Cuentos.(Laura en el país de los asombros). 82

Miraron hacia abajo.

En realidad sólo podían mirar hacia abajo. Y allí estaba. A su lado, un río, azul pálido como el cielo. Un agua de gelatina.

-Ete, tata, dice Ales.

El Pájaro Soñador tiende su pico, sube a la grupa a los niños. Primero a Anita, delante. Alejandro se agarra a su cintura.

-Ete, tata.

-¡Alejandro! ¡Que me vas a tirar!

Ascienden suavemente. Bajo ellos un valle de suaves colinas, un río y una fuente.

En la fuente, junto a la fuente, se detienen. Un hombrecillo con una jarra aparece como por ensalmo. Tiende la jarra bajo el chorro de agua, que parece saltar a la búsqueda de sí misma, y se escapa siempre. El agua entra, y entra, y se queda dentro, pero la jarra no se llena nunca.

-Ete, tata, aba –dice Alejandro.

-Soy el Aguador –dice el hombrecillo cuando están a su lado.

-¿Y qué haces?

-Lleno la jarra. Hace años que estoy aquí, pero no termina de llenarse.

-¿Y a dónde va el agua?

-A donde hace falta. En el Valle de Algodón nadie tiene sed. A nadie le falta agua.

Así supieron el nombre del lugar.

Los niños miraron el cielo, de un rosa celeste.

El Pájaro dormitaba. Y el hombrecillo Aguador recitaba una cantinela monótona, como el sonido de la fuente. Anita suspiró, dando la mano a su hermanito.

-¡Si estuvieran aquí Laura y Alfonso!

Los dos mayores seguían buscándoles, con el corazón encogido. Alfonso, tan cerebral, tranquilizaba a su hermana.

-Están escondidos por aquí. Son unos bichos.

Pero algo fallaba. No habían tenido tiempo, y el pequeño habría salido ya. Porque los niños aguantan poco en el mismo sitio, quietos.

Llegaron a un bosquecillo, oculto tras el meandro ancho del Gran Río. Alejandro señaló con el dedito.

-Ete.

Una fogata iluminaba el portón oscuro de la cabaña. O eso parecía aquella casita cubierta de musgo rojizo que semejaba la cabellera de Rita Hayword, espléndida y luminosa. Alejandro rió.

-¡Ete!

Corría ya hacia la cabeza de la bella irlandesa, cuando algo le detuvo. Y no fue la voz de Laura, ni la expresión de Anita, ni el gesto de Alfonso. Fue que chocó contra una pared invisible. Un muro elástico en el centro del aire.

Alejandro se cayó de espaldas. Sentado en el suelo palpaba frente a él con sus manitas dirigidas hacia la casa.

-¡Ete! ¡Ete! –dijo-.

Y entonces ocurrió.

De lo alto del cielo se desprendió una nube de pájaros grises, que no eran pájaros, claro, sino pétalos de orquídea, grandes y flexibles como los pasos de un pony en la nieve. En el centro de cada uno, que eran las alas de mariposas sin cuerpo, destacaban esos ojos azules y rojos y amarillos que miran el alma de los niños.

Los hermanos se acercaron despacio.

Alfonso recogió del suelo un puñado de maná; eso le parecía. Se lo llevó a los labios, como si besara una reliquia. Laura tanteaba el muro invisible.

-¡Es como el límite del mundo! ¡Si pudiéramos atravesarlo!

-Es muy fácil

La puerta de la casa se había abierto, entretanto. Una figura menuda les sonreía. Tenía las formas inquietantes de una de esas hadas que ilustran libros de cuentos, como el de Alicia en el país de las maravillas… o cosas así, pensó Alfonso, que no había leído ese libro. Laura sí lo conocía, y tal vez hubiera elegido otro ejemplo, pero es lo mismo, si nos entendemos. Y eso sucede casi siempre cuando no se está haciendo la digestión, claro.

