Cuentos. (La limpia historia de Seagull). 7

SEAGULL DESCUBRE A TRAVÉS DEL

HOMBRE LOS SECRETOS DE LA VIDA

Calló Seagull. Pensaba si la adscripción del ánade a su ancestro milenario no iba a resultar una prueba de cobardía. “Como huir de la respuesta propia, buscando, en el inconsciente fanático de lo irracional, el silencio de la costumbre”.

Pasó a continuación Seagull a analizar los últimos hechos que, de algún modo, le habían causado admiración.

“Se aprende, por el asombro, -repitió-.

Así, recordó el viejo (en su memoria) cuerpo transparente que ofrecía a las aguas (sumergido y de ojos clavados expectantes) su fortaleza imbatida. Eso le asombró a Seagull. Y fue aprendiendo.

– Yo había entrado -contó a su compañera- en una rica zona de alimento. Ya sabes que me gusta, en los brillantes segundos de inmersión, indagar los objetos (siempre vivos y ágiles) que rodean mi cuerpo. Me ofrecen la seguridad del majestuoso e inacabable círculo marino.

“Mas, en una ocasión, observé que un cuerpo -muerto y rígido- se hallaba junto a las pacientes algas del fondo. No era (ya sabes) un lugar profundo (que sólo conocemos por las historias que los inteligentes cuerpos de plata húmeda lanzan al viento con su peculiar silbo o grito). Por eso, porque la profundidad era escasa, yo pude verlo con claridad”.

“Pues bien. Aquel frío cadáver, no era tal. Y, según indagué más tarde, tampoco estaba frío…”.

– ¿Y qué era entonces, Seagull, lo que engañó tus sentidos?. Porque no es fácil para nosotros confundir un cuerpo vivo (con su aroma y su corriente de luz y de sonido), y uno muerto (que sólo habla de la soledad y desesperanza).

– Fue esa, precisamente, la mayor razón de mi asombro. Pero, al mismo tiempo -y te lo digo para bien- fue la razón de mi conocimiento.

“Porque supe que se trataba de una obra humana. Y que su transparencia era producto de una magia especial, como la de un aire contrario impenetrable…

– ¿Se reflejaba la luz en ese aire, Seagull?.

Extrañó a éste la pregunta. Pero, en efecto, sí se destacaban los colores del prisma, e incluso, en ciertos ángulos de perspectiva, las imágenes del entorno. Y así lo dijo a su compañera.

– Entonces, -respondió ella- eran cristales.

– ¿Cristales?

– Son capas de invisible y grata dureza. Y es una creación del hombre cuando se llama vidrio.

– Yo sé que el hombre (había dos dentro del cuerpo ahogado y vivo a la vez) se protegía -porque no puede vivir siempre bajo el agua si no es protegido- por medio de esos vidrios o cristales… Pero no conocía su nombre.

– Al hombre, Seagull, le agrada rodearse de cárceles invisibles… Por eso emplea tanto los cristales.

– Un día, -respondió Seagull- oí comentar que también nosotros estamos rodeados de una cárcel invisible. Inmensa, sí, pero invisible cárcel. Pero yo creo que sólo nosotros (o los que de nosotros buscamos las respuestas) conocemos la libertad.

– También el hombre, Seagull, busca la libertad. E incluso puede que en esa búsqueda se halle la respuesta.

– ¡Vamos, Seagull!. Tú mismo dices que el hombre puede tener la solución a todas las preguntas. Incluso a la infinita y circular… Aunque no opines que sea una especie superior.

– Yo no creo que haya especies inferiores. Sólo diferentes, eso sí.

Pensaba también Seagull (merced a su teoría de la igualdad, ante el infinito, de las especies) que su diferencia reside en la proximidad a lo firme y verdadero. Y era ésta la duda permanente de Seagull. Así lo refirió a su compañera.

– El hombre también duda, Seagull -dijo ella-. Por eso busca (aunque empleando construcciones extrañas y mágicas) en el seno de las profundidades o en el corazón del viento la persistencia de su aliento.

