Cuentos. (Veinticinco de diciembre).

VEINTICINCO DE DICIEMBRE

Hacía semanas, los ojos de ellos comenzaron a brillar con el frío húmedo del invierno. La piel de la ciudad tintineaba con la frecuencia del escalofrío o casi del miedo. En el bajo cielo desnudo, las nubes grises de la niebla y la ceniza. Yo, entonces, estaba triste.

Iba a pasear bajo los árboles afilados, entre los pájaros que se acurrucaban frente al calor de sus plumas. Me parecía observar un color melancólico, como antes del sueño, hasta la última línea de horizonte. Mis piernas pesaban más y más cada ida. Y yo estaba triste.

El viento nevado hacía enrojecer las mejillas. las luces de color arco-iris estaban envueltas en un sudario transparente y nebuloso. Bajo las pisadas rápidas crujía el asfalto limpio. Yo miraba los paquetes arropados contra el pecho por los viandantes, de rostro difuso y marchito.

El primer autobús pasó lleno. Una serpentina de bufandas se agolpó junto a mí en pocos minutos. Bajo los motores y los mil ruidos de siempre, la palabra dejó de acompañarnos. Ellos pensaban en sus cosas.

Alguien me ayudó a subir los breves e incómodos peldaños forrados de goma gastada. Olía a vaho multiforme y a ropa guardada. Cuando tomé el billete me sorprendió la palidez de mis dedos. El repleto transporte acomodó su carga como pudo y sonó un timbre diminuto, casi infantil. Quise alzar el brazo hasta la barra imposible. Un esqueleto de arrugas profundísimas, con una miseria de papel quemado entre los labios, me miraba derrotado en su asiento.

Y la tristeza recorrió, con su rígida llama de hielo, mi cuerpo dolorido.

De camino a casa pensé en la rapidez del tiempo. Mi deformidad aumentaba, y mi serenidad disminuía. El niño iba a nacer antes que el nuevo año. Esta vez sería cierto: habría una vida nueva. Un perro abandonó la esquina, y yo vomité por tercera vez.

El cristal medio suelto se quejaba de la lluvia. La pequeña lámpara del techo oscilaba suavemente, cansada también. Una vecina llamó a voces, la cabeza dentro del patio. Alguien contestó, y rieron de sus tristes cosas.

La compañía de mi hijo me arrojaba más aún en la soledad. Releí la última carta, fechada en ese país donde regalan el oro a los hombres. Los trazos irregulares ya no me decían nada. Quise dormir.

-Mujer, si estarás acompañada… Fíjate, la madre se queda contigo, y, además, yo regresaré por aquí a seis meses. Al fin y al cabo, sólo es una Navidad. Luego, ya verás como todo cambia. Ten en cuenta que necesitamos dinero…

Le escribí cuando lo de su madre. “Paciencia, hay que aguantar… La vida es eso: hacerse fuerte, y esperar…”. Ley de vida, dijeron. Pero a mí no pudieron quitarme la tristeza.

La música de días atrás sonaba de otra forma, distante y elástica, deformada por el cansancio y la histeria. Me explicaba con el argumento débil del enfermo el por qué de la salud ajena. Y no pude comprender jamás mi propia incomprensión, ahora precisamente, cuando los brazos abiertos de la sonrisa clavaba en el tiempo una promesa de amor.

Por un instante, creí ver en la masa oscura de la noche como nacía una estrella para mí. El color de la esperanza, o la firmeza de la decisión se revolvía entre las sábanas rápidas, pidiendo al día su despertar azul. Fue gris, lentamente frío y pesado. Pero yo tomé mis esperanzas, y salí a luchar, con la seguridad del triunfo y la torpeza del error.

Durante unas horas participé de su alegría: la de ellos. era una especie de fácil camino, trazado por la misma naturaleza y no por sus propias manos. Sembraban o recogían, no sé… En cualquier caso, los temblorosos acentos de la soledad huían de sus labios y no se posaban en los míos. Sobre mi vientre repleto de vida, el gastado abrigo dibujaba una columna remansada y fértil.

