Cuentos. (La tormenta).

LA TORMENTA

Yo, pobre de mí, creía que todo ese lío tremendo de rayos, truenos y relámpagos, de lluvia torrencial cayendo inexorablemente sobre las personas y cosas, solamente tenía lugar en ocasiones favorables para mí. Hasta hoy en efecto, me ha permitido el lujo barato de contemplar las cortinas de agua a través de los cristales, y admirar el espléndido y atemorizador relampageo a lo lejos, en el horizonte. Pero el pasado domingo la cosa fue muy distinta.

Volvíamos de hacer una pequeña excursión. El día hasta entonces resultó magnífico, aunque pequeñas nubes insistieron en sus juegos durante toda la tarde. Comenzaba a oscurecer. Repentinamente, todo se volvió negro, como dicen en las novelas, y el agua comenzó a caer. “Una tormenta de verano”, dijimos todos, y sin darle mayor importancia, continuamos andando, con cuidado para no desviarnos del camino que lleva al pueblo.

Pero la pequeña tormenta iba aumentando más a cada instante. A los pocos minutos estábamos completamente empapados, y el agua caía con más fuerza. Afortunadamente, ya faltaba poco, o al menos, eso creíamos.

Nunca he visto tanta agua junta, ni siquiera en el pantano de Bolarque. Después de calmar nuestra sed a la fuerza, y efectuar una colada que tampoco habíamos programado, comenzamos a ponernos nerviosos. Las gotas de agua no eran gotas, sino cubos, continuos, potentes, y de tal intensidad que parecía inacabable. Ya no veíamos camino, senda, ni nada parecido, sino un río creciente por instantes, que llegaba a cubrirnos por encima de los tobillos.

Si al menos hubiese sido lluvia nada más… Pero los rayos se sucedían con admirable rapidez. Y bien cerquita. No podíamos entendernos ni hablando a gritos. Y del nerviosismo pasamos al miedo.

Yo me imaginaba muy seriamente que acabaríamos siendo engullidos por aquel monstruo mojado, o que, en el mejor de los casos, llegaríamos nadando al pueblo. Y estoy convencida de que, si dura un poco más, así habría sucedido. Si dura más el camino, claro, porque la tormenta continuaba en el momento en que llegamos.

Cuando estábamos ya refugiados, tomando un café caliente, se me ocurrió preguntar:

-Oye, ¿Cómo no os perdisteis en medio de la tormenta?

Unos y otros se miraron con asombro. Dejaron de tomar su café, y me observaron con una expresión entre sorprendida y horrorizada.

-¡Cómo! -respondieron al tiempo- ¡Pero si nosotros creíamos que tú conocías el camino, y no hemos hecho más que seguirte!

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