Cruzaba el cielo, más alto que la bandada de ánades silvestres, un reactor. Seagull contó su experiencia con este voraz e inexpresivo pájaro.

– Pero su función -dijo Seagull- no es la función de la especie. Ese monstruo es insensible al fotoperiodo y a la variación del clima.

– Son creaciones humanas, Seagull. El hombre ha construido sus propias soluciones.

– Para el hombre todo es artificial, al parecer… Incluso pueden tener un sol artificial, puesto que no lo precisan para satisfacer la necesidad de su especie.

– ¿Y no crees, Seagull, que si el hombre ha vencido la necesidad (impuesta por la naturaleza para la navegación de las aves y la formación del alimento marino), es una especie superior?. Digo que lo es por no precisar lo mismo que las demás.

– Quizás el hombre sea la más condicionada de las especies. Como suele pasar con quienes presumen de independencia y autosuficiencia.

Iniciando su vuelo, llegaron a la próxima ciudad. Era claro el día, y se divisaban fácilmente las torres viejas y atrayentes, guarnecidas de rojo ladrillo y teja vetusta. Los hombres, como pequeños árboles desgarbados y numerosos, recorrían las calles, ligeros, apresurados, nerviosos.

– Siempre tienen prisa los hombres, -comentó Seagull-. Debe ser porque tratan de adelantarse al tiempo, que para ellos tiene el valor de un símbolo.

– O, tal vez, -comentó ella- porque lo emplean en asuntos importantes.

– Tal vez.

Le hubiese gustado a Seagull conocer qué clase de asuntos importantes motivaban la presteza del hombre. Y su fatiga. Porque a Seagull le parecía que era nervioso e inquieto el devenir de los humanos.

– Construyen de piedra potente sus moradas por miedo. Como todo lo que no posee fortaleza intrínseca. Y para encontrar un reposo extraño en la oscuridad y el encierro.

Llegaron a una antigua edificación -las preferidas de Seagull por sus secretos y el misterio que encerraban- y ella comentó:

– ¿Ves esos habitantes del tejado? (Había allí varios gatos negros). Son parásitos del hombre. Como la especie de los felinos es orgullosa (tú conoces ya, Seagull, al tigre del mar), aparentan frialdad y alejamiento. Pero no pueden prescindir de él -del hombre-.

– ¿Y por qué habitan en los tejados, donde la comida del hombre no es abundante?.

– Porque aquí se arrullan frente al sol. Así encuentran un sentido a su vida.

Descendiendo hasta tocar las tejas, Seagull comenzó a notar el calor abrigado de ellas. Y le pareció a Seagull que el hombre, en definitiva, conocía el valor circular del sol.

A través de unos ventanales (ya distinguía Seagull el reflejo irisado con facilidad) se veía una reunión de pequeños hombres, sentados y atentos. Frente a ellos, alguien (sin duda un adulto), les narraba cierta historia. Los finísimos oídos de Seagull hubieron de emplearse a fondo (sobre el trasiego ruidoso de coches y viandantes) para escuchar lo que decían. Y oyó Seagull, con admiración y suspenso, cómo hablaban de ellos.

– Los cachorros miran hacia acá, Seagull.

– Hablan de nosotros. Les causamos admiración, sin duda.

– También sucede que desean aprender… Cuando el hombre es pequeño, los adultos emplean largo tiempo (más largo que la vida de muchas especies) para enseñarles.

– Pero, si aprendizaje es tan prolongado, llegarán a la juventud siendo sabios y prudentes… Y, entonce, no lucharían contra la naturaleza. Digo, que ésto significa que el hombre es torpe, y difícilmente superior.

Era atractivo el espectáculo que ofrecían Seagull y su compañera, pues los pequeños, pegados a los cristales, sonreían y les llamaban.

– Los cachorros -dijo ella- tienen hermosa la mirada. Es algo que pierden con frecuencia al paso de los días.

– Será -dijo Seagull- porque no miran el sol.

– No pueden mirar el sol. Digo, los hombres.

