Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 79

-El pequeño tendrá que ir a esa otra escuela.

Vosotros a la fase práctica, a ver si es cierto que sabéis algo que aplicar en la vida. Y la nena al cole medio.

Les hablaba la directora de estudios, que se había vestido de hada, para no desentonar, pero que era una nereida ilustre.

-No eo.

-Sí, Ales, sí quieres. Yo estoy aquí al ladito, y te recojo en el recreo, y jugamos.

El recinto estaba limpio como una patena. En su frontispicio se leía un lema grabado en titanio: Docendo discimus.

-Enseñando aprendemos… No está mal –dijo Laura.

-Vale, niña, siempre presumiendo. En mi plan de estudios no había latín, ¿sabes?

-Ya. Y dentro de poco no habrá nada… Por cierto, ¿qué será eso de la fase pragmática, o práctica?

-Pues está bien claro. Yo estudio así, para aplicar a las cosas lo que se aprende. Ya sabes lo que decía papá, que vale de poco saber mucha gramática si no entiendes lo que te dicen.

-Por eso nunca aprendió idiomas. Es que papá tenía muy mal oído.

-Vamos a dejarlo. –Se despidió de los peques- Nos vemos dentro de nada, aquí.

Ales y Anita se fueron de la mano, hasta la escalera que conducía a las aulas de los pequeños. Les acompañaba la tutora de extraños, con su toga escarlata y su vara mágica de fresno.

-¿Sabes a qué me recuerda todo esto?

-Dímelo tú.

-Pues verás… Es como si nosotros hiciéramos lo mismo, pero con disfraces, como si recordáramos que en otro tiempo estas cosas eran las habituales, no sé…

-Ya te entiendo. Es verdad. Cuando organizamos una fiesta, o una celebración, las religiosas por ejemplo, pero también las demás, como Halloween, o la Cuaresma, qué sé yo… Todas, el Carnaval, las Navidades…

-Sí, y aquí todo eso, la forma de vestir, los objetos que se usan, la manera de hablar, pues es la habitual para ellos, claro.

Laura se detuvo.

-Oye, y eso ¿Qué significa? Porque estoy ya cansadita de dar vueltas a las cosas, que me canso más que en una excursión a Siete Picos.

Cuando atravesaban el umbral oyeron una campana, sorda y profunda como las del Tibet.

-La una.

-No seas idiota. Será la llamada de algo.

-O que nos reciben solemnemente, como corresponde.

A su derecha se abría un salón espectacular, en el que deambulaba una multitud que se entrecruzaba sin saludarse.

-Mira.

En el arco de la entrada se leía: ESTE ES EL LUGAR DE LOS SIN TIEMPO.

-Claro. Es cuando decimos:’ no me da tiempo’, ‘ya no tengo tiempo’…Y así pierdes el tiempo que dices que no tienes.

-Muy agudo

Siguieron andando. Muy pronto doblaron un recodo amplio, que abría el espacio a una sala iluminada por la luz exterior, que era a veces dorada, a veces plateada, en un juego de luces.

-‘EL LUGAR DE LA ENERGÍA QUE FLUYE’, leyó Alfonso.

Alguien leía en voz alta y clara. En una mesa larguísima muchos comían en silencio, escuchando.

-Nosotros comemos y bebemos en el bullicio. Así no hay manera de que fluya la energía.

-Ni nada. Así no fluye ni el agua por el gaznate.

La lectura terminó. Los comensales hablaban pausadamente, y apenas se notaba la diferencia con el silencio.

-Nosotros nos gritamos, más que hablar. ¡Vaya diferencia! Estos no se destrozan la garganta para que les oigan.

Se iban levantando poco a poco. Lentamente se acercaban a un ángulo de la sala, tapado por cortinajes de seda, como las alfombras hindúes antiguas.

-Se meten ahí. ¿O es una salida?

-‘POST PRANDIUM, QUIES’. O sea, la siesta.

-¡Vaya morro calzan los mosquitamuerta estos!

-¡Alfonso, un respeto!.

Se escuchaba una melodía en pianissimo, que invitaba a cerrar los ojos y soñar.

-¿Sabes qué me parece?

-Cualquiera sabe. Oye, ¿y si nos apuntamos?

-Espera, hombre. Todo a su tiempo.

-Bueno, qué dices que te parece.

-Pues que tienen una lingua franca.

-¿Y eso qué es?