Le expliqué el caso a mi hermana. Tienen una bonita casa, de ladrillo rojo y un jardín grande donde los niños juegan. Ella es joven, como yo. No hay sitio: los pequeños ocupan el otro dormitorio. Las luces de su pequeño nacimiento de escayola pintada parpadearon antes de fundirse. Bajando la escalera, pensé que un apagón en Navidad también era triste.

Mi tío está como siempre: la roja nariz y las sonrientes arrugas de los ojos. La vieja, como dice él, faena sin cesar por todas partes. Esperan a los dos mayores con sus familias. Naturalmente, si no fuera por eso… Ellos tienen un pequeño abeto, con ropajes multicolor de fantasías y cristal. Las lucecitas minúsculas están apagadas, como frutos verdes.

Mi hermano siempre fue un poco raro. Sentía ganas de gritar en medio del silencio, y callaba con el grito de todos. Comía a deshoras y dormitaba durante el día. Creo que se dedica a escribir, pero no le va demasiado bien. Por eso acudo a él en último lugar. Y no está en su casa. La portera me indica que se fue con una mujer a América. Ella no hablaba español, y tapaba su cuello marchito con gruesas perlas. No la creí. Las porteras inventan chismes de toda especie.

Caminaba sin frío. No recuerdo el camino, pero eso no tiene importancia ahora. Dejé de pensar. Las puntas de mis zapatos estaban llenas de barro. Sentí un dolor difuso a lo largo de la cintura. El mazapán escarbaba mis dientes con la precisión testaruda de su azúcar. El estomago me llamaba con esos ruidos del hambre que no se siente.

Llegan los ecos de sus canciones: “Veinticinco de diciembre, pim-pam-pum”. Cada vez mas despacio llego a apoyarme en un farol de luz mortecina y tronco húmedo. Muy cerca se distingue la llama de un pequeño fuego, en medio del solar, las paredes mordidas, yertos los últimos escalones de mi suceso. Cuando paso cerca, chisporrotean las astillas prendidas dibujando una noche distinta.

Desde mi nube roja, llamé con los nudillos sobre la puerta desencajada. Me envolvió una blanca liquidez, caliente y espesa. Creí oprimir otra mano diferente y junto a mis oídos, dentro de mi boca debió sonar un grito. No puedo hablar, no puedo hablar, quise decirles, sin saber a quién. De todas formas, ¿qué les importaba a ellos? ¿O qué podía contarles? Todo estaba a la vista. Mi vacío se hizo oscuro, y la sirena que pudo sonar tomó asiento cerca del brocal. Los pozos amargos mantenían su fondo de algas teñidas, y los rizos dorados de mi muñeca.

Entonces llegó el laberinto, y la tristeza se diluía en su espiral interminable. Me estalló la cintura, oprimida por un neumático inmóvil en la cumbre del aplastamiento y del dolor. Creí ver cómo la noche terminaba, derrumbando sus cascadas de polvo hacia el abismo hecho poniente. Y volví a escuchar aquel grito que sonaba en mis lágrimas de niña y de madre. Lo único que dejé de sentir fue la tristeza.

Porque las agujas del tiempo ensartaban una y otra vez mis brazos morados, y mis cabellos se erizaban hiriendo los párpados. Una lengua de sangre cruzó el vendaval de mi carne sedienta, la piel y la sequedad del labio. Le llamé a gritos, y en el espejo pude ver su mueca feliz , la espalda vuelta a lo real, como en las huidas. El miedo se hizo un nido de araña entre mi paladar y mi voz, y, al fin, sonó el llanto nuevo de la vida.

Aquél mínimo aliento era capaz de calentar todas las almas. Alrededor, unos asustados ojos. Varios niños sucios, desarrapados y felices. Sin saberlo, yo sonreía. Uno de ellos, negro y brillante, con los calcetines rotos y el pantalón remendado se acercó. En sus manos, un trozo de plástico con forma de juguete.

-Es para el niño.

Y se marchó corriendo. Mi hijo tuvo, además, una canica, un trozo de regaliz, y una mina de lápiz.

En los dedos del amanecer estaba aún prendido el eco de sus canciones: “Veinticinco de diciembre, pim, pam, pum”.

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