Quedó Seagull confuso.

– ¿Cómo?. ¿Acaso no vive el hombre bajo la luz y frente al universo?. ¿O es el hombre un pez ciego y abisal, que se ilumina con extraños fantasmas punteados?. Amiga mía, tu te confundes…

– No, Seagull… El sol, con su fuerza, daña la vista del hombre. Y dañaría la tuya, si te expusieses a sus rayos con profusión.

Le hizo sonreír aquella amonestación a Seagull.

– Quizás también sea malo el exceso de bondad… Como puede serlo (para mi independencia y mi absorción) este sentimiento que me atrae hacia ti.

Los niños, interpretando (por el gesto, que no por la voz) el piropo de Seagull, palmearon entusiasmados. Y no quedó a Seagull otro recurso que responder a su entusiasmo con unas evoluciones lentas y suaves.

– Vuelas, -dijo ella- con la cadencia del petrel y la fuerza contenida del peregrino.

(Se refería al halcón peregrino, que tantas veces había visto planear sobre el mar. Próximo a los acantilados que habita).

– Sólo por eso (porque te gusta a ti), -dijo Seagull- me mantendría en el aire eternamente… Digo, toda mi vida…

Exageraba Seagull, como todos los enamorados. Pero en ésto, reconocía que aún destacaban más -por su intemperancia y efectismo- los hombres.

– La naturaleza señala a los enamorados con mil dedos de color. Sólo el hombre escapa (como en otras ocasiones) a este significado del destino.

– El destino, por tanto, no es inexorable… El hombre, en efecto, escapa de él.

– El hombre escapa a todo, al parecer. Pero es que su destino no está marcado por nuestros mismos significados. Por ello, el hombre escapa (o así aparenta suceder) a los símbolos con que habla en ocasiones la naturaleza. Pero no a la naturaleza misma, de la que forma parte, quiera o no. (Y más bien parece lo último).

– ¿Cómo, entonces, los pequeños sienten admiración por nosotros, Seagull?. ¿Has encontrado paz en esa admiración, o acaso, miedo?.

(Juzgaba ella con sentido que los cachorros -inocentes y espontáneos- no pueden sentir odio. Sólo temor).

No supo qué responder Seagull. Él se encontraba satisfecho ante la sonrisa infantil y grata. “Son inteligentes los pequeños humanos”, se dijo. Y meditó, una vez más, acerca de sus propias inseguridades.

Se decía Seagull:

– También yo, en mi primer sueño, poseía un universo mínimo y suficiente. Y era feliz, sin conocer más.

Porque sólo había una explicación ante aquella tremenda paradoja del hombre: los primeros vivían un primer sueño (análogo al suyo, o, al menos, potencialmente equiparable), para despertar más tarde, como él, ante el peligro.

– Pero yo logré salvar mi cuerpo. Y, con él, liberé mi pequeño círculo de infinito.

Esto era, para Seagull, el pensamiento. Iba comprendiendo Seagull,

-dolorosamente- que no se identificaba el discurrir mental del hombre con el de otras especies. Y, en estas diferencias, se constataba una mucho mayor que la existente entre otras especies (entre sí).

– El hombre sabe a dónde va… Y lo sabe, gracias a ese aprendizaje que realizan desde pequeños. Los adultos encargados de esta misión son los más nobles de entre los humanos. Sin duda.

Pensaba Seagull en la disparidad externa (e interior: él podía, sin excesiva dificultad, percibirla) de los hombres.

– Es mucho más acusada que entre todas las demás especies. Y asombra comprobar cómo sus caminos son tan divergentes. Digo los de cada hombre. Es egoísta y, además, insociable, a pesar de sus densas y contiguas habitaciones.

Juzgaba Seagull, en efecto, que el fundamento de la sociabilidad, de la que ellos eran vivos ejemplos, reside en el espíritu, y no en la apariencia.

– Nada más lejos de la naturaleza, -repetía- que convivir con la única finalidad de zaherirse.