-Con ella se entienden todos. Como el esperanto, pero de verdad, porque lo que es el esperanto, un fracaso mollar.

-O sea, el latín.

-Equilicua. Eso es.

-¿Y tú sabes otra cosa?

-Qué.

-Pues que a los niños aquí se les educa aparte, y uno a uno. Mira.

-Frente a ellos se alzaba, en suave pendiente, una gran nave de columnas altísimas, vidrieras emplomadas y nervios góticos en los arcos. Centenares de niños sentados en un tatami individual seguían las evoluciones de un maestro de tai chi. Un tutor corregía en el momento los errores de cada alumno.

-¡Vaya lujo! ¡Y nosotros veintisiete por aula!

En otra zona del enorme recinto, que sin embargo resultaba acogedor, un pequeño grupo oraba. Las manos juntas, los ojos alzados, como las imágenes de los santos.

-Eso viene bien para el cuerpo místico, el karma y esas cosas. Pero tampoco hay que pasarse, que lo de rezar es como chutarse.

-Eres un irreverente, hijo.

Los pequeños superaron la prueba con nota. Cuando llegó el turno a los grandes, la tutora sonrió.

-Por los pelos… Se ve que en el otro lado la educación es on line, y ya está.

Laura y Alfonso asintieron, mecánicamente.

-Y ahora, los ejercicios.

Los niños se miraron. Lo hacían instintivamente, para comunicarse en silencio, como hacen las personas afines, ya que no estaban seguros de haber entendido nada. Alex lo tradujo.

-¡Iasia!

-Que no Alex, que no es gimnasia… ¿verdad?

La jefa tutora sonrió.

-Es una reminiscencia. Simboliza la espiritualidad. Un retiro para meditar, como los de Ignacio de Loyola. –Arrugó el entrecejo, y enseguida abrió los ojos desmesuradamente, como sorprendida por ella misma-. ¡Claro, que eso ya no se lleva!

Alfonso hizo su gesto de que la inteligencia es constante y el número de personas aumenta cada día.

-Pues no, no se lleva, ni eso ni casi nada de lo que hay por aquí. En realidad no sé si están más avanzados o hemos retrocedido al neolítico.

La directora de estudios se acercó.

-Vamos, chicos, que llega el toque de queda.

Laura se rió por lo bajini.

-Y eso que no te ha tocado la mili –dijo a Alfonso.

-Ni cuartel ni cenobio, que viene a ser lo mismo.

-Ni lo sueñes. En uno se pierde el tiempo, y en los otros se practica el miniado de incunables.

-Bagatelas –ironizó Alfonso, que había visto los facsímiles en la vieja casa.

La directora interrumpió la charleta.

-El primer día, lectura y música. –Les miró de reojo, mientras daba la mano a los peques-. Explicada, claro. Pensamos que la música también se enseña, como los cuadros, y se frecuenta, como a los amigos, para conocerla bien.

-Y teatro –apuntaló la jefa de tutoría. –Añadió, con un mohín coquetuelo, de novicia:

-Soy la directora escénica.

Mucha dirección hay por aquí”, musitó Alfonsito. “A ver si va a ser como el ejército de Pancho Villa, que tenía más generales que soldados”.

A paso ligero, como iban, tardaron pocos minutos en llegar al salón central. No recordaba, como el palacio de Luzbel, la antigua Ciudad Prohibida –la anterior a los Ming- , sino la planta de una catedral gótica española. A un lado se vertía una especie de capilla, orlada por un lema: LUGAR DE EXPULSIÓN.

-Por ahí van los autoritarios y los codiciosos. Mira el rotulito –Señaló Laura.

-¿Y esa mezcla? –Preguntó Alfonso.

Las dos mujeres se miraron. La directora preguntó a su vez.

-¿Mezcla? Son cosas distintas.

Laura se echó a reír.

-¡Claro! ¡Y tanto! Por eso lo dice.

-¡Ah! Ya comprendo… No, no es literal… El rótulo cambia, como una tarjeta de seguridad. Dentro de un rato pondrá, no sé, los proxenetas y los sectarios, por ejemplo. Es un tubo de limpieza. Un drenaje social.

-Nada de recuperación. Corte por lo sano.

-Algo parecido, pero no vale la pena esforzarse en entenderlo ahora. Requeriría un par de centurias. Siempre ha pasado igual. Una parte del mundo avanza, y la otra se rezaga, poniendo la zancadilla cuando puede. En fin…

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