Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 81

EL VALLE DE ALGODÓN – EL SETO

-Alejandro… ¡ALES, dónde te has metido?

ANITA se acercó al sitio donde jugaba su hermano, junto a las arizónicas.

-Ales, no te escondas, que vamos a merendar. ¡Y hay natillas!

Nada. Esta vez no quería salir. Ana busca, sin suerte. Luego mete la mano entre las ramas, para separarlas y observar al pie de los troncos. Le parece que pierde el equilibrio, y que rueda, rueda…

-¡Ay!

Se tropieza con ALEJANDRO, que juega con un conejito blanco.

-¡Pero si estabas ahí, en el seto! –Señala a su espalda, luego hacia arriba, como despistada. Se incorpora y mira a todas partes.

-¡Pero si no hay seto!

Había, eso sí, una loma, tan verde que parecía de cristal, y sobre ella un gran pájaro de plumas claras, ligeramente tostadas, como un marfil aireado por dos o tres siglos.

-¡Mira!

El pájaro alzaba el vuelo, majestuoso, con una lentitud imposible. Era el símbolo de la fuerza y de la ligereza, del poder y la agilidad. A los niños les parecía que volaba a cámara lenta, y si hubieran sido algo mayores pensarían que estaban soñando o que habían cenado demasiado. Enseguida tomó tierra junto a ellos, suavemente. Alex le miraba con entusiasmo, pensando quizás en incorporarlo a su elenco de animales salvajes, aunque éste no le cabía en su mochilita del cole.

-Ene ojos de pedas con luz.

Piedras con luz…Piedras rojas con luz…

-¡Son diamantes! ¡Rubíes, como los de BLANCANIEVES! –dice Anita.

-¿Pero tú quien eres?

-Pues quién voy a ser…¡ANA MARÍA!…¡Ahhhh! ¡Vaya susto!

La pregunta procedía de un individuo con cara simpática, de talla más bien exigua, que se apoyaba en una rama de fresno y portaba una especie de trompeta.

-¿Y eso qué quiere decir? No me suena a nada conocido. Como esto.

Se echó la trompeta a la boca y resopló. Un sonido estridente al principio y acompasado y dulce enseguida llenó los oídos de los niños, y se supone que el espacio en unos cuantos metros a la redonda.

-EL PÁJARO SOÑADOR abre la boca. Habla sin sonidos. Tiene dientes. Le oyen sin palabras. Estad atentos: ¿veis?

Los niños no veían nada.

-Hola. Soy el pájaro soñador.

Alejandro le mira con sus ojazos muy abiertos. Anita también, pero enseguida se dirige al hombrecillo.

-No soy un hombrecillo –parece leerle el pensamiento-. Soy UN JAN DE BELTRIX, el guía, un ángel caído que tiene ese lema tan cargante: ‘sic gloria labore paratur’. –Hizo un gesto de cansancio- Así que nos tiene trabajando todo el día.

-¿Como un hobbit? –Preguntó Anita. El otro se encogió de hombros.

-Si tú lo dices… Mira, lo único que tengo claro es que si sois visitantes tenéis una misión, y aunque me parece un error gordo así viéndoos tal cual, pues tengo que anunciaros… Por cierto, ¿dónde está vuestro AWASI?

Anita tomó de la mano a Alex.

-Vámonos, mi niño, que este no anda bien de la cabeza.

-Pues eso digo, que dónde está vuestro awasi. Si no, ya me contarás cómo vais a volver. –Se rascó la cabeza, como si de repente recordara que estaba en tratamiento desparasitador, con ganas-. El paso transformador, caramba.

-¡El seto! –saltó Anita. Alejandro asentía, como acostumbraba hacer cuando su hermana llevaba la iniciativa.

-Me parece que andáis despistados. Lo preguntaremos a COL.

-Se lo tendrás que decir a Laura. O a mi hermano Alfonso.

El Jan de Beltrix arrugó la nariz.