Llegaban por el este las parejas de cigüeñas venidas de las llanuras, en su tránsito de reunión hacia el occidente. Pensaba Seagull:

– También los hombres, como ahora éstas, se reúnen de vez en cuando para comer…

Grullas y ocas flanqueaban las líneas del horizonte. Se presentaron para Seagull, en aquellos momentos, los más furiosos ejemplos de libertad: alondras, pinzones y tordos marchando hacia el mediodía. Viajeros solitarios, como el hábil cuclillo, la llamativa pegarrecorda y la curiosísima abubilla, así como el pit pit de los árboles y la toponímica y divertida chotacabras, contrastaban ante los ojos de Seagull con las inmensas bandadas de pinzones marchando en busca del goloso hayuco. Charranes y chorlitos iniciaban su carrera (increíble a través de los océanos). Más lejos, (fuera de la vista de Seagull), el símbil, el marabú, el anastomo y el tántalo, dejadas las techumbres de bálago sobre la que construyeron el nido, trazaban en el cielo altos círculos.

Los charranes y el petrel jugaban con las olas, descansando a su comodidad, sin temor alguno. El ondario de Alaska preparaba su viaje de invierno a la Tierra de Fuego. (Para Seagull era ésta una curiosísima relación onomástica). Y divisaba aún, cazando sobre el mar, el charrán plateado y la golondrina.

– ¿No es esto también superior? -preguntó Seagull-. Que el pardillo de Siberia pase el invierno en el África Occidental. O que la curruca boreal vaya de Escandinavia a Indonesia?.

– Hacen lo mismo que sus abuelos, Seagull. Y si esto es digno de elogio, no resulta demasiado original. Al menos como propia creación…

– ¿No crees que hay en el azar cierta atracción persistente?. Como si el hombre le hubiese concedido una dignidad imperecedera. Y admisible.

– El hombre concede -otorga o impone, según- a todas las cosas que toca un carisma especial. A veces no resulta tan desapacible.

Estaba Seagull convencido de que muy pronto iba a encontrar la respuesta. Y lo sabía porque, si bien nada concreto (salvo la seguridad de su inseguridad) había traslucido su contacto directo con el hombre, sin embargo, sus argumentos (los del propio Seagull) comenzaban a encontrar sentido. Y era así incluso en su negación.

– Debe ser algo parecido al equilibrio y a la seguridad.

Esto significaba, a fin de cuentas, que Seagull entraba en su definitiva madurez. No conocía Seagull que iba a ser tan fugaz.

– Siento un dulce pesar. Y es por mí mismo, envuelto en un misterioso e inescrutable círculo.

Pero este inescrutable círculo no aguijoneaba a Seagull como antes. Era la misma certeza de su impenetrabilidad lo que satisfacía el inconsciente de Seagull.

Seagull ya no se preguntaba: ¿Cuál es la respuesta?. Sino: ¿Cuál es la pregunta que verdaderamente importa?. Eso había ganado (o había perdido) Seagull. Y eso había avanzado (o había retrocedido) Seagull.

Pero tampoco importaba ese aspecto de la cuestión. Porque lo decisivo era haber llegado (o estar cerca, al menos) de una postura definida.

– El lado positivo de las situaciones como ésta, -insinuaba Seagull- es tan difícil como sencillo resulta verlo en los espejismos.

Porque resultaba, a su entender, más digna de su conformación circular una sombra real que un falso ángulo del brillante cielo, reflejado en los traidores espejos.

– Y son traidores (se recreaba Seagull, algo masoquista en definitiva, como todos los fuertes, en esta idea) porque amplían las imágenes sin seleccionarlas previamente. De este modo, engañan a los sentidos y afectan a la realidad.

Más doloroso, sin embargo, hubiera sido que los espejismos de mi juventud (o sea, los de ahora) resultasen ciertos.

– El hombre, cuando se siente inseguro, Seagull, recurre a la suerte, o al talismán. ¿Por qué no haces tú lo mismo?.

