Cuentos. (Laura en el país de los asombros). (72)

EL INCUNABLE

La casa del cura era una sorpresa, como la de los árabes ricos, que disimulan el lujo y el espacio interior con una gran austeridad externa. Le daba acceso una puertecilla diminuta, enmarcada por una vidriera verdusca con cruces que resaltaban como venas. El artesano quiso que se diferenciara el habitáculo por los signos que todos podrían reconocer, como una prolongación del edificio que albergaba la Iglesia parroquial, tan antigua como la familia de cigüeñas que decoraban sin solución de continuidad el campanario.

-Doña Berenguela está en el nido, papi.

-Es Frasquito, mi niña.

Así las llamaban, papá y Anita, que mantenían uno o dos secretos de Estado con estas cosas, que sólo entendían ellos.

Un zaguán oscuro como la mano de un bereber acogía a los visitantes. Tras un cortinón espeso, que parecía brotar de la techumbre, los niños, de la mano, cabalgaron un ancho pasillo, al que abría paso su madre. Al fondo aguardaba el cura, con los brazos cruzados, sonriendo a medias, o eso parecía, porque se le aflojaban las comisuras de los labios como a las truchas antes de morder el anzuelo.

-¡Adelante, adelante! ¡Qué maravilla de familia! Todos juntos y en unión, defendiendo la bandera de la santa tradición.

-Pero qué dice –susurró Alfonso- Y habla en verso, como en el Mío Cid.

-Calla tú, que a mí me da un poco de yuyu. Estoy a punto de rayarme, tío.

-Laura.

-Qué.

-Que no te entiendo. ¿Por qué te rayas? ¿Como Marty, la cebra?

Alfonso dejó escapar una pedorreta. Alex le imitó, pero enseguida le brotó la carcajada, cristalina como el salto del ángel.

-¡Ah, el humor! –dijo el cura- Es la mejor señal de inteligencia… pero los listos se aguantan la risa, a veces, aunque no los niños, que como dice Ovidio conocen a su madre por la voz y se sonríen al escucharla…sic puer risu cognoscere matrem…

Alice movió la cabeza, consternada. Habían ido a meterse en la boca del lobo, claro, y ella no podía echar la culpa a nadie, porque conocía a Don Matías desde la Primera Comunión.

Laura, en ese par de segundos, estaba contestando a Anita.

-No son esas rayas, mi niña… Verás, es que se habla así, como cuando dices: ‘me abro’, y es que te vas, cosas así.

-Ya…- Anita puso cara de mayor, para imaginarse algo de ese tipo- O sea, que yo quiero abrirme ahora y estoy a punto de rayarme.

-Eso.

El pasillo terminaba en una estancia amplia, tanto que parecía mentira. Albergaba una biblioteca perfectamente iluminada, y tampoco se sabía de dónde procedían las luces, que brotaban aparentemente de unas inexistentes vidrieras. Pero había algo aún más extraño, y era un anaquel situado en lo más alto del recinto, que ascendía como una colina hacia una especie de buhardilla. Estaba oscuro, como si quisiera ocultarse del resto. El cura les hizo una señal y caminó apresuradamente hasta el final del tramo de suelo. Se detuvo mirando los estantes y se apoyó, como hacen en las novelas góticas, en el lomo de un libro gordo, como los Beatos. La pared giró y dio paso a un cuarto iluminado por una colección de bujías antiguas, alimentadas por gas. Un olor dulzón invadió sus narices, y Alex se detuvo.

-No ero.

Laura le acarició la cabeza, pero el niño comenzó a chillar.

-¡No grites, Alejandro! Ya sé que no quieres, pero tenemos que ver lo que nos enseña Don Matías. Y luego te pongo la peli del Lago de los cisnes.

Alex se soltó de la mano y corrió hacia la salida. La puerta giraba ya para cerrar la entrada y Laura se quedó fuera con su hermanito.

-¡Laura, vuelve! –Anita golpeó con los puños la pared, y su voz se apagó de repente. El recinto parecía bien insonorizado.

-Y ahora qué hacemos… Bueno, esperar… –Laura miró la biblioteca- Esto le encantaría a la abuela… Mira, Alex, seguro que encontramos cosas interesantes.

El pequeñín se había calmado. Miraba las luces, buscando su origen quizás. Se escuchaba una suave música de fondo, Mozart, y eso le relajaba. Laura le cogió de la mano y recorrió con él el primer tramo de estantes. Eran de caoba antigua, y los libros estaban perfectamente seleccionados, con un número de serie, protegidos tras cristaleras de puertas cerradas con llave. Las llaves estaban puestas en sus cerraduras. No había ficheros a la vista, pero sí un p.c portátil, en una mesita de despacho situada en un rincón, lo que daba al detalle un aire ucrónico, muy atractivo. Alex lo miraba todo con sus ojos aún más grandes que de costumbre, lo que le daba un aire de niño insomne, cosa que enseguida iba a convertirse en realidad, porque pareció perder todo interés por el sueño nocturno y también por la comida. Afortunadamente no le duró demasiado, pero lo suficiente para comprobar que el impacto de lo que fuera sobre su cerebrito y su corazón habían sido grandes.

Entonces lo vieron. Casi se oía, sí, porque recordaba a las sirenas de Ulises, que atraían con su canto a los marineros. Una luz verdosa flotaba sobre los dibujos miniados. Laura y Alex estaban sentados en el banco que lo albergaba, como esperándoles.

-Parece un Beato. Pero, ¿cómo habéis salido del laberinto?

-Un juego de espejos. Alejandro me llevó de la mano. Miraba frente a él. –Arrugó la frente, como si estuviera concentrada en el número del euromillones- Podría ser su ángel… Un guía…

Se acercaron al libro. Sus hojas les miraban, hablando, con una música de colores en las palabras.

-Papá tenía dos facsímiles. Le costaron un pastón. Pero este parece original.

Don Matías rezongó como el eco de una cucaracha.

-Lo es, lo es… Y no es su única virtud, aunque esa resulta imprescindible, claro… ¡Hay tanto de prescindible en el olvido y en la esperanza! Casi puede decirse de lo que nos rodea, en general, prescindible, sí, un vocablo que merecía ser hermético, hijo de la Kábala y el lenguaje del silencio.

Laura dio un codazo a Alfonso.

-El cura se pone retórico. Peligro, que nos lanza un sermón.

El resplandor verdoso se había azulado, como si tuviera lentillas, un ojo del cíclope. Aquello tenía pinta de trampa, y los chicos no estaban seguros de visualizar una aventura de Indiana Jones o del mismísimo Odiseo.

-Vaya, un incunable. Si Sothebis se entera le hace rico, Don Matías.

-Ya lo soy, muchacho. –La voz del clérigo no era suya- Y ahora vamos al grano. Leed las páginas abiertas. El capítulo XII del Apocalipsis.

-Señaló con un dedo tembloroso el texto en latín. Anita suspiró.

-Esas letras que son números. Otra vez, y no me lo habéis terminado de explicar.

-Es como lo de los nombres de Dios… Cuando pronuncias alguno, no puedes resistirlo… Nada puede hacerlo, así que sería… la destrucción. En realidad eso encubre lo del Apocalipsis, o la Apocalipsis, que significa ‘revelación’.

-Pero en símbolos, para poder hablar de ello. Un lío. Todos los iniciados buscan la llave, una forma de entenderlo. Los alquimistas son una derivación material, muy inconsistente.

-Porque las palabras pueden crear. Es el Verbo. Los números en el universo forman un mapa vivo, el ABALA. Fivonacci y compañía son los bebés que balbucean sus tesoros…

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