Cuentos. (La limpia historia de Seagull). 6

SEAGULL APRECIA LA LITURGIA

E IGNORA EL INFINITO.

– Somos muy distintos, Seagull, -afirmó ella como preludio-. (Preocupó a Seagull si esta circunstancia alejaría de él su compañía).

– Y somos muy distintos, porque mis hermanos y yo, después del primer despertar (que los hombres llaman nacimiento) les he conocido. Digo, a los hombres.

Quedó Seagull admirado… De modo que él, galán y atrevido, estaba quedando en ridículo, precisamente por su vanidad. Sin dudarlo, comentó:

– Por favor, te ruego me disculpes si has visto que en mis juicios me dejaba dominar por mi ignorancia. ¿Y dices que lo has conocido desde el primer despertar… digo, después de ese nacimiento?.

– Así es. Y te aseguro que el hombre encierra bondad dentro de su corazón. Sucede, sin embargo, que no todos los hombres son iguales (antes bien, hay familias en su especie reconocidas como diabólicas). Y también sucede que muchas de sus construcciones son privilegios extraños para los demás seres vivos.

Comprendió Seagull que se refería a la llamada superioridad del hombre. Y repuso:

– ¿Fue muy larga tu amistad con ellos?.

– Apenas unas jornadas de luz, -replicó ella-. ¿Por qué lo preguntas?.

– Pues si, en efecto, no duró mucho tu conocimiento, es posible que debas modificar alguna de esas conclusiones.

– O reafirmarme en ellas, como espero. Porque a mí, Seagull, me agrada más conservar la imagen de lo bello.

– Dices que te agrada mantener la esperanza, amiga mía. Pero, ¿es acaso la esperanza tu única voluntad?.

Meditó su compañera, un largo rato, esta pregunta de Seagull. Y fue su respuesta emprender el vuelo, y, desde el aire, hablar así a Seagull:

– Los dos, Seagull, buscamos la respuesta circular. Tú por el camino de la observación espiritual, y yo por el más sencillo (y propio, por tanto de hembras) de la experiencia. Pero no poseemos ni una ni otra en dosis suficientes -por nuestra juventud- para siquiera establecer la distinción más elemental.

Aquella distinción fundamental de que hablaba, era el amor. (Así lo entendió Seagull).

– Al menos -dijo Seagull- permíteme emplear ahora mi facultad de discernimiento para decirte lo hermosa que eres. (Subió hasta el pecho de Seagull un calor muy especial, que él consideró simbólico),

– Seagull -replicó ella- ¿Acaso estás enamorado de mí?.

– Con la seguridad que tú me niegas, dulce compañera, yo afirmo que así es. Y me siento muy feliz por ello.

– También yo me siento feliz, Seagull.

De este sencillo modo, se unieron sus destinos. “Por cierto -se interrogaba Seagull-, si el destino es propio y circular, no podría acertadamente juzgarse en la unión de dos destinos. Y es esto, sin embargo, una exigencia más de la naturaleza”.

– En cualquier caso -decía Seagull- no hay cosa más circular que el amor.

– Los hombres dicen que todo se ve distinto, como adornado por mil luces de color y pétalos de jazmín, cuando se está enamorado.

– ¿Se enamoran también los hombres? -preguntaba Seagull extrañado-. Porque, si es así, deberán unir también sus destinos, y podrían explicarnos finalmente su secreto. Digo el que puede encerrar la contradicción (aparente pero molesta) entre la unidad intransferible y la múltiple conjunción que llega con el amor.

– Sobre esto los hombres tienen unas teorías muy especiales. Y en las que no participa el resto (al menos en general) de las especies. Los hombres a veces asesinan el amor.

Recordó Seagull haber visto, en una de sus correrías (peligrosas y prohibidas por el cariño) cómo un insecto -que presenciaba la puesta de huevos de la hembra- era, acto seguido, devorado por ella. Impresionó aquello a Seagull.

– Se trata de animales inferiores, -le explicaron-. Eso es porque no todo en la naturaleza es digno de imitación.

Quizás la muerte (aunque necesaria y no temida) era lo menos digno de imitación. Al menos, en lo referente a causarla.

– De todas formas, Seagull, -dijo ella- si el amor hace uno el espíritu y los cuerpos, y engendra un fruto común, no es difícil concluir que también puede unificar los destinos.

Pasaba por encima de sus cabezas, en aquel momento, una nube migratoria de pájaros, en forma de flecha. Los más fuertes tomaban el frente de la enorme formación (que ocupaba centenares de metros en el cielo), y dirigían así el esfuerzo y el rumbo.

– También a ello les guía RA. Y ahora, que RA. permanece en el silencio del descanso, les orienta infatigable el común espíritu. Así ha sido desde siempre.

– Pero algún tiempo hubo de ser el primero, Seagull. Digo que, entonces, la industria de la especie, creó (si puede llamarse así) esta fuerza íntima y transmisible.

– El infinito, creo yo, ha dispuesto que así sea. Porque los hombres dan a eso una triste explicación, que más vale ignorar.

Picó esto lógicamente la curiosidad a su compañera.

