Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 84

EL LENGUAJE DE DIOS

-Las instrucciones en clave de una sola célula llenarían mil volúmenes…¡Y sólo para el ADN! Entonces, ¿cómo quieres entender la lengua de lo infinito?

Algo no funcionaba bien, al menos no de la forma esperada. Porque si podía leerme el pensamiento, meterse en mi cerebro como un virus, debería saber que yo no pretendía tal cosa… Bueno, no exactamente… Recordaba, como si frente a mí pasaran las imágenes de una proyección de cine, los relatos que conocía sobre el lenguaje de Dios. Sobre todos ellos me impresionó el de los nombres, cuando el universo se extingue, se apaga poco a poco como los imperios y las luciérnagas, cuando ya no quedan nombres de Dios en el cómputo de las palabras. Si nombras a Dios, dice la Torá, algo inefable puede ocurrir; por eso es El Innombrable.

LUZBEL miraba de frente, y una vez me hubo traspasado, se detuvo en el espejo del fondo, donde albergaba quizás la memoria del mundo.

-Stultorum numerus…! No hay mejor definición para los humanos. ¡Qué desperdicio de genes inteligentes! No tenéis más que echar un vistazo a cualquier situación… Y si es con los retoños… –me miró otra vez, como si yo fuese una cría de oveja y no pudiera engordarme demasiado rápidamente- ¡Esos padres mentecatos que fomentan su estupidez…!

Me sentí como la última gota de un cóctel demasiado fuerte, deseando que alguien la apurara antes de caer por el sumidero. En realidad no me sentía, porque creí que se dirigía a otra persona. Mis hermanos seguían dormidos, con un gesto en la cara que reflejaba su alegría de vivir. Esto exasperaba al campeón. Yo también podía leer algo de su pensamiento, y es que basta para ello liberar la mente y dejar que fluya la energía, como el agua por el cauce de un arroyo.

-Luego están los ‘salvadores’ –ambos sabíamos a quién se refería, especialmente-. Los llaman ‘iniciados’ –sonrió-. Por algo deben empezar… Es curiosa la creación de los significados, que oscilan como una realidad que no se aguanta a sí misma…

LUZBEL hablaba como un escéptico desencantado, frisando los cincuenta, en la barra de un bar selecto, y lo hacía a un barman de corbata impecable que ejercitaba los triceps batiendo angostura. Por un momento pensé que se le había pegado mucho de nosotros, y que tal vez tuviera las mismas debilidades. Sobre todo la vanidad.

Me atreví a hablar.

-Es porque saben cosas que la mayoría ignora…

-Sí –se apresuró. Supongo que estaba esperando que dijera precisamente eso-… Pero es que la mayoría ignora casi todo… Todo, más bien, porque lo que sabe es eso que llamáis ‘pasar’, o discutirlo, nunca jamás aceptarlo y enriquecerlo.

Ahora sí parecía un pedagogo. Raro, pero maestro al fin. Me salió una risa sorda, y supe, por su expresión, que los que nunca ríen facilitan la causa de Luzbel. Supe también, pero eso llegó a ser una deducción lógica, que los prepotentes y soberbios son esclavos del MAL.

El SEÑOR DE LA PARADOJA corrió las cortinas del fondo, y se abrió ante nosotros una ventana sin bordes. Tuve una sensación de inestabilidad, casi de vértigo. Mostró, al fondo, una galaxia dorada.

-Aquí lo tienes. A escala. –Arrugó la frente, pero ese gesto no le envejecía en absoluto- Curioso ese cerebro vuestro… Una obra de experto, diría yo. –Meditó-. Desde luego el ingeniero no fue Rafael, ese pelota cósmico… Tenéis tanta capacidad como la de un sistema de cien millones de variables, y no utilizáis más que una infinitésima parte. Y eso en sueños.

La galaxia era tan hermosa que empecé a marearme. Era un placer exógeno que me invadía y me absorbía. Estaba fuera, y sólo sentía un reflejo lejano. NO habría podido resistirlo por completo. ¿Sería esa la visión de Dios?

LUZBEL cerró de golpe. Todo se desvaneció. Lejos quedaba la luz que le daba nombre. ¿Qué había sucedido? Sólo pretendió poseer algo que el MAGNO le había prometido, y ÉL no podía mentir. La sabiduría. ¿Acaso no estuvo justificada su oposición al CREADOR cuando su enviado le ordenó cesar en su empeño? ¡Su empeño! El hombre sería siempre limitado y dependiente si no alcanza el libre discernimiento, conocer el BIEN y el MAL… El PARAÍSO no era más que un simulacro de don, algo que ocultaba el auténtico. Aquellos seres hechos a imagen de DIOS no eran libres. Nadie puede serlo si está demasiado cerca del PODER. Y EL BARBAS lo encarnaba, necesariamente. ¿Por qué esa debilidad hacia el especimen que habitaba EL TERCER PLANETA? Recordó las noches de ORIÓN, el largo estío de las cien lunas, y su espíritu se estremeció. ‘Cum subit illius tristissima noctis imago… –Susurró- quae mihi supremum tempus in urbe fuit…’. ¡Nunca se había sentido tan deseoso de mortalidad como en aquel momento del exilio! GABRIEL parecía un adolescente humano dando lecciones de organización a un catedrático de metafísica. ¡Diablos! –rezongó, invocándose-. Se había limitado a mostrarles la naturaleza del saber, y ellos lo llamaron tentación y violación de la promesa. Lo importante era el resultado, y eso siempre se lo deberían los hombres –Movió la cabeza, como si negase su propio pensamiento- aunque seguían considerándole el arquetipo del MAL.

Ahora, por fin, llegaba el momento. Había encontrado la forma de vencer, y esta vez las legiones del CIELO no iban a superarle. Pero estaba aquel escollo: los niños del País de los Asombros. Aquella era su sede, y no podía combatirles debido a la gran magia ancestral de la fe y la inocencia. Su misión –que era como las constelaciones, arbitraria e irrevocable- les protegía. Le sorprendió una risa que movía su garganta, como si un barman novato le hubiera preparado el cóctel del siglo. ¿No se habían dado cuenta de que el auténtico mal era esa parte del hombre que le convierte en una plaga para sí mismo? ¡Ese era el que llamaban diablo! Los animales salvajes sienten pánico cuando olfatean por vez primera al ser humano, y huyen… ¡Por algo será!

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