-Por mi nombre, que es ROLAC EL AVISADOR que a quien se lo tengo que decir es a ese viejo gnomo sabio, el bueno de COL. Está de guardia. ¡Menuda suerte habéis tenido!

Rolac les miró en silencio durante un buen rato, afirmando con la cabeza, como un elfo con ronzal.

-Mucha suerte, sí. No todos la tienen… ¿O es que traéis enchufe? –Se le iluminaron los ojillos y pareció estirársele la nariz-. ¡Ajá! Eso es. ¿El gnomo sabio, quizás?

Alfonso rezongó.

-No sé si ha dicho EL GNOMO SABIO o el monosabio. Esto me va sonando a la Tierra Media, pero en sencillito y sin anillos.

LAURA negó con la cabeza, pero en realidad afirmaba, como hacen las mujeres.

-Me parece que van a venir esos anillos, o sea los enredos, porque este guardián ha dicho ya tres o cuatro cosa que ya me contarás. Parece el resumen de los capítulos anteriores, como en las series de la tele.

-‘Vaya invento, la tele! –El Avisador estaba al loro, por lo visto-. Sí, me entero de cosas, nuestros oídos son una maravilla. Las otras maravillas de este mundo nuestro son lo que vosotros llamáis sentidos, y en la cumbre de la pirámide…¡tatachín!… pues qué va a estar… –Se puso tierno, y daba un pelín de risa- ¡El amor!. Nada de edificios, ni de hoyos de volcanes, ni estelas de meteoritos, ni mausoleos de mármol…Cuando miramos lo vemos todo, cuando tocamos, nos embriagamos de tacto, al sentir somos el otro, y todo a lo grande. Pero como vuestra tele, que lo reúne todo, nada. Debería ser el nuevo ídolo y ocupar el centro del cosmos. –Dudó-. ¿Lo hace?

-Pues no, precisamente. –Laura estaba convencida de que aquel sujeto les tomaba el pelo-. La tele en general es un horror, y en particular una gozada. Pero difícil de encontrar.

-Pues a mí me mola, porque resolvería casi todo mi trabajo, y el jefe, Beltrix, podría cambiar el lema, con el permiso de Luzbel, el Boss.

Ales jugueteaba en el prado, buscando hormigas. De pronto se irguió, como en postura de aviso que dicen los cazadores.

-Pieza a la vista –saltó Rolac-. Ese cachorro vuestro es pura raza, ¿eh?

-Vete a hacer puñetas, duendecillo.

-Úñón!

Las dos frases sonaron al unísono. El fabricante de la primera parecía David el Gnomo, con gesto de cabreo. La segunda era de Alex, claro, y le entendieron perfectamente.

-Se parece al enanito de Blancanieves, el de la mala leche.

-Gruñón –dijo Anita por lo bajini-.

-Por las barbas de Beltrix, COL, ¿dónde te habías metido? –Indagó Rolac-. Estaba ya preocupado por estos chicos. Mira que si les ocurre extraviarse en el metamundo…

-¡Palabrerío, palabrerío! Los avisadores estáis ya pasados, con esa trompetilla de alguacil. Estaba buscándoles las palabras.

El Pájaro Soñador, que descansaba, giró el cuello y pareció escuchar atentamente. Col lo advirtió.

-No se le escapa una. Por si acaso, como diría la señora de KILIM ¡Ja, ja ja!

La carcajada sonó extravagante en aquel medio, como si de un árbol de la selva colgasen viejas cítaras podridas. De todas formas aquello hizo reír a los pequeños. Ales y Anita ya miraban con descaro al gnomo. ¿O era un elfo gordito? La corrección no existe cuando ya se ha inventado de todo.

-Mane, tecel, fares. Os lo pongo facilón, porque tenéis cara de ingeniero y ya se sabe…

A Laura le sonaba muchísimo.

-Sale en la Biblia, cuando el rey de Babilonia lo ve escrito en la pared…

-Y se acongoja, porque es como si le hubieran echado el mal farío a la remanguillé. Paseando por Recoletos y a punto de entrar en el Prado.