– ¿Conoces tú cómo explican los hombres el hecho de que sin ninguna guía y contra todo signo aparente (al menos entre los considerados por ellos y por todos normales o necesarios), los pájaros viajen miles de kilómetros sin errar?. ¿Y cómo puedes tú saber eso, si apenas conoces a los hombres?.

No perdió el tiempo Seagull en su respuesta. (Era algo vanidoso Seagull).

– Los hombres llaman a esto un fenómeno magnético. Dicen que los pájaros llevan grabado en su ser la interpretación de las líneas convenientes.

– ¿Y tú lo crees así, Seagull?.

– Por el momento -dijo Seagull- yo no creo nada de lo que dicen los hombres. Porque todo lo miran, al parecer, desde una perspectiva alejada del círculo elemental de la naturaleza.

Quedó pensativa ella, y preguntó finalmente:

– ¿Qué piensas pues, Seagull, de los hombres?.

– Pienso, -dijo Seagull- que son los hombres una especie alejada de lo fundamental y cercana a lo accesorio. Pienso que causan la destrucción, y que no poseen (los que de ellos se consideran en paz consigo mismos y con la naturaleza) el valor primario que procura la libertad y la serena presencia de la renuncia.

– ¿No tienen, según esto, los hombres esperanza, Seagull?.

– Todo puede tener esperanza. Máxime los hombre, si, como afirman, tienen gran voluntad. (Porque la esperanza no existe sin la voluntad). Lo extraño es que, a pesar de este pensamiento, yo no puedo verme liberado de su atracción.

– ¿Es esa una atracción magnética, también, Seagull?.

Rieron juntos. Y encontró Seagull, una vez más, en la presencia dulce y cálida de su compañera, un sentido maravilloso a la existencia.

– Cada día estoy más convencido de mi aproximación a la respuesta circular. Y es porque soy feliz y eso me hace generoso.

Iba elaborando Seagull, en el silencio del subconsciente, la idea de que si bien la respuesta no se asimilaba -o identificaba- con la perfección, sí tenía gran proximidad con la bondad. (En cualquiera de sus mil afortunadas esencias).

– Y de ti, ¿qué piensas de ti, Seagull?, -preguntó ella-.

No estaba seguro de su preparación para la autocrítica. Pero intentó Seagull ser objetivo. Y, un tanto confuso, respondió:

– Yo soy una parte imperfecta de la circular perfección.

– Pero, si tú eres imperfecto, ¿cómo formas parte de algo perfecto, Seagull?. Respóndeme a esto, por favor.

– ¡Vaya!, -repuso Seagull-. ¡Esa es precisamente una de las respuestas que busco conocer!.

– Pero, -contestó ella a su vez- ¿no es, acaso, preciso ignorar una respuesta para buscarla?. Quiero decir, Seagull que conocer una ignorancia es ya una respuesta.

Quedó pensativo Seagull. Cierto que la idea resultaba interesante, máxime cuando él, ya entonces, deseaba hallar una conformación a su devenir. Seagull, en resumen, hubiera gustado encontrar una respuesta -aun la de su mismo ignorar- que acomodase a sus deseos la vida circular. No obstante, repuso:

– Siendo, como lo es, una respuesta, no es la adecuada. Pues con ella nada se completa en el gran pensamiento de las cosas.

– Aun así, Seagull, -dijo su compañera- ¿no es verdad que la respuesta del instinto en nada completa el circular (sabía ella que esto pensaba Seagull) discurrir de las cosas?.

Era aquella una zona templada. Se iniciaba, ya en la puerta del otoño, el viaje de los ánades silvestres. En formación ordenada, seguían estos un itinerario invisible.

– ¿Ves los ánades?, -preguntó Seagull-.

– Sí… Son hermosos y fuertes. Pero algo pesados.

– ¿Crees tú, -insistió Seagull- que la respuesta de los ánades en estos momentos (por el instinto que tú mencionas) no completa -en nada- el gran Pensamiento?.

Permaneció ella en silencio unos instantes. Luego, dijo, elevando sus ojos a la migradora flecha, que parecía desafiar, con su ritmo único y preciso, los monopolios de la sabiduría:

– ¿No crees, Seagull, que lo que influye en la circular respuesta es únicamente la memoria (inexorable y secular) del ánade?.

– Sería ésta -dijo Seagull- una facultad alejada de la creación.

– Por eso precisamente el hombre es superior, aunque no posea la insistente potencia de lo itinerante: porque puede modificar incluso los destinos.

– Pero, te refieres -repuso Seagull- a los destinos ajenos o a los propios.

– No he pensado en esa diferencia. Simplemente, digo que modifica los destinos, porque actúa según su propio talento.

– El talento del hombre es un juego peligroso, porque se emplea de espaldas a la naturaleza.

– Seagull… Yo creo que, tal vez, la naturaleza haya concedido al hombre ciertas libertades.

– ¿Qué clase de bulas -respondió él- puede lo necesario conceder a lo imposible?. Así, aquello que el hombre realiza en contra de la naturaleza (incluso de la que llaman inferior, con harta ignorancia y enorme evasión de la realidad), va en contra de lo necesario.

– ¿Y qué es lo necesario, Seagull?.

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