Cuentos. (La sed).

LA SED

Todo el día anterior había estado lloviendo, y la humedad calaba ya en los huesos de la gente. También en los míos. Siempre me gustó la lluvia, sobre todo por el refresco que supone, por esa cualidad que sólo tiene el agua de limpiar mientras refresca. Por eso el lavado en seco no goza de mis afectos, aunque suponga un avance técnico indudable. Me parece una traición a la naturaleza.

Yo iba a la Facultad. No usaba gabardina, porque no hacía frío, y además, era más elegante. En mi opinión, naturalmente, la gabardina parecía una tienda de campaña fea y gordota, con la que siempre uno se liaba en las esquinas con el viento. Porque se llevaba desabrochada. Lo contrario era como ponerse años.

Recuerdo que estaba resfriado. Una de las ventanas en mi nariz se encontraba ciega, tonta y muda. No me servía para nada. Me había puesto unas gotas para la congestión, o sea, para cuidar, engordar y aumentar la congestión. Y era un túnel de una sola boca.

Cuando salí de casa todo iba bien, excepto por esa dificultad para respirar y un dolor de espalda fruto de cualquier ejercicio mal nacido en las paralelas, o, quien sabe, de un desperezo vengativo. El caso es que la misma naturaleza toma venganza de los desenfrenos, por tímidos y prudentes que sean estos. Y ¿hay algún desenfreno más leve e inevitable que estirar los músculos al levantarse?. El caso es que me dolía la espalda. Y lo de la nariz. Pero bueno, casi todo iba bien. No puede exigirse más de lo que no es perfecto, ¿verdad?.

Por la mañana había una manifestación. Como me dolía la espalda no tuve ganas de enterarme de nada, y menos de correr como un gamo acosado por todas partes. Las manifestaciones eran muy divertidas. Por fuera, claro. Había tanta desproporción entre las fuerzas del orden (creo que se llaman así) y los manifestantes, que daban ganas de unirse a los últimos, para hacer bulto y evitar la diferencia. Pero eso no es política, sino eclecticismo. Me refiero siempre a las que yo he vivido. Nunca dejó de disgustarme la escenita de un tío con pañuelo a la cara, como un forajido del oeste antiguo, arrojando piedras contra los caballos. Y tampoco podré olvidar uno de los días en que, saliendo con toda calma de clase, por poco me aplastan unos guardias montados sin saber por qué. Pero no hablaba de eso.

Tenía clase de Bioquímica. Y, además, me tocaba hacer unos tremendos ejercicios. La noche anterior había estado hasta muy tarde desentrañando las páginas de un par de textos al caso, y, en parte, aunque pequeña, lo había conseguido. Pero estaba nervioso. Uno, sin saber por qué no dejará de ponerse nervioso de vez en cuando, por más años y más teorías al respecto que tenga. A los quince años fui a un especialista, porque movía mucho el cuello, y la única medicina que recibí fue la de la resignación. Me dijo: “¿Tu padre es nervioso?” Le contesté: Por fuera más que por dentro. Continuó: “¿Tu madre, es nerviosa? Por dentro más que por fuera, le dije. Y con toda placidez, afirmó “(5 tu padre, 4 tu madre, luego tú eres 9)” se me ocurrió pensar que si me casaba con una chica en iguales circunstancias, o sea, de ¡9! los resultados iban a ser movidos. Nunca llegué a pensar que aquella sería una tarde inolvidable. Lo que sí notaba era mi boca, más seca cada vez, seguramente por efecto de los nervios. Entramos por fin en clase. Yo repasaba afanosamente los últimos datos mientras mis compañeros, con la indiferencia de la seguridad, no tomaban en absoluto en cuenta mi angustia, felices ellos por el momento, aunque al día siguiente les tocase pasar por lo mismo. El profesor se retrasaba, y con ello se acrecía mi nerviosismo y… mi sed.

Porque tenía una sed terrible. La lengua me abrasaba y, lentamente, se iba hinchando, muy despacio, rozaba primero los dientes, y luego se clavaba en ellos, chispeando de calor, casi de fuego. Sentía los labios crujir y resquebrajarse con la sequía, y, muy pronto, mi boca era un infierno. Ni una gota de saliva. Todo seco, desértico y envejecido, a punto de romperse.

El profesor no llegaba. Mi nariz, que había funcionado al cincuenta por ciento, comenzó a restringir su generosidad. Y la única posibilidad de resistencia que me quedaba, se fue marchando, al tiempo que la ventana se iba cerrando… Hasta que, sin mas testigos que mi desolada perplejidad, se cerró del todo. Me quedé inmóvil. Entró en ese momento el profesor. Abrió con presteza su cartera de mano, mientras murmuraba no sé qué sobre el retraso, y las dos palabras más temidas: Señor García…

Me levanté, corrí hacia la puerta, seguido por las cabezas atónitas de mis compañeros. creo que fueron 10 años, hasta que tomé en mi mano el manillar. Giré con esfuerzo, y empujé hacia afuera… Estaba cerrado. Repetí la maniobra en medio de un silencio torturante y expectante, confuso… Nada… Retiré la mano con desesperanza. Vi entre lágrimas otra mano posarse suavemente en el mango, girar, y, con una leve tracción hacia mí, la puerta se abrió tranquilamente. Salí despedido. La sed me ardía en todas partes. Los oídos me zumbaban, el lavabo estaba cerca, pero no puedo decir lo que tardé en llegar, excepto que fue mucho. Me detuvieron por el pasillo dos veces. La primera, Fernando, a preguntar no sé qué… la segunda, no me acuerdo…

El sonido del agua, el agua, el lavabo, y yo… no la sentí en mi mano, pero allí estaba. Yo la veía… Bebí…

Por la mañana, seguía con la boca seca, pegajosa. Lo que había tomado en la Facultad, por lo visto, no me sirvió de mucho. Aún no he bebido. Antes tenía que escribir esto. Mañana no cenaré coliflor.

¡Ah! El ejercicio me salió bastante bien…

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