-A mascar hierba en el cubo, para acostumbrarse a digerir la nueva arquitectura, que es como el vestido del emperador.

Col se rascó la cabeza sin quitarse el gorrillo azul.

-Pues estos tampoco se callan… En fin. –Se dirigió a Laura, la capitana-. Basta con que te suene, porque tendrás que usarlas, así que memoriza, que será la inteligencia de los tontos, pero no hay otra por aquí.

-Mane, tecel, fares… ¿Qué idioma es ese?

-Da igual, Alfonsito. Relájate. Para nosotros es una consigna.

Rolac, que se iba despacito, detuvo el paso y gritó.

-¡Las tres palabras mágicas cambian de repente! Son un código de seguridad que os harán conocer las nuevas, aunque tendréis que aprender cómo.

-¡Anda, lárgate, neura! –Col tomó asiento en una roca de color azufre, que brillaba a la luz difusa de un sol inmóvil-. No le hagáis mucho caso. Está sensibilizado desde que perdió a la pareja del siglo. Se distrajo con un holograma de la Laguna helada, cuyo fondo es una puerta a la inmortalidad, ya veis qué majadería y qué aburrimiento. Los dos hermanos se quedaron aquí para siempre. Se llaman YOVI Y ADELPHI, y sé que vais a conocerlos…. ¡En fin! Los visitantes del País de los Asombros tienen una misión: hacer el bien o deshacer el mal. No sé cuál es la vuestra.

-Nosotros tampoco. Creo que estamos aquí por error.

Col se echó a reír de nuevo. Pero ahora sus carcajadas sonaban más naturales, como si los árboles dieran frutos de metal.

-¡Tiene gracia! Lo contaré en el CONSEJILLO, y se harán pipí. ¡Un error! Mira niña – A Laura no le gustó nada el apelativo, y puso cara de viuda- Eso es imposible…porque no existe. Bueno, difícil de explicar, como lo de la lógica y la ontología… A mí me cuesta menos aceptar la existencia de lo infinito que se engendra a sí mismo… –Rió de nuevo-. Y es que no te lo crees ni viéndolo…

-Es que parece ridículo –Señaló a los pequeños-. ¿No te das cuenta?

Col asintió.

-Claro, claro, precisamente. ‘Lo que le hagáis a uno de estos pequeños, a Mí me lo hacéis’. Esas cosas le gustaban al Hijo. ¡Menudo lío armó! El Jefe estuvo a punto de clausurar el Edén antes de crear vuestra especie, viendo lo que iba a pasar, pero al final le convenció su Espíritu, como Pepito Grillo al bueno de Pinocho.

-¡Esto sí que es un pupurri! –saltó Alfonso. No lo asimila ni Moncho Borrajo en fase creativa.

Laura permaneció pensativa. El Pájaro soñador cabeceaba a cámara lenta, con uno de sus ojos semiabierto, mirando el grupo. Col lo señaló.

-Kilim es vuestro transporte. Un privilegio. Porque tendréis que viajar. Desde allí arriba no veréis los otros mundos, en los que los actos de éste se reproducen, pero comprenderéis mejor que los universos se miran en un espejo. Aunque les cuesta. Ese esfuerzo será vuestro, lo sentiréis como propio.

-No entiendo ni palabra. Quiero despertarme. No soporto el lenguaje esotérico. Esto es una pesadilla. Odio la simbología.

-¡Alfonso! ¡Cállate! –Laura respiraba agitadamente; en realidad compartía muchos de esos criterios que convertían la escena en un mal sueño, y en un presagio incierto. Se acercó a donde suponía podía hallarse la entrada del seto.

-¡Mane, tecel, fares!

-Aún no. Aún no, mi pequeña –Col hablaba con dulzura, y su voz mantenía un eco musical, como en el primer acento del chino mandarín-. ¡Vamos, este es el primer paso. El primer esfuerzo del que estoy hablando. Aceptar sin comprender. Una especie de fe que os hará invencibles.

