Cuentos. (Una tarde cualquiera).

UNA TARDE CUALQUIERA

Se lo estaban poniendo difícil, el pedernal con los huesos de color ocre y ese brillo micado que daba escozor en los ojillos rientes de su compañero de banco; se lo ponía dificil el cura barbilampiño y juguetón con el bolígrafo, de modo que no te acuerdas, si no es eso, lo que pasa es otra cosa, pero no sabía explicarla, más o menos, que más le daba a él y a todo el mundo la clase de piedra, lo bueno era tener en las manos un pájaro o el helicóptero de hélices coloradas, con la pintura brillante de estrellas y un plástico redondo a los mandos, y el silencio aquél que no podía escuchar porque mirando a través de la ventana estaba descubriendo la huerta recién llovida y el caracol del Luisín, el hijo del jardinero haciéndole burla con el tirador, me ca… y se puso de pié el padre Juanjo, y le amenazó con el bolígrafo, él sabía que luego, en el patio se le habría pasado, pero le cogería por las orejas y le iba a decir que su padre quería que fuese el primero, y qué más daba aquella tarde todo, si había salido el sol, y luego recuerda la zancadilla de Nozal, ese majadero gordinflón y encima le han puesto bien en conducta, pero a mí no me la da, y por fin salta, así materialmente sobre la tarima, le toma el boli al padre Juanjo y dice:

-Ornitodelfos, marsupiales y didelfos,

Y ahí se acabó la discusión, porque luego, mientras repasaba, es un decir, los cuadros de ciencias naturales, se le asoman a las ventanas bajas los otros, y le saltan con el versito de las narices, y ya no puede más y se escapa tras los demonios tentadores, y en medio del pasillo se tropieza con el director, hecho un lío con la cabeza entre sotanas, y el otro ni caso, pero ya siente la acusación de esa conciencia infantil, que suena a infiernos sin recreo y se vuelve al estudio, mascullando inocentes maldiciones mecachis si os pillo os despellejo.

El viento ha venido por la tele, si no hubiese hombre del tiempo, al menos pero esta gente atrae las tempestades, digo yo porque mi abuelo dice que antes no hacía malo todos los días, y vaya mala pata, ahora que estoy yo sacan al meteorólogo o como sea y me chafa las excursiones, y hace un ruido como de olla a presión, por las rendijas de la puerta, desde la terraza la ropa ajena vuela, se ríen los otros y la dueña chilla como una coneja, con los faldones revoltijados, yo voy a salir de todas formas, no va a llover, y tú que sabes, si no ha salido el hombre del tiempo.

Las cosas cambian, desayunamos leche con chocolate y churros y galletas, y nos ponemos gordos, y mantequilla y foei-gras y luego a echar tripa y a tener siempre el estómago en labor y así no entra nada, ni declinaciones ni los ríos, pero tengo hambre caray, este se come las cáscaras de la naranja, es una apuesta, el muy borrico, y el miércoles vendrán a verme, yo creo que esto de estar encerrado es una cosa muy buena, pero me pone triste y eso que no se me nota porque hasta ahí podíamos llegar, incluso te hace ilusión porque los hermanos te miran con envidia, no saben qué es esto, y uno se va haciendo hombre tan despacio y tan aprisa, sin enterarse nadie ni uno mismo, hasta que de repente un día amaneces sabiéndolo todo, y decides mandarlo todo al cuerno, y te conviertes en ti mismo, hasta que comprendes, pero eso viene después, que todavía no era tiempo, pero lo haces, y te fumas un cigarrillo y otro, y te duele el ojo, y te vas a Perpignan o a un barrio chino, que es por decir algo, porque ahora son los menos chinos que hay, y no sé por qué les cargan a las chinas con el muerto.

