bambalinas”, le dijo en alemán un suizo poeta, y M. recordó la sonrisa nueva del embajador en el umbral del palacete, cuando la sombra del ángel exterminador se cernía sobre las aguas fecales; y también en el gesto de Jano que albergaba las fauces de los polis según hablasen al pueblo o a sus próceres. El caso es que siguió buscando la frase precisa incluso después de quedarse profundamente muerto.

VITA

Cuando M. se dio cuenta de lo asquerosa que era la vida…ya llevaba mucho tiempo disfrutando de ella. Así que decidió continuar como si nada, pensando tal vez en el guarro genial: No tengo dinero, ni amigos, ni esperanza: soy el hombre más feliz del mundo.

¿?

Se dio cuenta M., quizás ya tarde. Porque la sombra que le derribaba era su yo, aunque quisiera sustituirla por los otros. Sobre todo por los cercanos, así de fácil. “Me absorbe la alegría, me debilita”, musitaba viéndola. En el espejo su sosias sonreía, pagado de sí mismo, con monedas del mismísimo Lucifer.

SEVEN

Las torres envolvían el mundo. Un fragor de cometas y el polvo interminable de los escombros grises y negros, el aire muerto. Todo caía, derribado como la primera Babel. “Soberbia, el inicio de los siete”, dijo M., temblando. Habían elegido al más torpe, quizás porque les agradaba el tembleque de su índice pulsando los resortes. Las ciudades que quisieron llegar a lo más alto iban cayendo, y la historia seguía ignorada. “¡Vaya con los dioses!”, musitó M., más tranquilo, quizás ya muerto.

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