-Pero las palabras…

-Sí, si… Las palabras. Funcionan, claro. Pero cuando alguien quiere copiarlas u obtenerlas se modifican. .Hizo un gesto de sentimiento-. ¡No te han conocido!

A Laura le pareció que sus ojillos verdes sonreían pícaramente.

-Yo creo que esto es demasiado…parecido…. a todo… O sea, como un cursillo de varias cosas juntas, autoestima, el cliente interno, diseño de una vida mejor, inteligencia emocional. Nos están vendiendo la moto.

Col la miró como cualquier otro contertulio a la llamada M.A. Eclesias en el debate de Telemadrid de los martes.

-O sea, que los tuyos siempre tienen razón. Lo típico del trastorno bipolar, antes síndrome maníacodepresivo.

Alfonso rezongó.

-Lo que faltaba. Un psiquiatra.

-Aficionado –respondió Col. Ya sabéis que lo oían todo-. No hay más remedio aquí; una herencia de los escritores y poetas visitantes.

-¿Cómo? ¿Visitantes…escritores y poetas?

-Claro. Puede decirse que todos han visitado alguna vez el País de los Asombros. Y cuanto más creativos, más se quedan. Luego van olvidándonos, como hacen los niños con sus experiencias, convirtiéndolas en los modelos de la vida.

-¡Ahora sí que no me aclaro! ¿Es como una reencarnación?

Col se echó a reír.

-¡Y yo qué sé!. Mira, pregúntalo a tu Ángel de la Guarda, que será más místico que yo. O a tu demonio, que no le andará a la zaga, aunque lo mismo te engaña… Acuérdate de los dilemas del mentiroso, del prisionero… ¡Qué divertidos los matemáticos del otro lado!

Alfonso se dirigió a Laura.

-Tendremos que hacer una especie de inventario, porque con tanto personaje estaremos hechos un lío en dos tacadas.

-No hará falta –respondió Col al vuelo-. Lo recordaréis todo, fatalmente, y nunca mejor dicho, ya sabes, por lo del hado y eso. –Hizo un gesto ampuloso-. Por aquí es lo que abunda.

-¿Tú también tienes ángel de la guarda? –Preguntó Anita. Yo tengo cuatro.

-El mío es un ángel caído de segunda. Bueno, todos son caídos, porque si no hubieran caído no habrían sido enviados… En fin –se encogió de hombros-. Os recuerdo que yo soy el contacto, pero no el maestro. Eso empezará cuando estéis con los hermanos, Yovi y Adelphi, y otra gente, como la tutora, el hada consejera… En fin, que es como el cole.

-Pues para este viaje… –Rezongó Alfonso.

-Si ya lo digo yo también –asintió Col-. Pero cada día pinto menos.

-De todas formas –siguió Anita- ¿mis ángeles son también caídos, o sea que se tropezaron en el cielo y ya no les quieres Dios?.

-No, no. Sí les quiere. Dios sólo puede querer… Luzbel dice que eso es lo peor que tiene. Pero no vamos a nombrarle ahora. Veréis. Los ángeles son enviados del cielo a los mundos, y varían mucho. Tanto que algunos parecen humanos, fíjate –Se echó a reír de nuevo-. O sea, nada tan diferente como podría imaginarse…Luego están los de formas etéreas y eternas, que son ciegos, y son la realidad mágica que sustituye a los neurotransmisores de los cerebros, las dopaminas, las endorfinas… Son el equivalente de la felicidad.

-Me suena algo artificioso todo eso, Col. ¿Son como una píldora, como el prozac?.

-Pues algo así, no creas. La fe es el mejor antídoto contra la depre, muchacho…

-¿Y el ángel de la guarda?

-Pues ésos y los demon son ciegos, y son una cosa u otra –o sea buenos o malos, según vuestro argot- según actúen. Y así influyen en su portador.

-O sea que los llevamos encima.

-Eso es.

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