Cuentos. (Laura en el país de los asombros). 77

-Bueno… Más allá del Valle de algodón,

en la gran cueva al borde de la montaña Dragona…

-¿Cómo?

-La de Delfín y su consorte. Pues tenéis que sembrar esto –Les mostró una castaña, o eso parecía- y aguardar.

-Crecerá como los árboles de Narnia.

-Luego me traéis el fruto. Cosa de nada.

Alfonso se echó a reír.

-Esto me suena otra vez. ¿No te parece?

Luzbel se atusó el mostacho.

-Y qué quieres. Yo no tengo imaginación. Sólo copio. Y lo del Edén… salió tan fenomenal…¿No lo entiendes? El jardín se cerró, con el ángel flamígero y todo eso… ¡Pero allí siguen el árbol y su fruto! –Se relamió; sus ojos centellearon- ¡El bien y el mal, el conocimiento supremo! Ser como Dios.

-Pero tú ya eres poderoso, y eterno.

Arrugó la cara.

-No exactamente… Me lo estropeó Adán, saliendo a todo correr, y ese memo de Rafael, el arcángel pelota.

-¡Atchís!

-Estás demasiado educado. Por eso te resfrías.

-Vamos, vamos… Todo es cuestión de -chasqueó los dedos- …perspectiva… –Lució una dentadura white kiss- Me falla el lenguaje a veces… Ya sabéis… El fueguito sobre la cabeza –rió a carcajadas- ¡Bromas del espíritu!

-¿Pero de qué va este tío? – musitó Laura.

-Noventa mil por setecientos mil, ese es el número de átomos de una célula humana. ¡Y yo estoy en todas! Seis mil trescientos millones de esferitas… ¡Y luego hablan del tamaño!

Luzbel sonreía. Casi parecía simpático, como un profesor pedante que diera un aprobado general.

-Y luego está la singularidad. ¡Seréis dioses!

-Como dioses –rectificó Laura, enfurruñada.

-Eso. ¡Y los hunza de Cachemira no tienen cáncer! ¡Eso sí es una singularidad, y no la que se inventa el tullido!

Alfonso musitó.

-Se refiere a Hawkins. Y no se lo inventa.

Ales y Anita, de la mano, salieron despacito. Nadie dijo una sola palabra más.

-¡Los humanos! ¡Los humanos!

Siempre tan vanidosos… y tan crédulos. ¡Si creen en eso que llaman Antiguo Testamento! En Oriente basta con tener unos fuegos artificiales para fundar una nueva religión…

-Eso lo decía Renán –objetó Laura, mosqueadilla.

-Bueno, bueno… Una precisión innecesaria…porque yo se lo soplé al oído –rió con una carcajada fría-. ¡La religión! ¡Al menos incentiva las neuronas, aunque sea para oponerse a ellas!

-Oye, Luzbel. ¿Existen las misas negras?

El diablo tuvo un acceso de tos.

-Muy gracioso… Esos inventos no me hacen justicia, muchacho, y menos aún lo de besar el culo a un macho cabrío… ¡Puaf!

-La verdad es que resulta asquerosete.

-Claro. Y miradme bien, ¿tengo yo aspecto de bicho repugnante, tipo cucaracha de Men in black? ¡Pues entonces!

-Pero ahí está el peligro.

-¿Y qué? También lo está en eso de la vida perdurable. O en lo de las tiernas doncellas de ojos negros y rasgados y tez alabastrina… Cuentos como las mil y una noches…

-¡Oh, sí! Si vais a colaborar. –Abrió la puerta. Tras una cortina negra se adivinaban unas formas humanas-. O mejor dicho… les ayudaréis a ellos… –Corrió la cortina-.

-¡Yovi! ¡Adelfi!

-¡Y el hada consejera!

-Sí… prisioneros… Y a punto de… –chasqueó los dedos-… partir, como dicen esos pedantes. –Señaló la galería de ilustres. Sonrió-. Pero vosotros vais a ayudarles, ¿verdad?

Los niños se miraron, sin saber qué decir.

Luzbel chasqueó los dedos.

-¡Niños, niños! ¿Para qué servís? Este invento del Magno para que sean manos inocentes –qué sarcasmo- las que se metan donde no les importa… ¡Niños! Todo el mundo disimula: les hablan y les miran con ese juego mímico que idiotiza a los adultos…. Y al tiempo quisieran que ya hubiesen crecido y quitárselos de en medio… Por lo menos hasta la edad penal… ¡Edad penal! ¡Qué hallazgo! Tuvo que ser alguno de mis primos… ¿Y creéis que yo amo el mal y no odio al delincuente? De eso nada. ¡Claro que amo el mal, pero me encantan aún más los castigos que proporcionan a quienes lo hacen! ¡La cuadratura del círculo! ¡Rizar el rizo! ¿No es un invento maravilloso? Todo es perverso: lo que se hace, cómo se reprime, la cadena de odio entre ofensor y ofendido… ¡Por eso se visten de negro en la Curia! Es mi color, la ausencia de color, la ausencia de luz y de bien.

-¡Vaya discurso!

-Sí. Deja que respire.

-Por mí que se ahogue.

-No puede. Es inmortal.

-¡Latazo!

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