Cuentos. (La limpia historia de Seagull). 8

PRESUNCIÓN DE LA

HUIDA DE SEAGULL.

Había Seagull llegado únicamente a los umbrales. El templo (o la selva) estaban inmersos en una oscura grandeza. (Así lo percibía Seagull). La posesión del secreto, -se dijo entonces- no estará en penetrar (puesto que nada veo, a excepción de su presencia majestuosa), sino en poseer.

Pero, ¿cómo adueñarse de algo superior en todo a uno mismo?. La imposibilidad tranquilizó a Seagull, otra vez más. Parecía increíble que fuese precisamente la derrota (o la supuesta -y falsa- derrota) lo que llevase valor al ánimo de Seagull.

– Tal vez el último extremo (o llevar la cuestión al fin) sea, como todos los desequilibrios, una impertinente curiosidad.

Y esto fue lo Seagull decidió. Y esta decisión fue la primera (una de las primeras, al menos) de su vida adulta. Y Seagull, llegado a los umbrales, retrocedió.

– No es ingratitud. (No tiene por qué serlo: nada se rechaza, porque no puede nada ser ofrendado). Ni tampoco temor. Es prudencia. Y esta es una de las facultades que bien pueden llamarse virtudes sin violencia.

Por un momento, pensó Seagull si desmerecería aquel acto en el concepto circular de sí mismo. Pero inmediatamente se avergonzó.

– Sin duda, el contacto con los hombres me ha hecho aún más vanidoso y soberbio.

Tuvo Seagull deseos de reír. Y de cuidar a sus propios hijos, en la expresión mínima de su orden fecundo. El dramatismo desangelado del hombre -con su prurito de especie suprema- le había consternado, en un primer momento. Y, finalmente, le causó asombro.

A través de éste, aprendió Seagull. Y terminó su confusa desorientación, (aún antes, y esto es lo relevante del caso, de que Seagull hallase ninguna convincente respuesta).

Había transcurrido el tiempo. Un veloz y escaso (según el denso contar humano) tiempo. Sin violencia, Seagull desembocaba en la radical postura de la revelación.

– Y esto justifica plenamente mi atracción hacia el hombre, a pesar de todo.

La indignación del hombre con sus semejantes (que Seagull interpretó, en un principio, como ceremonia nupcial, extremo corregido después), la explicaba Seagull como una muestra más de la insolidaridad, que, por otro lado, debe verse oculta perennemente por la ridícula fantasía del hipócrita.

– El hombre pierde más energías y derrocha más talento en guardar las formas que en cualquier otra cosa. Es un poco escandaloso ésto.

Le parecía a Seagull demasiado arriesgado para una especie (aunque fuese la humana) emplear sus capacidades en tan sutiles y estériles juegos de ingenio. (Porque esto eran, en definitiva, al decir de Seagull, tales manifestaciones).

Tampoco comprendía Seagull por qué sucedían cosas como ésta:

Dos hombres. Uno de ellos grita. El otro, grita más. Se enredan en una lucha de palabras altisonantes. Ninguno escucha al otro. La cosa finaliza mal, o interviene alguien.

Un hombre y una mujer, discuten, (el mismo caso). Pero Seagull percibe que están enamorados. Ella se exalta, casi solloza; se exaspera. Él, a medida que su compañera va elevando su congoja, pierde fuerza, acude la tranquilidad a su rostro…

– ¿Cómo tan parecidas circunstancias tienen tan distintos resultados?.

Porque no se imaginaba Seagull que las circunstancias personales influyesen para nada en la definición de los hechos y en sus reacciones. En suma, si era preciso enfadarse, lo mismo daba hacerlo con la compañera que con un desconocido.

Era muy elemental esta conciencia de Seagull. (Tan objetiva como contraria a la humana liturgia). Y Seagull jamás podría comprenderlo.

Tras el análisis de los hechos asombrosos (los únicos de verdad importantes, porque llevan consigo el conocimiento a través del aprender), descubrió Seagull que la mayoría de las respuestas están encerradas en el mismo hecho del asombro. (Y que la respuesta está, sin duda, en asombrar y asombrarse).

Y eso sólo sucede cuando la rutina es únicamente una memoria perdida.

Curiosamente, cuanto más lejos creía hallarse de los hombres (en las novedades de sus planteamientos teóricos, y de las circulares soluciones), más percibía el sentido de la paradoja.

– A los hombres lo que les hace falta es unos cuantos miles de años más… Para asombrarse y aprender… Entonces no habrá respuesta que no conozcan. Incluso las posibilidades de la grande y única y circular.