La ninfa, o hada, o ángel, o chica guapa, se les acercó sonriendo.

-Como suele pasar… Basta con quererlo lo suficiente…

Se acercó aún más. Cuando estuvo a un paso de ellos, tendió la mano.

-¿Ves? –dijo, y atravesó el muro invisible, que formaba una pulsera húmeda alrededor de su muñeca-. Haz tú lo mismo.

Laura lo hizo. Despacio.. Alzó la mano, luego introdujo el brazo, que formó un juego Dibujó un trazo o trazó un dibujo, porque las palabras funcionan solas en cuanto las dejas. Un dibujo de luces junto al otro. Como despidiéndose ambos de interlocutores antagónicos y simétricos (un símil de geometría que tal vez no venga mucho a cuento…).

El caso es que poco más tarde los hermanos charlaban animadamente –sobre todo Alejandro- con LISA (el nombre más parecido al suyo de verdad, que sonaba como si el viento se colase bajo una puerta blanca en una noche de tormenta, justo en un pueblo de Gales del Sur). Lisa les enseñó sus CAJAS.

-A vosotros siempre os hablan de PANDORA… Pero es por disimular… Pandora era la hermana díscola de la familia.

-¿La familia? –LAURA se mosqueaba cuando no entendía algo a la primera.

-Claro. –Lisa movió los brazos, y aleteaba como un ángel ensayando sus primeros vuelos celestiales-. La familia OLIMPIA. Todos los mitos provienen de ella. Es como la gallina de los huevos de oro o algo así.

Lisa les enseñó su LIBRO DE LAS FÁBULAS, donde había leído eso de la gallina y otras cosas que no había entendido demasiado bien.

-Bueno, tú mira las cajas. –Lo dijo como si fueran envases de bombones o botes de mermelada. Pero en realidad eran los secretos mejor guardados del mundo. A Laura le parecía que tal vez de ‘otro mundo’. No de aquel tan extraño en el que vivía Lisa, la NINFA (así le pareció que debía llamarla o recordarla).

La CAJA NÚMERO CINCO ponía ‘LUGARES’. Lo ponía en todas las lenguas, porque había un letrero: ‘BABEL’, que era como un ‘TRADUCTOR SIMULTÁNEO’. A ANITA le parecía un tiovivo de colores, y a ALEJANDRO –aunque no lo dijo- la ruleta de los barquillos de Lavapiés.

ALFONSO miró por el extremo de un tubo que sobresalía del extremo más ancho (porque la caja era oblonga y autodeformable como los globos de los prestidigitadores, que lo mismo son un aro que un caniche). Era un caleidoscopio que reflejaba un universo inquietante, aunque a Alfonso sólo le inquietaban los exámenes en la Facultad de informática, sobre todo los de matemáticas fractales. Y en ese universo había galaxias y constelaciones y estrellas… y sistemas solares, con sus planetas y sus satélites…y…

-¡Anda! ¡El LUGAR DE LOS NIÑOS LLORONES!

Nadie comprendería, salvo que estuviese mirando por el caleidoscopio, esa atomización tan…tan…atomizada. ¡Un lugar de niños llorones! ¡Lo mismo aparecería un lugar de los socios del Atleti, o de comedores de pollo frito, como Ramoncín!

Era igual. LISA sonreía con una discreta malicia; y LAURA se cabreó un pelín más.

-No es así como funciona… Bueno, no del todo… Tienes que meterte dentro…

Y así fue como entraron en el BAÚL DE LOS LUGARES, que los ponía a tiro de piedra de cualquier espacio y tiempo y situación y…

-¡Si Einstein levantara la cabeza!

ALFONSO pensó enseguida en el TRASLATOR, que conducía de un sitio a otro: ¡de un lugar a otro, claro! Y en los canales a través de las dimensiones o de los espacios, como los agujeros de gusano, que tienen un nombre raro, como de asco.

