El narrador de historias. (Eclesiastés, Ano, Vado, Fugit, Nox, Dicta, Stultus, Coelum, Jueves).

ECLESIASTÉS

-El número de los idiotas es infinito,

y yo los conozco a casi todos.

ANO

No le había preocupado, hasta entonces, la imprecisión. Mejor dicho, no le había preocupado, hasta entonces, su imprecisión. Pero aquel día, al limpiarse, anduvo un buen rato buscándose el esfínter. “Estuvo”. “¿Cómo?”. “Digo que estuvo, salvo que lo buscara al tiempo que se desplazaba”.

VADO

Buscaba entre los escombros, había tantos que el resto del mundo perdía sentido, también perdido en los restos de sí mismo, como los supervivientes de un cataclismo, soldados tras la matanza, mercenarios de almas congeladas. Y todo a la recherche de un niño cansado que se hiere, porque a nadie se atreve a herir más y con más dolor que a lo suyo. “Y ahora”. El viejo de barba cana miraba los estragos del poniente en las nubes bajas, rotas para siempre, y ordenó a su alma beber hasta embriagarse, porque en el sueño estaría la respuesta. El viejo de barba cana deseaba morir, pero no se atrevía a pensarlo por si su deseo era el sueño del joven dios que le asistía en aquellos instantes del ocaso, cuando los altos vencejos buscaban ya la oquedad inerte del silencio. “Nunca me excusaré, pues lo que hice fue inevitable. Me lo ordenó el destino”. El joven tiró al suelo la mochila de campaña, y supo que iba a ser difícil cruzar el ancho y lejano río.

FUGIT

Había sido un frágil y nervioso discípulo, pero compensaba sus carencias con una voluntad insomne. Cuando llegó la hora, rasgó sin vacilar la piel tensa de su pecho con una obsidiana caliente. “Sentiré el dolor de tu partida, maestro”, musitó mientras la sangre endulzaba sus pies desnudos. En la montaña oculta rugía la camada rubia del jaguar. “Huye, no es el tiempo de la gloria”, le decían, y su respiración agotaba el tiempo, lo único que realmente amaba.

NOX

-El tiempo se me va –la miraba con ojos tristes; “de simio”, pensaba ella. “No es el tiempo, eres tú –le susurró.

DICTA

-Su Inminencia está a punto de llegar.

-Su Entidad descansa en la silla siestatoria.

STULTUS

El perro galopaba como una exhalación. Yo estaba fijo en su lengua hipnótica, de aquí para allá, de allá para acá, un badajo de fresa. Ya era tarde cuando me percaté de que había olvidado su nombre.

COELUM

El contador de historias alzó levemente la mirada, pero no en busca de inspiración, sino porque el airecillo que movía las hojas del carballo iba en aumento y una panza de burra aflojaba ya las primeras gotas del chaparrón. “Será de burro”. “Bueno, es panza, y no Sanchico”. Este diálogo nunca se produjo de veras y es soliloquio sin amo, como galgo derelicto.

El contador de historias se refugió con su pequeña corte de títeres en el cobertizo, del que habían sido expulsadas las vacas locas, que sí entendieron, sí que se volverían locas, porque eran locas burócratas, o sea por Decreto.

Allí, a cubierto, mientras el primer trueno otoñaba el lugarón, el contador de historias parpadeó dos o tres o quizás cuatro veces, para aclarar una mirada algo présbita o un pelín diatónica, el caso es que no podía apañarse con manzanilla amarga o un colirio ad hoc.

Y cuando sonó el segundo trueno junto con la cascada gris que descargaba sin tino y sin mesura sobre las cepas y los huertos y el bosquecillo de eucaliptos voraces y el asfalto de las calzadas y los laxes del río, y las truchas de metal se ocultaban en las cuevecitas de las piedras que eran como bocas pintadas entre el musgo o como túneles del tiempo, el contador de historias dijo a su clientela: “Os voy a contar ahora una historia que viene al pelo, y que me contó a mí un viejo pastor sin ganado, en un aprisco como éste, que aún huele al calor de sus morros fríos, ya me entendéis”, dijo, y nadie le entendía.

La historia era ésta: una niña no quiso ir al cielo porque allí no estaría su padre, que era guardia, y su madre, que era lavandera, y su hermana mayor, que era un poco pendona, ni su perrito, que era un perro aunque a veces no lo parecía, ni su maestro, que bebía un aguardiente blanco, o mejor transparente como las pupilas ciegas de su amiga Belisaria, la niña que perdió los ojos y volvió a encontrarlos y a perderlos de nuevo, en una pugna reiterada entre ángeles y demonios que acabó, al parecer, con éstos vencedores. Y es que la niña, que se llamaba Eulalia y había tenido una tatarabuela griega o turca o medio rusa, y aún conservaba de ella una postal escrita con claras letras extrañas, pisadas de gavilán en el rocío, pues tampoco iba a entrar en el cielo. “¿Y eso?”. “Es que dice que no lo entiende”. “¿Y quién?”. “Resignación”.

Había una vez un niño que cada noche rezaba su oración, y pedía por todos, o sea, pedía porque estuvieran buenos y no pasaran calamidades. Pero no daba resultado aquello de pedir y entonces preguntó y le dijeron que luego, al morirse, irían al cielo y allí todo estaría bien y cosas así. Entonces el niño dijo que si era como lo de los moros, porque en su enciclopedia escolar hablaban del paraíso y le dijeron que mejor pero distinto. Y cuando se lo pensó dos veces y además supo que algunos no irían, pues dijo que mejor hablaban con alguien para bajar a Jesús de la cruz y apañarse fuera de ese cielo tan lejano y oscuro que tronaba ahora por tercera, por cuarta, por quinta vez…

JUEVES

Es un ente biológico”… “¿Y?”… “Intestino, sinuoso, discontinuo…” Un conflicto –pensó- como explican los historiadores… “¿Un ente?” Le observaba con la cifosis a escala planetaria, lejos el arquetipo. Aún así, por las escamas, recordaba al ancestro. Frotó los maxilares, que chirriaron como los conceptos electivos. “Florentino. Suena a gerente del fisco”. “Fiscal, diría. Un renacer”. Aquella conversación en clave iba a terminar pronto, con cualquier ruido. Con cualquier bostezo o sueño, que era un material inconsistente. “Somos todos. Adivina, adivinanza”. “No había caído”. Cerró el ojo de cristal, verdeacuoso. “En realidad, aún no caigo”.

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Una respuesta to “El narrador de historias. (Eclesiastés, Ano, Vado, Fugit, Nox, Dicta, Stultus, Coelum, Jueves).”

  1. pedrochincoa Says:

    Interesantes microrrelatos, algunos sugieren imágenes un tanto bizarras, otros tienen un tono de inquietante fantasía. Volveré para leeros. Un saludo.

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