Calculaba Seagull que con este tiempo los hombres meditarían en las barbaridades que continuamente estaban cometiendo, y en que la sabiduría no debe apartarse de la naturaleza.

Y, sobre todo, deseaba Seagull que los hombres volviesen sobre sus ideas acerca del dinero. No era bueno aquello de adorar lo inútil, aunque se justificasen diciendo que era necesario para la realización.

– Los hombres llaman realizarse a ganar mucho dinero. Con estas ideas no pueden encontrar la circular y única respuesta, aunque lo mereciesen.

Pensaba Seagull que los hombres (lo seguía creyendo, a pesar de su esfuerzo) se hallaban encadenados a unos condicionamientos inexcusables. Y esto les impedía ver con claridad muchas cosas.

– Por ejemplo, no ven la necesidad de la selección. Y pierden el tiempo, del que tampoco poseen un real sentido. Es muy larga la vida de los hombres. Y dolorosa, con todo esto.

Acabaría Seagull compadeciendo a los hombres. Desde sus alturas, elevado en su círculo de inmensos avatares, repleto de desvanecidos y anhelantes fuegos solares, Seagull encontraba al hombre pequeño y desdichado.

– Es triste el hombre. Su única libertad es la soledad.

Porque el hombre, aliado consigo mismo (como la luz en el cristal o el rayo de sol en el espejo) vive en paz. Pero no puede (o no le dejan) hacerlo con sus congéneres. Tiene el hombre miedo. Y es un miedo, pensaba Seagull, a su propia verdad.

– Me da miedo a mí también ese temor humano a la verdad. Tal vez porque sea parte de la mía. O porque sea la misma.

La nacida vanagloria del hombre espantaba a Seagull. Y era porque le parecía monstruosa.

– Ennegrece el paisaje de sus almas, que, por muchos conceptos, son grandes y luminosas, como engendradas por ese sol a quien tanto temen, que no miran de frente.

Son estas cosas (la del dinero y la de la vanagloria), entre otras, unas formas de necesidad humana, que a veces se confunde con el juego. Pero otras veces, el juego de los hombres es cruel, como cuando matan.

– También los animales matan para subsistir… Y eso está escrito en la naturaleza. Y en su instinto.

Pero aquello no ofendía, sino en el hombre… ¿Por qué?. Tal vez porque, en el fondo, todos le concedían la misma dignidad de especie privilegiada… Tal vez porque el hombre era tan temible como odiado. Y estas cosas engendraban la repulsa.

– ¿De qué le sirve, en definitiva, al hombre, todo lo que busca?.

– Tal vez el hombre desee encontrar una respuesta a todo, como tú, Seagull… Y, como tú, puede a veces confundirse. O quizás resulte ser una especie orgullosa y superior, condenada a la ruina, como otras especies que ellos han aniquilado en poco tiempo.

Llegó una brisa rápida hasta Seagull. Atardecía, y la costa se llenaba de puntos luminosos y frescos.

– La noche tiene una diferente luz. La luz de la luna es húmeda y fresca, como la piel del mar.

Había para Seagull un diferente sentido en la noche, que la provocaba en él. Descansando sobre las aguas oscuras, (a veces iluminadas por las próximas embarcaciones), se abandonaba Seagull a un distinto éxtasis, amable y desusado.

– Tengo la impresión de que, en adelante, lo sentiré con la singular perspectiva del nuevo motivo.

Porque para Seagull, todo iba a tener un motivo (o unos motivos) diferentes y gratos. No sabía, sin embargo, Seagull, qué clase de motivos y cuáles exactamente eran.

– Son algo abstracto. Como los cendales de la evasión.

Mi respuesta, diría Seagull, no es la misma respuesta que la del hombre. No es que haya equivocado mi camino, y deba emprenderlo de nuevo. (No cometeré este error). Lo que sucede es que he hallado, en esta seguridad de la desconexión, el trazo primero del círculo.

– ¿Será mejor o peor?. No puedo contestarlo. Pero nadie podría hacerlo. Depende de cómo sea la suya (del hombre).

Las luces iniciaban, al compás del viento, un coro de silentes bailarinas. Seagull pensó que algo así hacen los hombres a lo largo de su vida: reflejarse y danzar, en una confusión elogiosa o impía. El calificativo depende de quien lo considere, pero, si es un hombre (refiriéndose a otro, o a los demás), emplearía el de abominable.

– Juegan demasiado los hombres. Les gusta el bello azar. Pero tampoco ellos pueden elegir su destino.

Y se alegró Seagull con esto.

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