La suerte, pese a las ideas de Seagull sobre la belleza del azar, no podía asimilarse con el destino. Que, en aquellos momentos, hablaba a Seagull con bien definidas y claras palabras:

– ¿No decías, Seagull, que deseabas hallar la respuesta?. ¿Y que tal vez en el hombre podrías encontrarla?. Pues aquí tienes, en tus manos, la gama completa (que a Seagull se le antojaban, ora pétalos de jazmín y violeta, ora quebrantadoras espinas y púas oxidadas), de las posibles soluciones. ¡Lánzate y selecciona!.

Se lo habían puesto difícil a Seagull… ¿Y aquello del talismán?… ¿Daba, en efecto, resultado a los hombres?

– Lo único que yo sé a ciencia cierta, es que los emplean desde siempre… Y que no son iguales en todas partes ni para todas las situaciones.

Para unos, el talismán consistía en una figura, frecuentemente una mano abierta, con los dedos unidos, como en señal de expansión y abundancia, y confianza. Otros preferían, por atavismos naturalistas, (así lo explicaban) las manos de conejo, por rápido y avispado y fecundo. Para algunos, por otra parte, no consistía el talismán en un objeto, sino en un hecho: entonces los hombres lo denominaban superstición. Algunas supersticiones son litúrgicas y se adornan de rituales pseudoreligiosos.

– A ciertas prácticas de éstas, unos hombres lo llaman paganismo. Cuando el símbolo del infinito son imágenes, denominan idólatras a quienes se acogen a estas liturgias. Pero, en realidad, quienes así censuran estas prácticas, caen en otras parecidas. Lo que sucede es que se consideran, a su vez, superiores.

– ¿Dentro de la misma especie?.

– Sí… Con frecuencia es por el dinero.

– ¿El dinero?… ¿Y qué es…?. ¿Tal vez una facultad diferente y excepcional?.

– ¡No…! El dinero no es nada de eso… Ni siquiera es algo espiritual, en cualquiera de sus formas.

– ¿Y cómo algo que no sea espiritual (que es lo único que puede diferenciar, como valor superior, a las especies, o quizás dentro de cada especie) puede ser tan importante?.

– Desconozco las razones que han generado esta situación. Pero lo cierto es que el dinero es para los hombres, tanto o más importante que todo lo demás. Y ahí puedes incluir la naturaleza, el espíritu y lo verdadero… Incluso, según creo, el dinero y esas cosas no pueden estar juntos.

– Parece, entonces, que se trata de una enfermedad. Digo de un mal que afecta a la especie, y la destruirá tarde o temprano…

– No afecta a la especie. Sólo a quienes forman parte (y ya son su mayoría) de los nuevos ritos que llaman tecnológicos; aunque a mí me han contado que ésto ya lo arrastra esta especie que llaman humanidad desde siempre.

– Por eso protegen sus vidas de la libertad y tienen el rostro y el alma cansados… Por eso, quizás, pierdan la limpia mirada de su infancia con el paso de los días.

Cuando Seagull descubrió qué era el dinero, quedó aterrorizado. Se imaginó (y no fue su pensamiento erróneo, como pudo comprobar al conocer las mil historias de usura y codicia de todos los días) que una tal especie (que adoraba un inútil juego de cambios) no se hallaba, al menos todavía, en posesión de sus grandes, equilibradas, firmes, perdurables y circulares respuestas.

– Lo cierto, es que a mí sí me han respondido.

Y ahondó más en Seagull la convicción de que eran muy diferentes, -y jamás equiparables- las posibilidades de planteamientos y de soluciones entre las especies.

– A pesar de que la naturaleza y el universo sean uno. Y todos los seres, uno (formando parte) con ellos.

No podía entender Seagull la multiplicidad del ser y su unidad. O la unidad del ser y su multiplicidad analógica. No podía Seagull entenderlo, ni explicarlo. Pero Seagull conocía que esto era posible.

– De la misma forma que conozco mi propia y única verdad junto con mi ajena y múltiple duda.

Porque Seagull, si hubiese nacido hombre, habría sido un honesto y claro filósofo.

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