Micro-relatos. (Voyage, Hipo, Hipnos, Palabra).

VOYAGE

Los párpados hinchados guardaban una pelota de goma en movimiento hacia la portería o la canasta o el palo-dolmen de ese juego infantil llamado rugby. Tal vez era un gorrión agonizante, prisionero en la redecilla de un sádico cazador de pajaritos. O la gata sobrina del gatopardo, taquicardia al recibir el camafeo con el perfil romano de su pretendiente suburbial. M. le miró, justo cuando sonaba un regüeldo y la figura inerte en el resto de su anatomía cobró vida, resoplando como la chimenea de un crucero fluvial movido a noria y buscando el envés ciego de una pared recién pintada de gris. “Viaja”, repitió -porque creyó que alguien le escuchaba, y lo explicó seguidamente, como si hubiera leído el epígrafe de un relato esperado. “Ahora circumnavega el mundo, sólo que haciendo surf, y eso le lleva algo de tiempo. Es una de sus cualidades, la paciencia”. “La esperanza, mejor”, dijo el otro, “que es una teologal”. A M. le gustaban esas sutilezas, como salidas de un guión cortado al bies, que es el corte de los chorizos y de las tediosas derrotas. “Llegará, pero tarde”, se oyó, y M. buscó entre los limoneros la sonrisa el gato de Cheseare o como se diga, que lo surreal, al fin y al cabo, es lo único que puede inventarse o desfigurarse o deformarse, sin que lo parezca en absoluto.

HIPO

Los veía, neblinosos. Distantes ellos, él inútil. Los ojillos aún más ojillos, o sea menos ojos, pegados a los restos de un cerebrillo nada marcial, más bien lo contrario, o sea de andar por casa, una casa en penumbra, nada de desfiles al sol. Ritmo era un sonsonete pardo, como el de las máquinas insomnes que guardan en su estómago la indigestión de nuestros pesares. Él creía, M. que la culpa era de los otros, seres odiosos que siempre iban deprisa o le miraban como si fuese a pedirles el óbolo. Pero al fin supo, por un azar y una lectura hebdomadaria –a más no llegaba, lento y apagado como un rocín famélico- que la culpa era del biorritmo.

HIPNOS

M. recordó el maletín, como se recuerda la línea gris de un horizonte inventado. Lentamente desplazó su memoria, que era un atributo denso, fatigándose en el camino hasta el lugar donde, quizás pocas horas antes, dejó su carga. Estaba M. harto de las líneas agudas como pensamientos de Adriano que reventaban su propia estimación y se instalaban entre las sienes como un parásito. Le dolía su mediocridad, tal vez lo único de lo que M. era verdaderamente consciente. En el maletín reposaban los planos. Un hallazgo inusual, la solución de enigmas que importarían a muchos, y por lo que iban a pagar cantidades que a M. le parecían ofensivas. “Estamos locos de la peor locura”, musitó, deteniéndose, y pensando que tenía sueño. Objetos cotidianos ocupaban ahora el paisaje, las habitaciones que ruidos continuos aturdían, sumiéndolos en una neblina ocre. A través del tiempo, M. supo que ya no le importaban las mismas cosas, porque se había doblado la servilleta. “Una ecuación desvelada. Dios habla a través de la recta razón”. “Razón un adjetivo. La receta de una nouvelle theologie”. Tosió sin rubor, y la salivilla infectada recorrió los espacios de luz habitados por el polvo en suspensión del mundo.

PALABRA

A M. no le satisfizo comprenderlo, al fin. Había pasado los últimos años, una década y un lustro al menos, indagando el por qué. La mirada oblicua de su orondo psiquiatra le traspasaba cada jueves, como en un acto antinatural, y eso le preocupó durante mucho tiempo. La primera fase de su comprensión holística llegó durante una siesta, justo el día que murió Cela, quizás al mismo tiempo. Supuso que el custodio del genio –Dalí nunca habló de él, porque se lo censuraba el viejo présbita mezquino- había huido avergonzado, ya que ellos, ellos, sí, querían hablar directamente con Dios. Le rieron la gracia, en la Corte, y el séquito de paniaguados ni siquiera se percató de aquella sombra en el párpado del monarca. Por ella ascendió M., trasunto de bacillus oftalmicus, y lloraron juntos, desnudos en el himeneo. Pero la segunda fase de la Apocalipsis fue traumática. Cargaba las bolsas del súper mirando al suelo de Madrid, regado de inmundicias, que reflejaba las últimas colusiones de la Moncloa, cuando ya los ruiseñores, todos, habían sido devorados por los agentes de Gallardón el cementero movible. “M., M., por qué me persigues”, escuchó con la clara luna del ungido. Alzó la mirada; en el piso 13 del bloquecito de Concha Espina se apagó la luz. El túnel de ventilación del infraurbano expelía sus decibelios incontrolados, y jugaba el Bernabéu alguna copilla de oros. “Las palabras, hemos perdido las palabras”. Se detuvo. Asintió, como cuando el descifrador de enigmas comprendió la clave del último Banzai, precursor del 6 de agosto del 45. “Es el poder de las palabras, la magia de las palabras. Se ha perdido”. Tanto ocultar el pensamiento con la verborrea había sido superior a los poderes del sortilegio, incluso a las invocaciones brujas de la bella Hermione, sobrina de Hermes. ¿Entonces? Entonces ya nada valía la pena, porque eso, aquello, era el todo.

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Una respuesta to “Micro-relatos. (Voyage, Hipo, Hipnos, Palabra).”

  1. Brisa Says:

    Hermosos! Les recomiendo también: http://www.cuentosymas.com.ar
    Ahí hay muchos cuentos breves!!

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