Empezar, que no es lo mismo que comenzar, con los pasillos oscuros abatidos sobre eso que llaman vocación y que luego resulta que no se sabe a ciencia cierta qué es, pues vaya, y la facultad era negra como las mangas de un clérigo quevedesco, los pasillos lúgubres y fríos, la gente gritona, y te entra el complejo lesivo de intimidades y empiezas a pensar si el escalofrío se debe a tu costumbre de soledad, o simplemente a la malicia de lo que te rodea, y te echas la culpa, al fin y al cabo ya es hora de hacerse con algún complejo, y el escrúpulo se te transforma, porque también es hora de hacerse con una forma de masoquismo, y te comes la cáscara de la naranja sin apuestas, y ya no tienes las faldas de la mamá ni la del cura Juanjo, y los ojos saltones de la sátira te sirven el café en el bar, y comprendes que el mundo tiene colores distintos de los del arco iris, y nunca podrás olvidarlo en tu intimidad, aunque los test psicotécnicos salgan bien, pero es tu secreto, y aunque comience una nueva etapa, ya casi un señor, porque tienes dinero para tus corbatas, y puedes gritar a tres gatos o tres personas, y sabes algo de no sé qué, pero no te abandona el escalofrío, y el recuerdo del brillo extraño en la botella que te ofrecen en medio de una sonrisa desdentada o con dientes, amarillos como teclas de viejo piano y comprendes que no debes profundizar, quizás porque tampoco hay nadie preparado para ello y con nadie en todo caso podrías comentarlo, sería una creación inútil, si es que las hay, y a pesar de todo quieres seguir comprendiendo, y nadie te dice que no debes intentarlo, y entonces comienza a dolerte el estómago, que es como la tuberculosis del romántico, o sea, que está de moda entre la gente con problemas, qué estupidez, y sólo entiendes cuando el perro te mira derrumbado por la tristeza impotente del esclavo, y vas perdiendo el sentido de las cosas, te dan de comer, y ya sabes que esto de comer aún no ha pasado de moda, y te fijas unos ideales que tampoco son ciertos porque no son humanos, y tu lucha es un vendaval de recuerdos, como el de hoy, en que tú eres la Tía Tula y una pajarita de papel unamuniana, recorcho.

Y el caso es que en estos días de nada sirven los consejos, que tampoco suelen ser útiles más que cuando no hacen falta, porque lo importante son las decisiones y ésas sí puedes tomarlas tú, que eres un ejecutivo y estás acostumbrado, o ya puedes acostumbrarte, que estamos en una sociedad competitiva y hay que espabilar, pero la paciencia preconiza por el veterano Marcos de Oregón es, te parece, más bien manjar de poltrones, y, aunque te guste, no sabes qué es la triaca para convertir en ella el veneno, y te preocupas por el talento, y lo confundes con lo enfermo, y lo malo es que haces caso de aquella flecha con la mandíbula rota que se escora al menor viento, sí, hoy es tormenta, lo dice el hombre del tiempo, qué cosas, si se hubiese callado… y decides, de una vez, como ejecutivo, que esto, o es una hipersensibilidad emocional antisocializante, índice lesivo de intimidad, complejo de frustración en la presencia prejuzgada ideal, o que estás loco, y te quedas tan a gusto, con la flecha más clavada porque sabes que no has dado con la solución, pero eres demasiado listo para buscar una solución tan fácil, porque las cosas sencillas son para las personas sencillas, y tú buscas los modelos complejos, los de altas cumbres, que a lo mejor están más locos que tú, pedazo bestia.

Era imposible acabar con todos mis complejos, pero al final hice un esfuerzo y aquí me tienes otra vez, tan majadero e infeliz, digo que estuvo a verme, como dicen, y lo demás no lo cuento porque es verde y eso lo mejor es adivinarlo, y que la morbosidad la aplique cada cual según sus apetencias, que es lo más cínico que hay, no soy nadie para hablar de estas cosas, sobre todo ahora que pueden oírme y no me da la gana, yo chillo cuando quiero.

Vino a verme a última hora, y te juro que estuve a punto de olvidar e incluso lo hice, porque la pobre digo yo que lo estaba deseando, y qué curioso es esto que te hace parir las ideas cuando más fastidiado estás, y te salen estos engendros, y por otro lado tienes que darle las gracias a las jodías espinas porque sin ellas no tendrías la rosa, qué cursi verdad, deberían hacer una estadística para saber lo que le gusta a la gente y luego no hacerlo para fastidiar, pero cualquiera convence de ello a la General Motors, por ejemplo, que uno es influyente, pero hasta un punto, y se tiene el pundonor necesario para no tenerlo en ciertos casos, que son los más jugosos de la vida, por cierto, como aquella vez que nuestro famosísimo compatriota, prócer y letrado, afirma en su lecho de muerte: Me jode el Dante. Y su risa beatífica preconizó la primera gran diablura de su vida.

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2 comentarios to “Cuentos. (Una tarde cualquiera).”

  1. fer Says:

    ?quien dijo lo de me jode el dante?

    • adalidcultural Says:

      Fue el polígrafo, autor de la ‘Historia delos heterodoxos españoles’, Marcelino Menéndez y Pelayo. Si la fuente es o no cierta, dejémoslo para quien tenga tiempo de investigarlo. Plura legant vacui.

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