El caso es que se metieron dentro, y enseguida sintieron una sensación especial, para unos sería extraña, para otros también, pero menos, porque era como un frío seco, y empezaron a da vueltas, y justo cuando estaban a punto de marearse se paró todo y una luz se abrió al fondo, como una puerta, o era una puerta, y salieron casi empujados por el viento a un espacio amplio, verde y amarillo, con un arco iris detenido en el horizonte, y dos guardianes como ángeles que les recibieron sonriendo.

-Bienvenidos al LUGAR DE LAS ALMAS GEMELAS –dijeron al unísono.

-¡Mira!

Alejandro había señalado justo detrás de ellos. Se volvieron y allí estaban, el AGUADOR y el GRAN PÁJARO, que sesteaba.

-Es que siempre alguno de ellos acompaña a los visitantes. Es la norma. Hasta que estén en marcha los tutores.

Anita preguntó:

-¿Y están todos los lugares?

LISA abrió y cerró rápidamente, como en un flutter azulado, sus ojos, que parecían ahora de plata, consistentes como la gelatina de naranja.

-Bueno…Los que necesites…Según… Luego están los FALSOS LUGARES, que son como pesadillas o como fiestas…

Alejandro salió corriendo hacia la colina, de la que provenía un estruendo que hizo rebullir al PÁJARO SOÑADOR. También el hombre del agua miró hacia lo alto de la loma. Un grupo de saltimbanquis –o eso parecían, con sus trajes de arlequín y sus gorritos puntiagudos, coronados por un cascabel- llevaba en andas la carroza más vistosa del mundo (y de todos los mundos, quizás).

-¡Cómo brilla!

-Es la casa de LA REINA DE LA LUZ, dijo LISA.

Por la ventana del carruaje asomaba un rostro muy bello, pero daba algo de susto porque de él parecían emanar rayos dorados.

-Antes era negrita. Pero se acercó mucho al sol pequeño, en un viaje astral, y ya iba a quemarse cuando la salvó su ÁNGEL DE LA GUARDA.

-¡Como a nosotros! –dijo Anita.

Y le cambiaba el color de sus ojazos, de violeta a pardo y azul y verde con toques de miel.

-Digo que también tiene angelitos… Nosotros, cuatro.

-Uno para cada uno, claro. –Dijo LISA.

-No, no. Los cuatro son de todos, y se llaman…

-¡Anita, calla! –mandó Laura.

Laura mandaba mucho, se quejaba Anita… Pero, ¿por qué no quería decir los nombres de sus ángeles?

-Es que… Bueno –dijo Alfonso-. Tienen nombrecitos algo…chocantes. Pero dime, ¿cómo la salvó?

-Pues le echó encima un torrente de hielo, pero del hielo que sale de la última luz del universo, que flota en el aire como una nube. Por eso la llamaron desde entonces ‘LA REINA DE LA LUZ’, y tiene una pequeña CORTE, como veis. Porque en este PAÍS DE LOS ASOMBROS, si deseas algo con la fuerza suficiente se hace realidad. Aunque sólo por un tiempo corto.

-Como en los cuentos.

-¿Los cuentos? ¿Eso qué es?

Los mayores iban a decir que eso que estaban viviendo era un cuento… Pero se callaron, por respeto. (O porque no estaban muy seguros de lo que pasaba).

LA CORNUCOPIA DE LOS ARGUMENTOS

-¿Pero no son cosas que pasan?

-Algo así; son las cosas que pueden ocurrirse a los autores.

Era como el adorno del monte. Un emblema de poder que se había olvidado de perseguir enemigos. Sesteaba, como el gran macho en la cumbre de Gredos.

-¿Y de ahí sale todo lo que se nos ocurre?

-Algo más. De ahí sale todo lo que sirve para que algo se nos ocurra.

-Lo llamaban el cuerno de la abundancia.

-¿Para qué quieres que algo te sobre si no tienes con quien disfrutarlo?

-O sufrirlo.

-Es lo mismo.

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